En cualquier ámbito del quehacer humano, la traición es una de las acciones más rastreras y despreciables que se pueda cometer contra otro o contra un colectivo. La política entendida como un ámbito más de la vida tampoco escapa a esta apreciación.
El filósofo y escritor italiano Nicolás Maquiavelo, en referencia a la traición política, bien señalaba que es el único acto de los hombres que no tiene justificación. “Los celos, la avidez, la crueldad, la envidia, el despotismo son explicables y hasta pueden ser perdonados, según las circunstancias; los traidores, en cambio, son los únicos seres que merecen siempre las torturas del infierno político (sic), sin nada que pueda excusarlos”, reflexionaba este pensador del Renacimiento sobre aquellos que cometen estos actos infames.
Y la política paraguaya, que ha sido prolífica en este tipo de actos durante la transición democrática, ha vivido en las últimas elecciones un episodio más de esta perversa y taimada práctica.
La forma desembozada en que el movimiento Colorado Añetete se aprovechó de sus aliados internos de la ANR, especialmente del movimiento Honor Colorado, no tiene comparación en la historia reciente de la política criolla. Ha habido traiciones, deserciones y deslealtades en el mundillo político paraguayo, pero ninguna de estas dimensiones.
Un ejemplo patente es, irónicamente, el caso de uno de los hombres más influyentes en el próximo gobierno que inaugura funciones el 15 de agosto: Luis Alberto Castiglioni. El futuro jefe de la diplomacia paraguaya tuvo una conducta condenable para muchos colorados en el 2008 cuando resultó derrotado en las internas de la ANR ante Blanca Ovelar. Preso de la ira y de haberse sentido despojado de la victoria y de que supuestamente la voluntad popular había sido burlada, uno de los hombres fuertes de Abdo Benítez había incluso pedido el voto en contra de los usurpadores republicanos, exhortando a votar por el rival del Partido Colorado en las elecciones generales.
La actitud de Castiglioni, aunque abominable para el más tradicional de los adherentes del partido fundado por Bernardino Caballero, era una actitud hasta si se quiere coherente. Convencido de que le despojaron del triunfo, optó por no hacer campaña por su partido.
Sin embargo, lo ocurrido entre enero de este año y las elecciones del pasado mes de abril puede configurarse como una de las muestras más oprobiosas de la conducta de un político. Del discurso de la unidad colorada como la consigna, cuando en cada mitin político la retórica más encendida hablaba de llevar a Horacio Cartes y Nicanor Duarte Frutos al Senado, porque contar con ellos iba a ser un lujo para la incipiente democracia paraguaya y fortalecer a los republicanos en el Congreso, o cuando la alianza entre movimientos aspiraba a definitivamente dejar atrás unas internas que fueron feroces, devino la mayor afrenta: de la noche a la mañana, en Añetete y con su líder a la cabeza, optaron por desconocer e ignorar el pacto de caballeros que hasta ese momento Honor Colorado había cumplido a rajatabla. Cumplido no solamente en lo que atañe a la armonía y a la unidad, sino al peso logístico de impulsar una campaña que también posee un componente monetario.
Toda esa concordia de meses y que hubiera significado inaugurar su gestión con todas las fuerzas internas a favor, lo que siempre supone una ventaja adicional para apuntalar proyectos de interés, Mario Abdo Benítez la dilapidó. La malgastó asumiendo una postura tibia, falsa y rufián que desconocía aquellos acuerdos tácitos de la buena política, de la conducta ética que tanto pregonó en campaña.
Hoy, esta mayoría coyuntural que eligió el presidente electo, una mayoría variopinta en ideologías e intereses, puede ser dañina para el futuro de su gobierno, pero sobre todo puede ser contraproducente en la medida que las lealtades transitorias que hoy le rinden suponga un boomerang que termine golpeando su gestión.
A esto se expone quien deja al descubierto la cara de la traición.