- Por Gabriela Teasdale
- Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
- prensa@liderazgo.com.py
Hace unos días me detuve a reflexionar sobre la manera en que, muchas veces, concebimos el liderazgo. Es muy común asociar la figura del líder con la exigencia de metas, la certidumbre absoluta y los títulos corporativos. En ocasiones, la percepción general se enfoca en un rol distante, volcado principalmente a las cifras y al rendimiento.
Sin embargo, la realidad nos demuestra algo distinto.
El liderazgo empieza en el espejo. Liderar es conocerte a vos mismo, saber hacia dónde querés llevar tu propia vida y tener la claridad de cuáles son tus valores no negociables. En definitiva, es entender quién sos. Un cargo alto o un nombramiento importante otorgan una tarjeta de presentación con más responsabilidades. El respeto y el derecho a guiar a otros, eso que hace que la gente decida acompañarte, te lo da únicamente la coherencia de tus actos.
Cuando una persona en un puesto de mando busca imponerse, se siente superior o persigue metas aplastando a los demás a su paso, suele reflejar inseguridad. Es alguien que necesita mostrar fuerza por fuera porque, por dentro, no ha logrado conectar consigo mismo.
Esto tiene un costo directo y severo en el entorno laboral. El agotamiento no es un simple cansancio físico que se cura con un fin de semana de descanso; es un desgaste profundo que apaga el talento, anula la ini
ciativa y drena la energía de las personas. Cuando un equipo opera bajo una presión desmedida y constante, pierde su capacidad de innovar y se limita a sobrevivir. A propósito del Día Mundial de la Salud Mental, que rememoramos hace unos días atrás, los datos actuales son claros. Estu-dios de firmas como Gallup, junto con inves-tigaciones de la Universidad de Harvard, muestran que hasta un 70 % del bienestar o del agotamiento de un equipo depende del comportamiento de su líder. Cuando quien encabeza un grupo no genera seguridad psicológica –ese espacio donde un colaborador puede opinar, proponer ideas, crear o equivocarse sin miedo a represa-lias–, la salud mental de la organización se quiebra. La seguridad psicológica no es sinónimo de ser complacientes o de evitar las conversaciones difíciles. Al contrario, se trata de crear un entorno lo suficiente-mente maduro y abierto para que cualquiera pueda levantar la mano, manifestar un des-acuerdo o plantear una duda sin temor a ser juzgado, ridiculizado o castigado. Es en esa confianza donde nacen las grandes ideas y donde los equipos verdaderamente se consolidan. No hay resultado ni meta comercial que jus-tifique quemar a la gente. La salud mental de una empresa es el reflejo de la madurez emocional de quienes la dirigen. Si el líder no está bien, su entorno tampoco lo estará. La invitación es clara. Todos estamos lla-mados a ser líderes de nuestra propia vida primero. Cuando elegís liderar desde quien sos, conectando humanidad, convicción y resultados, lográs algo fundamental; cons-truís un espacio seguro donde las personas que te rodean pueden florecer.
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La fuerza de la palabra
- Por Gabriela Teasdale
- Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
- prensa@liderazgo.com.py
El liderazgo no es una plataforma para la comodidad; a veces se siente pesado e ingrato. No es fácil salir del ego, dar la cara cuando las cosas salen mal o hacerse cargo del impacto de decisiones ajenas. Sin embargo, cuando las situaciones se ponen difíciles, la mayoría busca excusas, pero el verdadero líder da un paso al frente y se hace escuchar y sentir.
Cuando una persona comprende su misión y asume esa responsabilidad sin reservas, su presencia y lo que dice adquiere fuerza. Hace un tiempo, un mentor mío tuvo la oportunidad de reunirse personalmente con Nayib Bukele, presidente de El Salvador. Al darme los detalles de ese encuentro tan especial, me dijo algo que me quedó grabado: “No sabés el aura que tiene, está en otra dimensión, cuando habla la gente escucha, es como si tuviera una energía divina”. Y cómo no tenerla, cuando se trata de alguien que se jugó entero para transformar a su país, guiado por valores innegociables y colocando a su pueblo en primer lugar. Como dice el Evangelio según San Mateo (22:14), “muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”. No todos podemos liderar a este nivel.
Ahora bien, para sostener ese peso del liderazgo sin quebrarse y lograr que el propósito se materialice, se necesita visión, valentía, coherencia, un equipo íntegro, buena comunicación y humildad. Es precisamente la humildad la que abre la puerta a comprender la necesidad a través de la escucha, el diálogo y la conexión. Cuando la comunicación falla, los resultados son devastadores, vemos matrimonios quebrados, empresas sin rumbo, hijos sin acompañamiento y gobiernos desconectados de la realidad de su gente.
