- POR CARLOS MARIANO NIN
- Columnista
- marianonin@gmail.com
Hoy quiero contarte la historia de Lucía, aunque en realidad podría llamarse Sofía, Camila, Valentina o tener el nombre de cualquiera de las niñas que cada mañana se ponen el uniforme, se cuelgan la mochila al hombro y salen de sus casas para ir al colegio llevando consigo un universo de preguntas, miedos y emociones que casi nadie alcanza a ver.
Lucía tiene doce años. Vive en una casa donde nunca falta un teléfono encendido, donde los mensajes llegan a cualquier hora y las pantallas parecen haberse convertido en un miembro más de la familia y si, siempre recibe más atención que las personas que tiene al lado.
Pero una tarde Lucía volvió del colegio más callada que de costumbre.
Su mamá estaba ocupada. Su papá miraba el celular. Alguien preguntó desde otra habitación si había hecho sus tareas. Ella quiso contar algo, pero nadie le hizo demasiado caso.
“Nada, estoy bien” respondió. Y se encerró en su habitación.
Quizás ese día alguien la había humillado. Quizás había visto una amenaza escrita en un grupo de compañeros. Quizás tenía miedo de una persona, de una situación o de algo que ni siquiera sabía cómo explicar. O quizás simplemente necesitaba que alguien le preguntara, mirándola a los ojos, cómo se sentía de verdad. Nunca lo vamos a saber. A veces, el silencio se disfraza de indiferencia. Y Lucía aprendió a callar. Lo que pasa después es que los adultos solemos confundir ese silencio con tranquilidad.
Nos alarmamos cuando una pelea sacude un colegio, cuando una amenaza aparece en las redes, cuando un estudiante agrede a otro o cuando una situación que parecía imposible termina ocupando los titulares.
Entonces preguntamos qué está pasando con nuestros jóvenes, quién tiene la culpa, dónde estaban los padres, qué hicieron los docentes y por qué nadie advirtió las señales.
Claro, son preguntas necesarias. Pero ¿y si, en lugar de buscar culpables después de una tragedia, hubiéramos conversado con nuestros hijos antes?
Detrás de muchos comportamientos que no comprendemos puede haber sufrimiento, frustración,soledad, acoso, presión de grupo o una necesidad desesperada de pertenecer. Eso no significa justificar la violencia ni minimizar la responsabilidad de quien la ejerce. Significa entender que prevenirla exige mirar más allá del acto y tratar de reconocer qué ocurrió antes.
Es importante también que hablemos con los chicos del celular. No porque sea el enemigo ni porque la tecnología sea responsable de todos nuestros males. Sin embargo, detrás de las pantallas hay un mundo que muchas veces desconocemos.
¿Quién la llama? ¿Quién le escribe? ¿Quién le hace creer que la escucha? Y mientras tanto, nosotros también miramos nuestros teléfonos. No siempre falta amor. A veces falta presencia. Y esa diferencia importa.
La familia no puede delegar toda la formación de sus hijos en la escuela. La escuela tampoco puede limitarse a enseñar contenidos y esperar que los problemas emocionales desaparezcan al sonar el timbre.
Pero volvamos a Lucía.
No sabemos cuántas Lucías hay hoy en nuestras casas y en nuestros colegios. No sabemos cuántos chicos están pidiendo ayuda con un cambio de conducta, con un aislamiento que confundimos con rebeldía o con una tristeza que intentan esconder detrás de un teléfono.
Lo que sabemos es que no podemos seguir esperando a que ocurra una tragedia para preguntarnos qué nos faltó hacer.
Esta noche, cuando llegues a tu casa, dejá el celular sobre la mesa. Acercate a tus hijos. Regalales un rato de tu tiempo, pero regalales, sobre todo, tu atención.
Escuchá sus historias, incluso esas que parecen insignificantes. Reíte con ellos.
Abrazalos. Haceles sentir que, pase lo que pase afuera, en casa siempre habrá un lugar seguro donde puedan hablar sin miedo.
Y si algún día la historia de Lucía se parece demasiado a la de nuestros propios hijos, ojalá no sea porque llegamos tarde a comprender su dolor, sino porque aprendimos a escucharlos a tiempo.
Y hoy podes comenzar con algo tan sencillo, tan humano y tan poderoso como dejar el teléfono a un lado y abrazar a tu hijo.
Pero claro, esa... es otra historia.