• POR EL DR. JUAN CARLOS ZÁRATE LÁZARO
  • MBA

Según estudios preliminares de empre­sas especializadas, hace un poco más de 5 años el 70 % de los trabajos eran realizados por las personas y el 30 % restante ya estaban automatizados. Desde entonces dicha proyección empezó a dar un giro substancial, pues hoy día ya se habla de que el 50 % de los trabajos corresponderían al capital humano y el 50 % restante a cargo de robots.

No nos debería de sorprender, pues era de espe­rar dado que a nivel mundial las empresas vie­nen orientando sus actividades cada vez con mayor énfasis a la automatización de procesos y procedimientos, que les permitan mayor efi­ciencia, economía de escala, racionalización en costos de ventas y administrativos, apuntando a una mayor competitividad y rentabilidad den­tro de su gestión económica.

Si bien sería difícil prescindir totalmente del capital humano, ante todas estas transformacio­nes las plantillas de personal, tiene su lógica que vayan disminuyendo y con mayor razón ahora en que muchas empresas a nivel mundial vienen adoptando la inteligencia artificial.

Todo cambia y las empresas dedicadas a diversos segmentos de negocios apuntan cada vez más a ser eficientes, rentables y competitivas, para lo cual la automatización juega un rol protagónico.

A ello agreguemos el boom del comercio electró­nico y digital, que desde hace algunos años viene siendo el nicho preferido de compra de miles de consumidores y en donde nuestro país también tiene una participación relativa importante.

Tenemos distribuido en los tres poderes del Estado más de 350.000 funcionarios que ingre­saron en su mayoría sin concurso de oposi­ción, donde también abundan los “cargos de confianza” compuestos por personas que no cuentan con formación académica-profesio­nal que puedan jerarquizar y dar eficiencia a las mismas.

El viceministerio de Capital Humano, junto con todos los entes estatales, deben tener en cuenta estos procesos laborales de transfor­mación y modernización que se vienen dando a nivel mundial, para que de una vez por todas podamos hacer un trabajo de relevamiento y depuración caso por caso y que queden solo aquellos que por actitud, y aptitud, además de meritocracia, capacidad e idoneidad, puedan formar parte de la plantilla de personal, para que nuestras instituciones estén en condicio­nes de dar a los contribuyentes la atención de calidad que se los merecen, y que hasta ahora siguen ausentes por culpa de la burocracia e ineficiencia de muchos.

En pleno siglo XXI todavía se puede ver a funcio­narios manejando vetustos libros, cuando que la computadora se inventó hace más de 40 años.

En los entes públicos, el prebendarismo, clien­telismo y cuoteo político, siguen siendo más importantes que la capacidad e idoneidad lamentablemente.

El pensamiento analítico y creativo son habi­lidades importantes para los trabajadores. El primero de ellos considerado fundamental por muchísimas empresas que cualquier otra, en tanto que el pensamiento creativo, habilidad cognitiva, ocupa el segundo lugar, y está posi­cionado delante de la autoeficacia: resiliencia, flexibilidad y agilidad; motivación y autocon­ciencia; curiosidad y aprendizaje permanente, aunque deberían ser complementarias pues ayudan a fortalecer a las 2 primeras.

Hemos alcanzado el anhelado grado de inver­sión, pero si no nos preocupamos y nos ocu­pamos por la adopción de mayor desarrollo tecnológico, junto a la ampliación del acceso digital, nuestras probabilidades de impulsar la transformación en las organizaciones podrían verse rezagadas siendo hasta ahora una de las mayores debilidades estructurales de nues­tras instituciones.

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