Si queremos transformar nuestros entornos, debemos dominar el arte de transmitir un mensaje con propósito e influencia. Recordemos el conocido discurso de Martin Luther King Jr., “I have a dream”; cada palabra pronunciada conectó con la realidad, las personas se vieron identificadas y tocadas al nivel de tomar acción. Un comunicador con tremenda influencia porque su sueño no se trataba de él, se trataba de “todos”.
Para crecer en el arte de comunicar y conectar existen cuatro preguntas que debemos hacernos. Primero, ¿qué quiero que la gente vea? Sus propias posibilidades. Segundo, ¿qué quiero que la gente sepa? Cuánto valen. Tercero, ¿qué quiero que la gente sienta? Empoderamiento. Y cuarto, ¿qué quiero que la gente haga? Que tomen acción.
Cuando el propósito y la responsabilidad son grandes, no hay espacio para la pasividad. Un líder no tiene otra opción que saber comunicar, conectar e influenciar. Pensemos también en la capacidad de Winston Churchill para articular esperanza y firmeza en los momentos más oscuros de la historia; sus palabras no solo informaban, movilizaban el espíritu de toda una nación. Liderar duele y exige, pero cuando se ejerce desde la escucha, la comunicación auténtica y el deseo de servir, el impacto cambia realidades para siempre.
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¿Sabés lo que fulano anda diciendo de vos?
- Por Gabriela Teasdale
- Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
- prensa@liderazgo.com.py
El liderazgo, en su esencia más pura, es influencia, y no existe influencia real sin conexión humana. La base de un liderazgo efectivo –ya sea como empresarios, padres de familia o simplemente como seres humanos– radica en el poder de nuestras relaciones, en esa capacidad genuina de salir de nosotros mismos para mirar al otro a los ojos.
Conectar implica ir más allá de la superficie. Significa interesarse por la vida de la persona que tenés enfrente de forma auténtica; preguntar por su familia, por sus sueños y desafíos. Es escuchar desde el respeto y el amor, incluso cuando estamos en desacuerdo. Sin embargo, hoy el ruido de afuera empuja a las personas a competir, a comparar, a hablar solo de sus propios problemas o a mantenerse atrapadas en redes sociales viviendo en absoluta soledad. Es ahí donde el autoliderazgo marca la diferencia, eligiendo conectar desde la humanidad. Esta es la tarea intencional que los adultos debemos modelar y enseñar a los más jóvenes. Liderar con el ejemplo es mostrarles el camino para forjar vínculos significativos, porque a medida que pasa el tiempo, uno necesita de esos afectos reales que nos sostienen.
En el camino de la vida y del crecimiento personal, entendemos también que todo tiene su tiempo. No todo el mundo puede estar sentado a tu mesa. A medida que evolucionamos, elegimos quiénes nos hacen bien y quiénes no. Como dice un mentor mío, hay personas a las que toca querer, pero de lejos, y eso está bien.
Ahora bien, alejarte de alguien porque ya no comparten los mismos valores o ideales no te da el derecho a caer bajo, mostrando una mala actitud o falta de educación. Hoy vemos con preocupación cómo la envidia o la rivalidad lleva a las personas –especialmente entre la juventud, pero de forma alarmante también entre los adultos– a ignorar, voltear la cara o negar el saludo a quienes formaron parte de su entorno. Una cosa es comprender que una etapa se cerró, y otra muy distinta es ser grosero. Desde mi profesión, entiendo que este comportamiento destructivo suele ser alimentado por la falta de perdón y por el resentimiento que muchas veces se vive en el hogar.
Recuerdo una gran lección del señor Melvin, padre de mi socio John Maxwell. En una ocasión, un amigo se le acercó y le dijo: “¿Sabés lo que fulano anda diciendo de vos?”. Con una sabiduría admirable, él respondió: “No lo sé, pero yo creo que él es buena gente”. Con una sola frase cortó el chisme, la mala onda y el prejuicio. Eligió no vivir contaminado por la pobreza que otros llevan dentro.
Uno solo puede dar lo que tiene. Por eso, es fundamental soltar los rencores y hacer las paces con nosotros mismos. Si alguien te ignora, se porta mal o intenta hacerte sentir de menos, comprende que solo está reflejando lo contaminado que está por dentro. Envíale buena energía y, simplemente, querelo desde lejos.
