- POR ANÍBAL SAUCEDO RODAS
La política perdió el brillo de la lucidez. Las palabras quedaron trasquiladas por la mediocridad. Los discursos padecen una incurable estolidez. La incoherencia es su signo letal. Por eso los insulsos charlatanes, sin una pizca de imaginación, son los preferidos de ciertos canales de divulgación que se han reducido a ser portadores de mensajes degradados a simple mercaderías. Ningún aporte a la cultura. Pura estulticia. Son los idiotas útiles que continúan aplastando a la sociedad bajo el peso de la alienación. Que celebran los eventos o imprevistos como paradigmas de un ilusorio cambio radical y definitivo. Y, en el extremo opuesto, los que aprovechan las adversidades para abrir las compuertas del apocalipsis en su papel de caballo troyano. Al revés del rey Midas, todo lo que tocan se pudre. Alfeñiques intelectuales de gestos ampulosos y discursos grandilocuentes y, por ende, huecos, que aspiran impresionar a un pueblo al que consideran mentalmente vulnerable y fácil de engañar.
Los leñadores del día después aparecieron con la furia de los granizos para despellejar el árbol que cayó en desgracia. Actitud predecible de los pusilánimes. De los timoratos que no formulan opiniones mientras dura el proceso electoral, porque una victoria les dejaría descolocados en el tablero del poder. Y en ese limbo de acomodados ventajeros se agazapan para saltar a la yugular o a los calcetines, según las circunstancias. Son hombres que desconocen el sudor de la lucha, sin coraje ni convicciones, que no pueden vivir sin la cobija del Estado. Son pura lengua. Lengua adiestrada para vilipendiar o para adular. Que ni siquiera pueden sostener un discurso con su conducta de vida. Las palabras, por un lado, y los hechos, bien lejos, por el otro. Son como líneas paralelas que no se tocan. Ni siquiera se aproximan. Pero, como vivimos tiempos de la posverdad y la relativización de la moral y la dignidad, los medios de comunicación han perdido la memoria para rellenarla con sus propias ambiciones (empresariales y/o políticas), y no les interesa incomodar a estos detractores de la ética política con sus incongruencias, sus deslealtades y sus cambiantes posiciones que son guidas por la flecha de la veleta. Así que, sobre los escombros de su repulsivo pasado, se paran para dictar lecciones sobre la urgencia de extirpar los vicios y promover las virtudes, cuando que, en realidad, ni siquiera tienen la decencia de examinar su propia conciencia pecaminosa, manchada de latrocinio, ingratitudes y traiciones.
Estos funestos personajes, rodeados de la más absoluta orfandad popular, solo tienen vigencia en los espacios de sus amigos periodistas que prefieren ignorar el saludable e imprescindible ejercicio de las preguntas incisivas y los enrostradores comentarios que desnudan las imposturas de sus entrevistados. Lo más cómico es que aconsejan la renovación de los liderazgos, pero con un lenguaje caduco, desfasado, que vienen repitiendo sin gracia alguna desde hace tres décadas. Si en algún momento sus discursos tuvieron el edulcorado condimento de la novedad –producto del plagio incesante–, hoy provocan el hartazgo más repelente por saturación y su constante contaminación por las miasmas del resentimiento social, la deshonestidad (sin posibilidades de redención) y el desequilibrio emocional. Ni hace falta mencionarlos, por sus graznidos los conoceréis.
Al día siguiente de las elecciones municipales del domingo 4 de octubre, estas figuritas desgastadas de tanto uso, que ajustan las críticas al oportunismo, aparecieron en el campo de la política como defecaciones de Pombero después de la lluvia. Podrán asombrar a quienes llegaron tarde en la repartición de cerebros. Pero, quienes los conocemos por su pelaje, carimbo y muescas, solo podemos experimentar un profundo desprecio por tanto cinismo y mayúscula hipocresía. Mienten desvergonzadamente y simulan cualidades, ideales y valores que no tienen y, por ende, tampoco practican. Y, por sus dotes de Tartufo, serían fácilmente elegidos para la conocida obra de Moliere. No quiero ser mezquino con los adjetivos: tartufos, felones y sicofantes. Calumnian cuanto pueden para cubrir sus fechorías. Ningún partido político podrá reconciliarse con sus raíces ideológicas con lastres que lo atan a una historia ignominiosa donde la arrogancia, el autoritarismo y el uso discrecional del poder multiplicaron generosamente el caldo de la corrupción. Y no les fue mal. Que hasta disfrutan de una placentera impunidad. Sin embargo, parafraseando a un senador de la oposición: “A todo toro le llega su san Fermín”. Buen provecho.