En los tiempos que corren, expresar sorpresa por la aparición de candidaturas foráneas a la militancia política es ya casi un gesto aldeano y poco riguroso con los cambios que se han dado en el mundo de la política por lo menos desde la impronta política de la televisión en la década del 60 del siglo pasado. Pero ellos no son, ni mucho menos, extraterrestres en la política, atendiendo que al ser hombres y mujeres de gran presencia pública tienden a generar niveles de confianza en los ciudadanos, desde los hechos demostrados en la gestión que cumplen, casi siempre en el sector privado.

Por eso no debe extrañar que dos outsider, Rubén Rodríguez y Eduardo Petta, ambos sin ninguna militancia partidaria previa, sean los candidatos a gobernador del Departamento Central por el Partido Colorado. Ninguno de los dos sectores traiciona a ninguna esencia partidaria al recurrir a outsiders, porque ello forma parte de los recursos a los que hoy se puede acceder para representar determinado pensamiento electoral y es legal y legítimo. De lo contrario, uno de los países con mayor emblema democrático en la historia contemporánea, los Estados Unidos, no tendría presidente en este momento si esa modalidad de acceso no existiera.

El hecho que uno de ellos, Eduardo Petta, fuera un tránsfuga político que pasó de apoyar –como alto funcionario– a Fernando Lugo (2008) en su gestión de gobierno, para mudarse luego a apoyar a uno de los verdugos políticos de Lugo, Efraín Alegre en su campaña del 2013 y postularse también para senador, ya por otro partido, el Encuentro Nacional, y abandonar de nuevo este sector en el 2016 para golpear –ya esta vez– las puertas de los colorados Añetete, solo pone en cuestionamiento la calidad ética y coherencia de Petta y no la modalidad de los outsiders, que pese a que tienen alguna antipatía comprensible por parte de la clase política tradicional supieron ganarse un espacio, en algunos casos con buenos resultados, en otros no.

Al llamado outsider en política, se los llama así, outsider, pues de lo contrario habría que llamarlo con palabras mucho menos elegantes y eso queda mal para nombrar a alguien que podría llegar a ser presidente, gobernador, intendente, senador, diputado o embajador. Es decir, una falta de respeto para quien podría ocupar altos cargos dignos de respeto.

Los diccionarios inglés-castellano no los favorecen mucho: forastero, intruso, foráneo, ajeno, marginado, extranjero, desconocido, afuereño, profano y otros nada elegantes. Pero, de dónde o por qué han aparecido tantos outsiders en los últimos tiempos, de dónde provienen ya es sabido y tienen diverso origen, pero sobresalen algunos orígenes: empresarios, figuras de la llamada farándula, periodistas y deportistas. Aunque en nuestro país, tan único siempre, tuvimos hasta un obispo, que siendo outsider ocupó la Presidencia.

Pero, ¿por qué existen en tal cantidad? La respuesta tiene una sola respuesta simple: porque existen los políticos. Los primeros políticos en todos los regímenes de nuestra historia temprana, han sido outsiders, así que sus orígenes pueden rastrearse en los primeros reyes y emperadores que eran unos outsiders con tremendo poder. En la Revolución Francesa coexistieron burgueses, artesanos, economistas, francmasones y filósofos. El lúcido historiador Eric Hobsbawn afirma: "Un sorprendente consenso de ideas entre un grupo social coherente dio unidad efectiva al movimiento revolucionario […] Las ideas de ese grupo eran formuladas por los 'filósofos' y los 'economistas' y propagadas por la francmasonería y otras asociaciones. En este sentido, los 'filósofos' pueden considerarse en justicia los responsables de la Revolución".

En una palabra, ni los filósofos ni los economistas mencionados eran políticos tal como los conocemos ahora, sino gente lúcida, con ideas claras que fueron llevadas a la acción. En ese sentido, vienen al caso las palabras de un lúcido escritor y político: "Una de las razones de nuestro atraso es la abundancia de acción sin ideas, que es un vicio de políticos, y de ideas sin acción, que es pecado de intelectuales".

Si coincidimos con Hobsbawn, los outsiders tienen excelentes predecesores, aunque como el rol que muchos de ellos se asignan es la de remplazar a los políticos, corren el peligro de cometer los mismos errores que, en última instancia, fueron la causa del galopante desprestigio en que cayeron algunos de ellos y que es la razón que existe detrás del entusiasmo con que los outsiders abrazan la política: piensan que están mejor preparados para ser mejores que los políticos y que saben mucho más que ellos sobre cómo gobernar un país, o administrar una municipalidad, o legislar con mayor equidad y justicia.

Es cierto que al transformarse en políticos, corren el altísimo riesgo de caer en los mismos vicios y errores, y hasta peores, por despreciar algo vital: la política verdadera que, en nuestro país no debe confundirse con lo que hacen algunos de nuestros políticos profesionales.

Es por esto que la ciudadanía debe ejercer un control sobre la gestión de los políticos en general. Fundamentalmente las ideas formuladas en campaña no deben ser tan " impunes", sino deben constituirse en una especie de "check list" para que los ciudadanos repasen permanente que se cumplió y que no en el curso de la gestión para la que fueron electos.

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