Hay disputas territoriales que se libran con flotas y otras con comunicados. La de Takeshima, que Corea del Sur llama Dokdo, perte­nece a la segunda categoría, aunque no por eso es menos reveladora. Son dos islotes rocosos en el mar entre Japón y Corea del Sur que desde hace décadas envenenan la relación entre dos aliados de Estados Unidos que deberían estar mucho más unidos frente a Beijing y Pyongyang.

No se discute que el lugar está bajo con­trol surcoreano desde 1954, con policía costera e instalaciones permanentes. Lo que sí se discute es si ese control es legí­timo, y ahí el caso japonés es más sólido de lo que suele admitirse fuera de Asia.

EL ARGUMENTO DEL USO HISTÓRICO

Tokio sostiene que sus navegantes cono­cían y usaban las islas desde el siglo XVII. Cuando en 1696 el shogunato de Edo prohibió viajar a Utsuryo, la veda no alcanzó a las islas más pequeñas, lo que para Japón indica que las conside­raba un asunto propio. Es una inferencia razonable, aunque no una prueba defini­tiva, y los historiadores coreanos leen los mismos documentos de otra manera.

1905: EL HECHO QUE COREA CONVIERTE EN PECADO ORIGINAL

El 28 de enero de 1905, el Gabinete Meiji incorporó las islas a la prefectura de Shimane. Seúl lo presenta como el pri­mer paso de la colonización, y es verdad que cinco años después Japón anexó la península. Pero una cosa es la cronolo­gía y otra la causalidad jurídica: el acto fue público y no suscitó protesta coreana registrada, algo que el derecho inter­nacional valora. Quien quiera probar que fue un acto colonial encubierto debe demostrar más que una coincidencia de fechas.

SAN FRANCISCO Y LA CARTA DE RUSK

El Tratado de San Francisco (1951) obligó a Japón a renunciar a Corea y menciona Jeju, Geomundo y Utsuryo. Takeshima no figura. Corea pidió agregarla, y Was­hington respondió con la carta del sub­secretario Dean Rusk, que sostenía que las islas nunca habían sido tratadas como parte de Corea. Se puede objetar que no es un tratado. Es cierto, pero fue la lectura de la potencia que redactó el orden de posguerra.

LA LÍNEA RHEE Y EL PROBLEMA DE LA FUERZA

En enero de 1952, el presidente Syngman Rhee trazó unilateralmente una línea marítima que incluía los islotes. Más que derecho aplicado, parece un hecho consumado, y los hechos consumados, por duraderos que sean, no equivalen a un título. Por eso Japón habla de “ocu­pación ilegal”.

LA PREGUNTA QUE IMPORTA

Japón propuso llevar el caso a la Corte Internacional de Justicia en 1954, 1962 y 2012. Corea del Sur dijo que no las tres veces, alegando que no hay disputa que dirimir. Pero si dos Estados reclaman lo mismo y se protestan cada año, la dis­puta existe, y un país seguro de su título suele ser el primero en querer una sen­tencia. Negar la jurisdicción es un dere­cho; aun así, aceptar un árbitro tiene un valor simbólico que el rechazo no iguala.

LO QUE DICE EL OTRO LADO

Corea sostiene que las islas aparecen en fuentes coreanas anteriores, que el decreto imperial de 1900 las incluyó en la jurisdicción de Ulleungdo y que Japón mismo, en 1877, declaró que Takeshima nada tenía que ver con el país. Añade que la carta de Rusk no es vinculante y que el trasfondo colonial hace que todo reclamo japonés suene a herida mal cerrada.

Ninguna de las dos capitales ganará esta discusión por fatiga. Pero si Japón acierta en algo, es en insistir en que las disputas se resuelven con reglas, no con policías apostados en una roca. Corea, una democracia moderna y confiada, tendría mucho que ganar demostrando que su título aguanta el escrutinio de La Haya. Mientras no lo haga, la pregunta seguirá flotando sobre esas dos piedras: ¿por qué no ir a un tribunal?

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