En cambio, aquellas relaciones que construyen, que están presentes y llenas de valores, esas debes alimentarlas, cuidarlas y protegerlas. Somos el reflejo de nuestro entorno. Necesitamos que las personas correctas influyan en nuestras vidas y nosotros en las de ellas.
Cuida tu mesa, trae a los correctos. Aunque, pensando un poco, hasta Jesús –el líder más grande de la historia– tuvo a un traidor en su mesa. Nunca estaremos cien por ciento seguros de lo que hará el otro, pero el secreto está en perdonar y caminar en paz. Al final del día, cada uno rendirá cuentas por su propia vida, no por la de los demás. Quien vive dañando al resto, eventualmente tendrá su momento de juicio final.
Te animo a ser una persona que inspire e impacte desde tu don de gente y tus valores. Elegí bien a quiénes sentás en tu mesa, sana lo que tengas que sanar y camina con la frente en alto, dejando una huella de integridad en cada paso.
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El liderazgo del futuro será más humano… precisamente porque será más tecnológico
- Por la Dra. Lívia Mandelli
- Profesora de FDC, Brasil
Hace algunos años, cuando hablábamos sobre el futuro del liderazgo, casi siempre la conversación comenzaba por la tecnología. Inteligencia artificial, automatización, datos, plataformas digitales, nuevos modelos de trabajo. Todo ello sigue siendo esencial. Sin embargo, cuanto más observo las transformaciones en las organizaciones, más me convenzo de que la gran cuestión del liderazgo en los próximos años no será únicamente tecnológica. Será profundamente humana.
La tecnología está avanzando rápidamente. Tal vez más rápido de lo que muchas empresas son capaces de asimilar. La inteligencia artificial ya ha comenzado a transformar la forma en que reclutamos, desarrollamos personas, tomamos decisiones, analizamos el desempeño y diseñamos experiencias laborales. En poco tiempo, será difícil imaginar un área de gestión de personas que no utilice algún tipo de IA o análisis predictivo.
Pero hay una pregunta que, para mí, es central: ¿quién dará sentido a todo esto? Porque los datos ayudan. Los algoritmos aceleran. Las herramientas amplían nuestra capacidad de análisis. Pero ninguna tecnología sustituye la confianza, la escucha, el discernimiento y la valentía de liderar en contextos complejos. El liderazgo del futuro no será menos humano debido a la inteligencia artificial. Al contrario: cuanta más tecnología tengamos a nuestro alrededor, más necesitaremos líderes capaces de crear vínculos, sostener conversaciones difíciles, acoger vulnerabilidades y movilizar a las personas en torno a un propósito común.
Durante mucho tiempo, asociamos el liderazgo a la capacidad de controlar procesos, organizar tareas y garantizar resultados. Este modelo tuvo su valor. Pero ya no responde por sí solo al mundo en el que vivimos. Hoy, liderar es menos controlar y más influir, inspirar y desarrollar a las personas. Menos tener todas las respuestas y más crear las condiciones para que surjan buenas preguntas. Menos autoridad formal y más confianza construida en lo cotidiano.
Este cambio parece simple, pero no lo es. Exige que los líderes abandonen una postura excesivamente vertical y aprendan a trabajar de manera más distribuida, colaborativa y adaptativa. En entornos híbridos, multiculturales, digitales y sometidos a cambios constantes, nadie lidera bien únicamente por ocupar una posición de liderazgo. Se lidera por la capacidad de generar claridad, pertenencia y energía colectiva. Y aquí surge un punto que considero decisivo: la innovación no nace en ambientes de miedo.
Las organizaciones suelen afirmar que desean innovar. Buscan creatividad, nuevas ideas, agilidad, experimentación. Pero, con frecuencia, aún penalizan el error, silencian las discrepancias y valoran únicamente a quienes confirman el pensamiento dominante. La innovación necesita tecnología, sin duda. Pero también requiere seguridad psicológica. Necesita personas que se sientan autorizadas a expresarse, probar, disentir, aprender y volver a intentar.
Tal vez este sea uno de los mayores desafíos del liderazgo contemporáneo: crear entornos en los que las personas puedan ser competentes sin tener que aparentar invulnerabilidad en todo momento.
