DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista
  • marianonin@gmail.com

Hay días en que uno ya no sabe qué ponerse.

A la mañana, una campera. Al mediodía, una remerita. A la tarde, vuelve el viento fresco y, por las dudas, buscamos otra vez aquella campera que dejamos sobre una silla.

En Paraguay, siempre hablamos del tiempo como quien habla de un pariente imprevisible. Sabemos que puede hacer frío cuando debería hacer calor o calor cuando esperamos frío y que en cuestión de horas, el cielo puede cambiar de humor.

Pero estos días hay algo diferente.

No es solamente que haga frío, ni que después llegue un calor que parece fuera de lugar. Es esa sensación de que las estaciones ya no se comportan como antes.

Tenía un compañero campesino que un día me dijo: “Antes uno sabía cuándo venía el frío mirando los árboles”.

En esas palabras había un calendario natural que durante generaciones ayudó a nuestros abuelos a sembrar, cosechar, criar animales y prepararse para las heladas o las lluvias. Es de esas cosas que solo sabe la gente del campo.

Hoy ese calendario parece escrito con lápiz y no con la costumbre.

Y nosotros seguimos preguntando: ¿qué está pasando?

La respuesta no está solamente en el cielo, también está en nosotros, porque todos tenemos responsabilidad.

El cambio climático no significa que cada día vaya a ser más caluroso que el anterior. Significa que estamos alterando el equilibrio del sistema climático del planeta y haciendo más frecuentes o intensos determinados extremos: olas de calor, lluvias muy intensas, sequías, incendios y cambios en los patrones habituales.

Y te digo algo repetido: detrás de buena parte de ese cambio hay una historia humana, muy humana.

Quemamos combustibles para mover nuestros vehículos, producir electricidad y fabricar aquello que consumimos. Deforestamos. Cambiamos bosques por cultivos y ciudades. Producimos y desechamos cada vez más.

La contradicción es enorme.

El mismo ser humano que aprendió a dominar el fuego parece estar aprendiendo, demasiado tarde, que el planeta también puede calentarse.

Paraguay no está al margen.

Somos un país que conoce bien el calor extremo, las sequías, las tormentas violentas y los incendios forestales. Y nuestra economía, nuestra producción agropecuaria y nuestra vida cotidiana dependen profundamente de que el clima conserve cierto equilibrio.

Pero ¿qué pasará si ese equilibrio continúa deteriorándose?

Lo más probable es que nuestros hijos tengan que explicarles a sus hijos que hubo un tiempo en que las estaciones llegaban con cierta puntualidad.

Y quizás tengamos que acostumbrarnos a vivir pendientes del pronóstico, no para saber si llevamos paraguas, sino para saber si vamos a poder trabajar, producir, viajar o simplemente soportar el día.

Sin embargo, hay algo que todavía podemos hacer.

No podemos detener una tormenta, ni ordenar al termómetro que baje o negociar con una sequía.

Pero sí podemos revisar aquello que hacemos todos los días.

Porque el cambio climático es un fenómeno planetario, pero también está hecho de cientos de miles de decisiones pequeñas.

Entonces vuelvo a recordar lo que me dijo Andrés: “Antes uno sabía cuándo venía el frío mirando los árboles”.

Quizás el desafío de nuestro tiempo sea volver a mirar los árboles. No solamente para saber qué estación viene, sino para preguntarnos cuánto tiempo más queremos que ellos sigan ahí…

Y, sobre todo, necesita que entendamos algo que parece muy simple, pero que nos cuesta aceptar: la naturaleza puede sobrevivir sin nosotros… pero nosotros no podemos sobrevivir sin ella.

Y esa… es otra historia.

Etiquetas: #En Paraguay

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