• POR EMILIO AGÜERO ESGAIB
  • Pastor

Ya empezamos a ver perso­nas que consultan a la IA para tomar decisiones perso­nales, emocionales e incluso trascendentes. ¿Qué riesgos existen cuando dejamos de verla como una herramienta y comenzamos a otorgarle una autoridad que antes correspondían a nuestra conciencia a otras personas o incluso a nuestra fe?

Cuando dejamos de ver a la inteligencia artificial como un software y empezamos a tratarla como un oráculo para el alma, cruzamos una línea ética y espiritual suma­mente peligrosa. Al otorgarle la autoridad que le corres­ponde a nuestra concien­cia, a nuestra comunidad o a nuestra fe, caemos en lo que la teología llama una sustitu­ción de la soberanía interior.

Desde una perspectiva pro­fundamente humana, ética y respaldada por la sabiduría de las Escrituras, este fenó­meno presenta cuatro ries­gos existenciales devasta­dores:

1. La tentación de la idola­tría tecnológica (buscar res­puestas vivas en lo muerto): el mayor peligro espiritual es el de la idolatría: depositar nuestra confianza absoluta y buscar dirección existen­cial en algo creado por manos humanas en lugar de buscar al Creador o asumir nuestra propia responsabilidad.

2. El eclipse de la concien­cia y la atrofia del discer­nimiento: la conciencia es el santuario íntimo donde el ser humano se encuen­tra consigo mismo y con la voz de Dios. Discernir no es elegir la opción estadística­mente más probable o efi­ciente; es un acto doloroso y maduro de libertad que requiere sopesar el amor, el sacrificio y las conse­cuencias morales. Si dele­gamos las decisiones tras­cendentes a una IA porque “ella calcula mejor”, nues­tra conciencia se atrofia por desuso. Nos convertimos en menores de edad espiritua­les. Romanos 12:2: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vues­tro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. El dis­cernimiento es un mandato divino que exige transfor­mar nuestra mente a través de la experiencia vivida, el sufrimiento y la gracia. Un algoritmo solo puede dar­nos el “pensamiento de este siglo” (los datos acumula­dos del pasado), pero nunca la renovación del entendi­miento.

3. El aislamiento espiritual y la pérdida de la comunidad (el rebaño sin pastores): La fe y la madurez emocional no se viven en el aislamiento de una pantalla. Dios diseñó al ser humano para encontrar respuestas y consuelo en el otro, en la comunidad de fe, en el consejo de los padres, de los amigos sabios o de los pastores. Al preferir la res­puesta inmediata y privada de una IA –que nunca nos juzga, nunca nos contradice y siempre nos da la razón–, destruimos el tejido comuni­tario y evitamos la confron­tación sana que nos hace cre­cer.

4. La falsa paz de la “eficien­cia” frente al misterio de la fe: la IA está diseñada para eliminar la incertidumbre y darnos la respuesta más cómoda y lógica. Pero la fe cristiana opera muchas veces en el terreno de lo que parece ilógico para el mundo: el per­dón al enemigo, el sacrificio por el débil, el desprendi­miento material o el espe­rar pacientemente en medio del silencio de Dios. En Pro­verbios 3:5-6 se nos exhorta: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia [o en tu propio cálculo]. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”. La fe requiere confiar en un Dios personal cuyo camino a veces incluye el desierto, la cruz o la aparente contradicción. Un algoritmo programado para la comodidad humana jamás te aconsejará tomar tu cruz y seguir a Jesús.

Podríamos resumir con que entregar nuestra guía exis­tencial a la inteligencia artifi­cial es una renuncia a la liber­tad que Dios nos otorgó con tanta dignidad.

Etiquetas: #La IA ética

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