Una situación bastante inusual fue motivo de noticias y gran canti­dad de memes en estos días. En un recorrido por calles del país se podía observar automóviles y tejados de vivien­das llamativamente “blindados” con col­chones, cartones, hules o cualquier ele­mento que sirva como amortiguador ante la amenaza de un nuevo bombardeo de supergranizos, similar al que se tuvo el pasado fin de semana. Una escena casi de guerra, pero ante la naturaleza.

En lo particular, no recuerdo una situa­ción semejante, al menos en Asunción, en los últimos años. Circulaban fotos de autos que tenían hasta muebles encima, electrodomésticos viejos, todo atados con cuerdas o cintas de lo que se tenía mano.

La granizada del sábado pasado dejó con­secuencias terribles en cuanto a daños. Mucha gente tuvo que gastar mucho dinero en reparación parabrisas y cha­perías abolladas, así como tejados nuevos (en Asunción y otras zonas se registró una crisis de tejas, ya que terminó el stock). Y es que el tamaño de los granizos que cayeron era realmente sorprendente, más gran­des que pelotas de tenis en algunos casos.

El evento climático fue noticia a nivel internacional, con videos que parecían sacados de una película de catástrofes. Hasta podríamos exagerar un poco la fic­ción cinematográfica e imaginar una ven­ganza ecológica… contra los autos produc­tores de dióxido de carbono.

En los años 70, los científicos James Love­lock (del Reino Unido) y Lynn Margulis (de Estados Unidos) plantearon que la Tierra no se limita a un sitio donde se desarrolla la vida, sino que posee vida en sí misma y que también puede modificar sus condi­ciones según sus necesidades, para man­tener su propia existencia. Fue la base de la teoría de Gaia.

Lovelock afirmó que el aumento de las manifestaciones extremas del clima se convertiría en la nueva norma, ya que sería una forma de adaptación del planeta. Una forma de defenderse (¿a granizazos?).

Con el aumento de los eventos climáticos severos, los nuevos datos sobre el calen­tamiento de los océanos o el fenómeno de la desertificación, la teoría de Gaia volvió a cobrar presencia en algunos ámbitos de discusión. Ciertamente, una nueva forma de pensar con relación a las energías reno­vables también ha despertado a nivel mun­dial, apuntando a nuevos paradigmas que a la larga generarían menor contaminación. El punto aquí –como en cierta forma lo plantean Lovelock/Margulis– es cuál de los procesos es más rápido: el problema o la solución.

El debate sobre el clima a nivel mundial, en particular sobre el calentamiento glo­bal, se ha polarizado entre los negacio­nistas –por lo general sectores de poder económico– que rechazan totalmente la existencia de una crisis ambiental; y por el otro, los alarmistas, que insta­lan la próxima llegada del apocalipsis ecológico.

Es aquí donde deberíamos escuchar lo que dice la ciencia al respecto, lo que dicen los datos, las estadísticas. Ese debería ser el parámetro. Las medidas a tomar o no dependerán de los gobier­nos de cada país, pero la instalación de una agenda ecológica depende de toda la sociedad, de la ciudadanía en general.

Quizás no sea necesario empezar a cons­truir un arca o un refugio subterráneo en este momento, pero por lo pronto ten­gamos un paraguas siempre a mano –y un colchón extra–, y de tanto en tanto, miremos el cielo, por las dudas.

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