• POR BENJAMÍN LIVIERES
  • Analista político

La crisis en filas del oficialismo colorado es, sin ninguna duda, el hecho político más relevante en el presente ciclo constitucional que, de no resolverse por vía de la negocia­ción y el pacto –algo que hoy parece muy poco probable–, alteraría las relacio­nes gobierno-partido y, con más peso, el escenario electoral rumbo al 2028.

Los hechos se precipitaron a partir de las declaraciones formuladas por el vicepresidente Pedro Alliana, primero en entrevistas varias y luego en con­ferencia de prensa, confirmando que Horacio Cartes le comunicó la decisión de dejar sin efecto su candidatura pre­sidencial e integrar una nueva chapa, con Juan Carlos Baruja a la cabeza. ¡Un bombazo!

Existen múltiples interpretaciones sobre las razones que llevaron a HC a adoptar dicha determinación. Esca­sas o nulas chances electorales, inten­ciones de desplazarlo del liderazgo del movimiento y del partido, reiteradas muestras de deslealtad de ciertos acto­res, hasta las actuales confrontacio­nes en el sistema financiero, que tie­nen como telón de fondo la emergencia de un grupo económico que lo ponen en riesgo.

La reacción inicial de Alliana fue de sor­presa y confusión, limitándose a decir que se tomaría cierto tiempo para resol­ver lo que haría al respecto, pero luego de una reunión con el presidente Peña, convocó a una rueda de prensa para informar que mantenía su nominación, aunque abriendo un amplio abanico de posibilidades.

Desde competir con la chapa de Honor Colorado –apertura mediante de lis­tas– o por otro movimiento, hasta ser candidato al Senado e incluso… irse a su casa. Nada muy firme.

No obstante, el Consejo de Gobernado­res y un número aún indeterminado de legisladores le brindaron su apoyo. En el mismo sentido se manifestó Santiago Peña, según informó el ahora excandi­dato. Hasta ahí, son los mismos acto­res que desde hace meses cuestionan el liderazgo de Cartes, rechazando su facultad a designar al candidato a vice­presidente y ahora, del mismo modo, oponiéndose a que retire de la chapa a quien había designado para presidente.

A primera vista, cualquiera podría con­cluir que la ruptura está consumada. De un lado, el bloque compuesto por gobernadores y legisladores, con Peña y Alliana como figuras centrales, del otro Horacio Cartes, poseedor del mayor capital político dentro y fuera del colo­radismo. Las máximas autoridades del Poder Ejecutivo, en el primero de los casos, y el presidente de la ANR y líder de Honor Colorado, en el otro, ahora en veredas distintas.

Y puede ser que termine así, con el sur­gimiento de un movimiento que agrupe al oficialismo y que Honor Colorado pase a la disidencia, pero el proceso todavía está en desarrollo y no son des­cartables de antemano otras opciones, entre ellas, que quienes propician la escisión retrocedan en sus intenciones.

Sin embargo, en la eventualidad de que la fractura sea inevitable, es una obvie­dad que la proyección político-electoral del oficialismo es por demás limitada, por no decir nula, aunque hoy, enso­berbecido por el reagrupamiento de un nutrido grupo de dirigentes, crea erróneamente que tiene un futuro ven­turoso.

En cambio, Honor Colorado, en papel de disidente y con candidatos adecua­dos, tiene la posibilidad cierta de lle­varle nuevamente al poder a la ANR en el 2028.

Solo hechos nuevos permitirán preci­sar cuál será el desenlace de la crisis en curso, pero el horno no está para bollos y quienes los manipulan de manera irresponsable corren el serio riesgo de salir quemados.

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