Te voy a contar una historia que comenzó mucho antes del día en que comencé a escribirla. Mamá siempre me decía que detrás de una puerta cerrada, en una dis­cusión a los gritos que los vecinos escuchan, en un mensaje que queda sin respuesta o en una amenaza que alguien prefiere creer que nunca se cumplirá, hay personas ahogadas en el dolor.

Paola quizás tenía miedo. A lo mejor toda­vía creía que las cosas podían cambiar, que él cumpliría su promesa, que los gritos no vol­verían a repetirse. Hasta que un día la histo­ria terminó abruptamente. Entonces su nom­bre copó los titulares de los noticieros. Otra mujer asesinada. Otro feminicidio. Otra fami­lia destruida. Los números deberían alarmar­nos, pero nos estamos acostumbrando. Según el Ministerio Público, Paraguay cerró 2025 con 37 víctimas de feminicidio, mientras que hasta el 21 de setiembre de este año ya se con­tabilizaban otras 19. Detrás de cada número hay una vida que se apagó, una familia rota y, muchas veces, hijos que tendrán que crecer con una ausencia irreparable. No son esta­dísticas frías. Son historias que no deberían haber terminado así. Pero ¿en qué momento empezamos a creer que la violencia es una guerra entre hombres y mujeres?

La indignación frente a cada feminicidio es necesaria. No hay celos, discusión, abandono ni desamor que justifiquen quitarle la vida a otra persona. Sin embargo, reconocer la gra­vedad de estos crímenes no significa que deba­mos convertir a todos los hombres en respon­sables de una violencia que no todos ejercen. Hay padres que enseñan a sus hijos que amar no significa poseer, hombres que respetan la libertad de sus parejas y amigos que acompa­ñan a las mujeres cuando necesitan ayuda. ¿También ellos deben cargar con la culpa por el solo hecho de ser hombres?

Creo que no. Y decirlo no significa minimizar los feminicidios ni desconocer que existe una violencia específica contra las mujeres, vincu­lada muchas veces con el control, la desigual­dad y la creencia de que alguien puede decidir sobre la vida de otra persona. La responsabili­dad debe recaer sobre quien amenaza, golpea, somete o mata. También debemos exigir res­puestas a las instituciones cuando una denun­cia no recibe atención, cuando las medidas de protección no funcionan o cuando una señal de alarma termina convertida en una tra­gedia. En 2025, el Ministerio Público regis­tró 37.825 víctimas de violencia familiar en Paraguay. La cifra muestra que el problema va mucho más allá de los casos que terminan en muerte. Hay violencia que deja marcas visi­bles y otra que destruye lentamente, entre amenazas, humillaciones y miedo. Y esa rea­lidad no afecta exclusivamente a las mujeres. También hay hombres víctimas de violencia, niños que crecen en hogares donde los golpes parecen normales y personas mayores que sufren abusos en silencio. Reconocerlo no significa afirmar que todas las situaciones sean iguales. El feminicidio tiene caracte­rísticas propias y exige respuestas específi­cas. Pero ninguna víctima debería tener que competir con otra para que su sufrimiento sea reconocido.

A veces, mientras discutimos quién tiene más razones para sentirse víctima, dejamos de mirar lo importante: que nadie tenga miedo en su propia casa.

Ni una mujer, ni un niño, ni un anciano.

No se trata de repartir culpas para que todos quedemos conformes. Se trata de educar, pre­venir, escuchar y actuar antes de que sea dema­siado tarde. Nadie es dueño de nadie. Amar no es controlar, los celos no son una prueba de amor y la frustración no concede derechos sobre el cuerpo ni sobre la vida de otra persona.

No quiero que una mujer tenga miedo de regresar a su casa, caminar por la calle o ter­minar una relación. Tampoco quiero que un hombre sea considerado culpable antes de que se conozcan sus actos. Quiero una socie­dad en la que la justicia distinga entre quien ejerce la violencia y quien simplemente com­parte con él una condición humana. No nece­sitamos una guerra entre hombres y mujeres. Necesitamos enfrentar la violencia, el abuso, la impunidad y la indiferencia.

Cada feminicidio nos recuerda que llegamos tarde a una historia que quizás había dado señales de alarma. Y cada vez que una per­sona pide ayuda y nadie escucha, corremos el riesgo de que otra historia termine de la misma manera. La violencia tiene distintas manifestaciones, distintas víctimas y dis­tintas causas. Pero frente a ella, hombres y mujeres deberíamos estar del mismo bando. La verdad es que el enemigo no es el hombre ni la mujer. Es la violencia, el abuso y el silen­cio que deja sola a una persona cuando más necesita ayuda.

Pero esa… es otra historia.

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