- POR LA LIC. SELVA RIQUELME
- Comunicadora, defensora de la templanza y la serenidad.
Vivimos en un mundo que corre sin mirar adónde va. Subimos la velocidad de los audios para no escuchar tres segundos de pausa, retiramos la comida del microondas antes de que el timbre señale el minuto final y aceleramos el paso en la calle para no ceder el lugar a nadie. Hasta en la forma de escribir se nota: abreviaturas apresuradas y emoticones han reemplazado a las palabras completas. Queremos todo para ayer, movidos por una ansiedad que muchas veces nace del afán de llegar primero o de un deseo silencioso de no quedar atrás.
No escribo estas líneas desde el juicio ni la crítica hacia los demás. Escribo desde la empatía y la honestidad, reconociendo que yo también, en ciertas ocasiones, caigo en las trampas de la impaciencia. Han sido los propios resultados de mi ansiedad los que me han obligado a detenerme y reflexionar.
Por correr detrás del reloj, nos estamos perdiendo de la vida misma: un amanecer sereno, el color de un atardecer o la calidez de una conversación pausada. La prisa desmedida no nos lleva a ningún puerto seguro; solo nos arrebata el presente. La vida es breve, pero siempre hay tiempo para lo que realmente importa. Cultivar la calma no es perder el tiempo, es aprender a vivirlo. Hagamos una pausa, respiremos y devolvámosle a nuestros días el valor de la serenidad.
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“El arte, el fútbol y la paz” (de barrio)
La afanosa búsqueda de Toni de una obra que grafique su artículo denominado “El arte, el fútbol y la paz” terminó con el encuentro de esta pieza artística del gran pintor de Asunción Ignacio Núñez Soler denominada “Canchita sobre la calle Carpinelli en 1974”.
- Por Toni Roberto
- tonirobertogodoy@gmail.com
Dicen que cuando en la contienda del Chaco los músicos paraguayos ejecutaban una pieza a la tardecita, paraba el fuego y del otro lado los bolivianos escuchaban atentamente. Momentos de tregua y paz en la inmensidad del Chaco Boreal. Por eso el título de hoy “El arte, el fútbol y la paz”, a partir de las confrontaciones extrafutbolísticas del Mundial 2026 por todos conocidas.
LA CANCHITA DE LA CALLE CARPINELLI
Así busqué una imagen que nos hablara de arte y fútbol para encontrar un momento de paz, como lo hacían los combatientes en la guerra del Chaco.
En medio de tanto ruido mediático, perseguí afanosamente una canchita vacía de algún artista paraguayo del siglo XX encontrándome con una obra de Ignacio Núñez Soler, el pintor de Asunción, cuyo título reza al dorso: “Canchita de la calle Carpinelli en 1974”. Una horizontalidad tan llana como la vista chaqueña desde Asunción.
La cancha vacía deja de ser solo un lugar donde se juega un partido y se convierte en expresión pura: dos arcos que equilibran los extremos, la arboleda alineada de fondo y detrás el poético arroyo Mburicaó o Tembetary. En el centro, el inmenso verde, un espacio vacío para pensar, inspirarse y escribir.
LA CANCHITA DE LOS PRONO
Hasta bien entrados los años 80 del siglo pasado, en muchos barrios asuncenos, naturalmente, se usaba algún terreno baldío que sobraba en los alrededores para jugar y además realizar vida social entre los vecinos. En una memorable charla con David Prono Toñánez, me contaba con lujo de detalles cómo eran esos partidos, cómo se componían los equipos en un baldío de barrio, dando una mirada casi antropológica del tema.
En otras zonas donde había calles planas decidían cerrarlas para los improvisados compromisos futboleros barriales.
EL PARTIDÍ DE DOÑA COCA Y ARGENTINA CAVINA DE AGUIRRE
En muchos casos, los partidos barrio contra barrio eran simplemente calle contra calle, así como cuenta Silvio Codas Friedmann en su libro “Pelota con picho”; el empedrado, algún baldío, la escalinata, o la cancha del Club Nacional se prestaban para armar los célebres y recordados partidí. Nada tenía límites. Cuenta también que formaban hasta partidos de féminas, cuyas participantes eran, entre otras, doña Coca de Lara Castro y doña Argentina Cavina de Aguirre en el barrio La Catedral, zona del Perpetuo í.