Esto también modifica la forma en que entendemos el compromiso organizacional. Durante años, muchas organizaciones trataron el compromiso como una métrica de clima o como resultado de acciones puntuales. Hoy, se vuelve cada vez más evidente que el compromiso es consecuencia de la experiencia diaria de trabajo. Las personas se comprometen cuando cuentan con autonomía, reconocimiento, desarrollo, buenos líderes y un sentido real de propósito. Permanecen donde sienten que pueden crecer, contribuir y ser vistas.
El salario y los beneficios siguen siendo importantes, por supuesto. Sería ingenuo afirmar lo contrario. Pero ya no son suficientes. Especialmente para las nuevas generaciones, el trabajo no es solo un contrato económico. Es también un espacio de identidad, aprendizaje, impacto y pertenencia. Esto no implica romantizar el trabajo, sino reconocer que las personas esperan una relación más madura con las organizaciones.
En este contexto, el bienestar deja de ser un beneficio periférico y pasa a ser una cuestión estratégica. La salud mental, el equilibrio, la seguridad psicológica y la calidad de las relaciones en el trabajo ya no pueden tratarse como temas secundarios. Impactan directamente en la productividad, la retención, la innovación y el desempeño.
Me gusta pensar que estamos entrando en una fase en la que los indicadores humanos adquirirán el mismo peso simbólico que los indicadores financieros. La tasa de burnout, el índice de bienestar, la experiencia del colaborador, la confianza en el liderazgo y la seguridad psicológica no son “temas blandos”. Son datos esenciales para comprender la capacidad de una organización de seguir siendo eficaz.
El trabajo híbrido refuerza aún más esta necesidad. No se trata de una moda pasajera. Es un cambio estructural en la forma en que percibimos nuestra relación con el trabajo y con la vida, y en cómo organizamos el tiempo, el espacio, la colaboración y la autonomía. Sin embargo, el modelo híbrido también exige un nuevo tipo de liderazgo. No basta con trasladar reuniones presenciales a pantallas. Es necesario aprender a comunicar mejor, alinear expectativas con mayor claridad, construir confianza a distancia y garantizar que los talentos no se vuelvan invisibles por estar menos presentes en la oficina.
El liderazgo actual exige intencionalidad. Exige presencia incluso cuando no hay proximidad física. Exige rituales, escucha, acuerdos y una atención especial a la cultura. Porque la cultura no es únicamente lo que está escrito en los valores institucionales. Cultura es lo que las personas viven cuando necesitan decidir, discrepar, priorizar, pedir ayuda o admitir que han cometido un error.
Otro tema que me parece ineludible es el aprendizaje continuo. No hay liderazgo preparado para el futuro sin curiosidad. La velocidad de los cambios ha vuelto imposible imaginar una carrera basada únicamente en el conocimiento adquirido en el pasado. El reskilling y el upskilling dejan de ser programas ocasionales para convertirse en parte central de la estrategia organizacional.
Esto aplica a todos, incluidos los líderes experimentados. Tal vez especialmente a ellos. La senioridad del futuro no consistirá únicamente en saber mucho, sino en aprender con rapidez, desaprender cuando sea necesario y mantenerse relevante sin aferrarse a modelos que ya no funcionan.
La inteligencia artificial, en este sentido, puede ser una gran aliada. Puede respaldar decisiones, personalizar trayectorias de aprendizaje, ampliar diagnósticos y ofrecer valiosos insights sobre personas y organizaciones. Sin embargo, existe un límite que no deberíamos cruzar sin reflexión: la gestión de personas no puede perder su dimensión ética.
Tomar decisiones sobre talento, carreras, desempeño y oportunidades exige algo más que eficiencia. Exige responsabilidad. La IA puede señalar patrones, pero corresponde a los líderes interpretar los contextos. La IA puede sugerir caminos, pero son los humanos quienes deben evaluar sus consecuencias. La IA puede acelerar procesos, pero no debe reducir a las personas a datos.
Por ello, considero que el área de Recursos Humanos en los próximos años tendrá un rol mucho más estratégico: será menos administradora de rutinas y más arquitecta de inteligencia organizacional. Una función capaz de integrar datos, cultura, tecnología, desarrollo humano y estrategia empresarial. Sin embargo, para lograrlo, deberá ocupar la agenda del liderazgo con valentía y profundidad.
En el fondo, la gran transformación que se vislumbra para el período 2026–2030 no se limita a nuevas herramientas. Se trata de una nueva conciencia de liderazgo.
Las organizaciones que se destacarán serán aquellas capaces de equilibrar tres dimensiones: tecnología, humanidad y adaptabilidad. Tecnología para ampliar capacidades. Humanidad para preservar sentido, confianza y bienestar. Adaptabilidad para aprender continuamente en un mundo en constante cambio.
