• POR ANÍBAL SAUCEDO RODAS

Roa asimiló el impacto. No esquivó el bulto, aunque no suene muy poético. Tampoco acudió a ese recurso tan nuestro: hacerse del desentendido. Recogió el guante y contragolpeó. Después de su pri­mera “Carta al pueblo paraguayo”, fechada en Toulouse, Francia, el 1 de febrero de 1986 y, luego, reproducida por el semanario “El pueblo”, del Partido Revolucionario Febre­rista, el 26 del mismo mes y año, los persone­ros del régimen procedieron a la “exhuma­ción” del poema “Eternamente hermanos” (El País, 20 de agosto de 1954), que nues­tro supremo escritor dedicó a los generales Alfredo Stroessner y Juan Domingo Perón en ocasión en que el entonces presidente de la República Argentina devolviera a nues­tro país los “trofeos” de la guerra de la Tri­ple Alianza.

La respuesta de Roa Bastos es una demoledora segunda carta: “Réquiem para el final de una dictadura”, enviada a Carlos Villagra Marshal y leída por él mismo durante una conferencia de prensa realizada el 15 de abril de 1986. “Estoy dispuesto a confesar mi delito de lesa poesía al Ministerio del Miedo, siempre y cuando sus mesnaderos, pyragüés, esbirros y torturadores confiesen antes sus crímenes de lesa humani­dad”, desafía. Y añade: “Toda la historia es una opereta bufotrágica desde el comienzo. Vamos a ver. Un general estrena su dictadura, todavía encapuchado y en capullo, prometiendo el oro y el moro a todo el mundo. Otro general viene a devolver la chatarra de la guerra que arrasó el país en 1865-1870 y deja su espada como trofeo de paz y de alianza. Delirio patriótico general en medio del cual, levitado por las musas y la estrella de Marte, el antiguo joven poeta escribe su rap­sodia heroica (…). Tal es el trasfondo ‘histórico’ del que nació el poema como un verdadero parto de los montes”. Niega que en algunas entrevistas periodísticas haya declarado que no recordaba el poema: “No es mi costumbre simular estados de ‘ausencia’ y apelar a evasivas o coartadas cuando se trata de dar la cara, incluso ante chantajes de truhanes”. En mi habitual columna de los sába­dos en “El correo semanal”, del diario Última Hora del 3 de mayo de 1986, comentaba que el “desentierro” del bendito poema le dio pie a Roa para “contraatacar con más vehemencia que en la primera embestida”. Seguiré transcribiendo textualmente parte de aquella extensa misiva porque vale la pena por su inesperada actua­lidad: “Todo autor tiene derecho a depurar su obra de rezagos indignos y a no ser juzgado por ellos. Es como si Jorge Luis Borges –vida, obra y pensamiento– debiera ser descalificado por sus discursos laudatorios a Pinochet, a quien calificó de ‘humanista’, a Videla y otros ‘pundonorosos soldados’ y, en otro sentido, por su desprecio a las razas inferiores (en especial los negros que, a su juicio, deberían ser exterminados)”. Hace mención, después, al novelista guatemalteco Miguel Ángel Asturias, “cuya vida y obras no pueden ser vilipendiadas”, a pesar de que fue “comentarista periodístico y radial del dicta­dor de su país, el general Jorge Ubico, derribado en 1944 por un movimiento popular. Dos años después, Asturias publicó su famosa novela ‘El señor presidente’, una de las más importantes de nuestra novelística latinoamericana sobre el tema de la dictadura”. En sus registros tam­bién figura Rubén Darío, quien “apostrofó al primer Roosevelt: ‘Riflero terrible y fuerte caza­dor’. Pero, también, está ahí, uno de sus poemas más repudiados, la extensa ‘Palas Athenea’, en el que con acento de Hélade glorifica al dictador Manuel Estrada Cabrera, antecesor de Ubico, y siniestro personaje que inspiró a Asturias la figura del protagonista de su novela”.

A diferencia del Roa de aquel momento, el nove­lista, dramaturgo y cuentista Mario Halley Mora ya no está vivo para defenderse. Para defenderse de quienes impugnaron sus obras y justificaron el olvido por el centenario de su nacimiento con­siderando su pasado de jefe de Redacción del diario Patria (vocero de la dictadura) y, argu­mentan, informante, perseguidor y censurador de artistas, intelectuales y escritores. La piedra del escándalo la arrojó Sergio Cáceres Mercado, filósofo, catedrático y periodista, en el diario Última Hora: “El centenario de Mario Halley Mora, un escritor censurado” (25 de setiembre de 2026). Fue una valoración ética y estética de notable calidad y rigor del hombre y su obra, así como su innegable aporte “al corpus literario paraguayo”. Tal afirmación se acredita con dos piezas clave de este autor: “Perrito” y “Libreta de almacén”. En cuanto a si es posible separar y analizar al hombre de la obra habría que trasla­dar la pregunta a quienes leen sin asco a Heideg­ger, a pesar de su prontuario como miembro del Partido Nazi y un declarado racista corroborado en sus “Cuadernos negros”.

Y a quienes tienen como referencia obligada a Carl Schmitt, tam­bién conocido como “el jurista del Tercer Reich”, al momento de analizar el poder y la política. No estoy planteando que un delito o error sirva para cubrir o pasar por alto otros delitos o erro­res. Lo que se cuestiona, finalmente, es la doble vara para condenar o absolver según el particu­lar gusto o afecto de cada uno. Buen provecho.

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