- Por Mônica R. de Carvalho
¿La competencia entre gestores de inversiones conduce siempre a que prevalezcan aquellos que poseen las carteras más eficientes? ¿Qué comportamiento en la gestión de inversiones alcanza mayor éxito bajo diferentes condiciones competitivas? En 2012, el investigador Björn-Christopher Witte planteó estas preguntas en un artículo de título provocador –“Fund Managers: Why the Best Might be the Worst”– y arrojó luz sobre una cuestión compleja: ¿cómo elegir a un buen gestor para sus inversiones?
Mediante una simulación del funcionamiento de los mecanismos de selección de gestores en el mercado, Witte demostró que, en condiciones de competencia intensa, a menudo se fomenta la búsqueda excesiva de riesgo. Más aún: los supervivientes pueden no ser los mejores gestores, sino aquellos que obtuvieron resultados mediante una elevada exposición al riesgo.
El grado en que un comportamiento mejora la capacidad de supervivencia de un gestor se denomina “aptitud evolutiva”, y se espera que las estrategias más aptas predominen a largo plazo. El modelo de Witte modifica dos parámetros de la competencia: la tasa de exclusión, es decir, cuántos gestores son eliminados en cada ronda, y el intervalo de exclusión, esto es, con qué frecuencia ocurre. La forma en que el mercado selecciona a los “mejores” –a partir de los mejores resultados– y la rapidez con que elimina a los “no aptos” influyen decisivamente en la combinación de riesgos que, en su conjunto, el sistema termina asumiendo.
Es como si, a fin de cuentas, se exigieran rendimientos cada vez mayores en plazos cada vez más breves para que un gestor sea considerado bueno. Y quienes necesitan más tiempo para obtener resultados, los casos atípicos encuentran cada día mayores dificultades para sobrevivir.
Trece años después, el tema dejó el ámbito de la simulación y pasó a contar con datos. En “Strategic Mutual Fund Tournaments”, publicado en el Journal of Financial and Quantitative Analysis en 2025, Joseph Chen, Eric Hughson y Neal Stoughton modelan la competencia entre fondos como un torneo de varios períodos y múltiples participantes, y prueban el modelo en fondos estadounidenses ajustados por estilo.
El resultado coincide directamente con Witte, aunque incorpora un matiz importante. Cuando hay muchos competidores, todos comienzan el torneo asumiendo el máximo nivel de riesgo: es la única forma de aparecer en la parte superior de la clasificación. En el período final, todos mantienen el riesgo máximo, con excepción del líder, quien, si su ventaja es suficientemente amplia, reduce el riesgo para “asegurar” el liderazgo. Lo que preveía la teoría clásica –que quienes van rezagados redoblarían su apuesta para alcanzar a los demás– no aparece en los datos; lo que se observa es que el líder protege su ventaja.
La comparación entre ambos artículos resulta reveladora. Witte demostraba que la presión selectiva empuja a la población de gestores hacia el riesgo. Chen, Hughson y Stoughton muestran el mecanismo individual subyacente: la carrera por la clasificación obliga a cada gestor a asumir un riesgo elevado desde el principio, y solo quien ya está a la cabeza puede permitirse actuar con prudencia. En otras palabras, la prudencia recomendada por la teoría de carteras se convierte en un privilegio de los ganadores, no en una estrategia al alcance de todos. Y el inversor que elige un fondo por ocupar la primera posición de la tabla está, sin saberlo, premiando precisamente la exposición al riesgo que generó esa posición.
En la teoría de gestión de carteras, encontrar la alternativa de menor riesgo y mayor rentabilidad constituye el objetivo principal. Sin embargo, es necesario examinar con una mirada darwiniana el tipo de comportamiento –orientado a la búsqueda o a la aversión al riesgo– que resulta de la competencia por alcanzar el podio de la gestión. Una cartera eficiente para garantizar la supervivencia del gestor no es necesariamente una cartera eficiente para que el cliente pueda dormir tranquilo.
Y no existen muchas alternativas para escapar de esta dinámica. Solo unos buenos instrumentos de regulación, internos o externos son capaces de incentivar el “buen comportamiento” en el mercado: evaluar a los gestores por la rentabilidad ajustada al riesgo y a lo largo de períodos más extensos, y no por su posición en la clasificación del último semestre. Si en 2012 esto constituía una hipótesis de simulación, hoy es una regularidad observada en los datos, lo que convierte la elección de un gestor en un ejercicio que consiste menos en admirar al ganador y más en preguntarse cómo logró vencer.
* Texto elaborado por Mônica R. de Carvalho, Core Faculty y profesora asociada de la Fundação Dom Cabral, donde trabaja en las áreas de Finanzas y Gobierno Corporativo. Mônica es economista y doctora en Estudios Globales por la Sophia University (Japón).