El líder del futuro no será únicamente un gestor de procesos. Será un orquestador de talento, cultura, tecnología e innovación. Alguien capaz de observar los datos sin olvidar a las personas. De perseguir el desempeño sin normalizar el agotamiento. De utilizar la inteligencia artificial sin renunciar a la inteligencia emocional. De construir resultados sostenibles porque comprende que ninguna estrategia se materializa sin las personas.
Y quizás este sea el mensaje principal para nosotros, líderes, educadores y organizaciones: el futuro del trabajo no estará definido únicamente por lo que la tecnología sea capaz de hacer. Estará definido, sobre todo, por lo que nosotros seamos capaces de elegir hacer con ella.
Tengo la convicción de que estamos ante una oportunidad histórica. Por primera vez, contamos con tecnologías capaces de ampliar exponencialmente nuestra inteligencia, productividad y capacidad de innovación. Pero el verdadero diferencial seguirá siendo humano. Residirá en la forma en que cuidamos a las personas, construimos confianza, promovemos el aprendizaje y damos sentido al trabajo.
En última instancia, las organizaciones más admiradas no serán necesariamente aquellas con los algoritmos más sofisticados, sino aquellas que consigan utilizar la tecnología para potenciar el talento, fortalecer las relaciones y generar un impacto positivo. Porque el futuro no será construido únicamente por máquinas inteligentes. Será construido por personas suficientemente conscientes como para utilizar esa inteligencia al servicio de algo mayor.
Y es precisamente por eso que creo que el liderazgo del futuro será más humano. Justamente porque será más tecnológico.
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La fuerza de lo invisible
- Por Gabriela Teasdale
- Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
- prensa@liderazgo.com.py
El reciente partido de nuestra selección frente a Turquía nos emocionó hasta las lágrimas y nos dejó una lección que va mucho más allá del fútbol. Paraguay se plantó en la cancha, en un escenario donde la mayoría de los analistas daban el encuentro por perdido antes de empezar. Los pronósticos técnicos eran totalmente adversos, pero el pueblo paraguayo mantuvo viva la esperanza. El resultado nos demostró lo importante que es cerrar el oído a los comentarios de afuera y empezar a creer con el alma en lo que somos capaces de lograr. Cuando protegemos nuestra mente de las dudas de los demás, despertamos una fuerza interior que nadie más puede ver ni frenar.
Esta victoria me hace pensar en la historia de David y Goliat. Frente a un gigante que asustaba a todos, apareció un joven que no se midió por su tamaño ni por sus armas, sino por su fe y por la seguridad de saber que estaba listo. Goliat era la lógica del mundo, el problema que parecía invencible, mientras que David era la fuerza del propósito. Muchas veces en nuestras empresas, proyectos o familias nos encontramos con situaciones que parecen gigantescas y la tentación es tirar la toalla. Sentimos que no hay salida porque miramos el tamaño del obstáculo en lugar de medir el tamaño de nuestras ganas de superarlo.
Por eso, para sostener esa confianza cuando la presión aprieta se necesita un proceso. En la Biblia, el número cuarenta se repite como el tiempo elegido para prepararse y transformarse antes de algo importante. Fueron cuarenta días de diluvio para limpiar la tierra, cuarenta años en el desierto para moldear a un pueblo y cuarenta días de Jesús en silencio antes de salir al mundo. Esos días pueden parecer largos y difíciles de completar, pero es justo lo que se requiere para forjar el carácter y consolidar un verdadero compromiso. Los grandes logros no llegan por pura suerte, aparecen cuando transitamos con paciencia nuestra propia etapa de preparación.
El liderazgo con uno mismo se activa cuando entendemos que fallar no es el final del camino. Los tropiezos y los momentos difíciles no vienen a destruirnos, sino a enseñarnos. Nos bajan a la tierra, nos muestran en qué podemos mejorar y nos obligan a cambiar la estrategia para salir a la vida con más fuerza y sabiduría. La próxima vez que sientas que las cosas te superan, que el entorno te dice que es imposible o que tenés un gigante enfrente, acordate del número cuarenta. Abrazá tu proceso, renová las ganas de hacer eso que tanto amás y confiá en vos. No dejes que las opiniones ajenas te definan, porque al igual que nuestra selección, la mayor victoria empieza siempre en tu propia decisión de creer y salir a dar lo mejor. ¡Salud, Paraguay!