- POR ANÍBAL SAUCEDO RODAS
El 21 de setiembre de este año se cumplirán cincuenta años de la desaparición de los hermanos Benjamín y Rodolfo Ramírez Villalba, Amílcar María Oviedo y Carlos José Mancuello del departamento de Investigaciones, bajo el mando del tétrico personaje, Pastor Coronel, quien recibía directas instrucciones del dictador Alfredo Stroessner. Hasta hoy, nunca fueron encontrados ni sus huesos, a pesar del titánico trabajo de Rogelio Goiburú, director de Reparación y Memoria Histórica del Ministerio de Justicia. Rogelio es hijo del doctor Agustín Goiburú, víctima del Plan Cóndor, secuestrado en Argentina y asesinado en los oscuros calabozos del régimen estronista. El pacto de silencio entre los torturadores fue una lápida sobre sus anónimas tumbas. Pero la memoria resiste a las pretensiones de borrar las huellas de aquella primavera de sangre y de los nuevos “revisionistas” de la historia que, en sus petulantes delirios seudoacadémicos, ambicionan presentarlo al sátrapa como un “presidente constitucional”.
Como un cruel sarcasmo, en la sesión del 20 de setiembre de 2006, en vísperas del trigésimo aniversario de esta desaparición forzosa, la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana (ANR), a propuesta del miembro Mario Abdo Benítez (hijo del secretario privado del sanguinario déspota), rindió homenaje póstumo a Stroessner –fallecido en Brasilia el 16 de agosto de ese año– con un discurso y un minuto de silencio. Yo me quedé sentado, mientras los demás se ponían de pie en adusta solemnidad. Pensé en los hermanos Ramírez Villalba, en Oviedo y Mancuello. Aquel instante de impotencia fue una traición a quienes arriesgaron sus vidas, y hasta murieron, soñando con una patria liberada de sus brutales opresores.
Aquel acto fue una burla al dolor de miles de familias paraguayas. Abdo Benítez, reivindicador de las brutalidades del carnicero, dijo en aquella penosa ocasión que “Stroessner se merecía aquel homenaje”, como presidente honorario del Partido Colorado”, agregando que esta asociación política fue “vigorizada” en esos 35 años de terror. La verdad es que fue vaciada ideológica y programáticamente para suplantar su doctrina social por el culto a un hombre despiadado con sus enemigos y generoso con sus lacayos. Tal desquicio solo es posible en una mente corrompida por la ceguera que provocan el fanatismo o la ignorancia y una conciencia mutilada por la arrogancia inescrupulosa. Mediante Stroessner, añadió, “el terrorismo no penetró nuestras fronteras”. De hecho, el dictador tenía la exclusividad del terrorismo –el del Estado– para perseguir, torturar, desaparecer y asesinar a quienes se animaban a criticarlo y reclamar la vigencia de la libertad, la justicia y la democracia.
Los cuatro fueron detenidos dos años antes, en 1974. Sufrieron meses de suplicio interminable. Así lo cuentan sus antiguos compañeros de celda, entre ellos, Euclides Acevedo. Unos de los hermanos Ramírez Villalba tenía las piernas destrozadas. Los otros tres apenas podían movilizarse a causa de las continuas torturas a que eran sometidos cada noche. Esto que transcribo a continuación lo publiqué hace algunas semanas: “En la noche del 21 de setiembre de 1976, otra detenida, la doctora Gladys de Sannemann, vio a los cuatro por última vez en el corredor de la muerte que conducía hasta la oficina del jefe de Investigaciones, Pastor Coronel. Un informe redactado por sus torturadores el 22 de setiembre de 1976 denuncia que “los cuatro se escaparon de sus celdas”. Sin embargo, el oficial de guardia anota en su cuaderno a las seis de la mañana de ese día: “Sin novedad”. Esa contradicción permitió que los responsables de esta desaparición forzada fueran llevados ante la Justicia”.
El Estado tiene la obligación moral de rendir tributo a estos cuatro mártires de la democracia. Medio siglo después, nuestra memoria histórica debería ser vigorizada en las escuelas, colegios y universidades para que, de una vez por todas, empiece a germinar ciudadanía y conciencia ética. De una memoria débil se aprovechan siempre los poderosos y aquellos que ven en la política un trampolín para el enriquecimiento. Y nada más. Si no, la muerte de aquellas víctimas de la dictadura estronista habrá sido en vano. Buen provecho.