ARDISSONE, TODOS DESCALZOS
Una fresca tarde de café, José Luis Ardissone miraba con nostalgia desde la ventana del bar San Roque, el lugar donde se armaban partidos al lado de la vieja iglesia.
Se juntaban los chicos del barrio con los del bajo, “ellos venían y como no tenían ‘championes’ nosotros nos quitábamos y jugábamos con ellos, todos por igual, descalzos”, decía emocionado.
Al final le doy de nuevo una mirada a esta gran pintura de don Ignacio y vuelvo a imaginar aquellas épicas tardes en plena contienda, los legendarios músicos del Chaco. Ahí también se podía encontrar paz en medio de la guerra. Este domingo sirvió de inspiración esta obra, de un verde campo de fútbol de un barrio de Asunción, en el silencio y la paz que puede dar el arte en medio de una batalla campal futbolística.
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Bar de Cejas, el arte que redefinió la mirada
Por: Adelaida Alcaraz
El arte fue la llave para abrir la ventana al mundo del maquillaje, en el que Fátima Peralta descubrió algo que nadie estaba mirando: las cejas. Hoy, 12 años después, los clientes se ven al espejo y se emocionan y vuelven al día siguiente con una amiga porque no pueden esperar a contarle. En 17 sucursales están transformando vidas, porque cuando ofrecen lo mejor, la calidad se sostiene sola.
“Bar de Cejas nació de una búsqueda muy íntima. Soy artista plástica de corazón; crecí amando la pintura, pero el arte no me alcanzaba para sostener a mi familia”, relató Fátima Peralta, socia fundadora y creadora de protocolos estéticos de la firma.
Entonces optó por dedicarse al maquillaje. En ese lapso detectó un patrón que nadie veía y era que cada vez que maquillaba a alguien, se encontraba con el mismo obstáculo: “cejas descuidadas. Y me preguntaba por qué nadie se ocupaba de ellas”, dijo.
Y es que hasta ese entonces las cejas no eran industria, sino más bien eran consideradas un accesorio. Nadie hablaba de diseño y mucho menos de técnicas con hilo.
El obstáculo no fue técnico sino cultural, indicó Fátima. Encontró que lo más desafiante era contarle a la gente que las cejas merecían un espacio propio. Eso implicó crear desde cero el concepto, la necesidad y la confianza. Ella no vendía un servicio, al contrario, mostraba una transformación en vivo.
El punto de inflexión llegó en 2014 con su primer local en Los Laureles. “Abrimos con mucha ilusión y muy poca estructura, y los primeros clientes salieron tan felices que empezaron a recomendarlo a todos”, recordó con emoción. Reconoció, además, que el buen trabajo realizado corrió de boca en boca y se volvió una avalancha. “Tuvimos que mudarnos a un lugar más grande porque no dábamos abasto”, reveló.
Entonces tomó la decisión que lo cambió todo. “Dejamos de ofrecer otras cosas y nos dedicamos exclusivamente a las cejas. Esa decisión marcó el rumbo”, dijo entre risas. Desde ahí, Bar de Cejas dejó de ser un servicio y se convirtió en sistema.
“Cuidamos obsesivamente la formación del equipo, los protocolos, la estética, pero sobre todo el alma de Bar de Cejas”, comentó Fátima y explicó que esa “alma” era la forma de mirar. Porque el diseño no era depilación, sino interpretación. “Antes de tocar una sola pelusa, había un análisis del rostro: la simetría natural (que nunca es perfecta, y eso es hermoso), la expresión, el ángulo de los ojos, la forma de los pómulos, incluso la manera en que la persona sonríe”, precisó.
El cliente ve el resultado, no hace la lectura. “Una ceja bien diseñada respeta la anatomía y la personalidad de quien la lleva”, afirmó Fátima, quien dejó entrever que el servicio no era el producto, que la experiencia lo era. “Nosotros escuchamos primero, miramos juntas el espejo”, explicó el proceso. Es así que el efecto va más allá de lo estético. “La gente viene por estética, pero lo que se lleva es autoestima”, garantizó.
Un aspecto a destacar es el plano de la experiencia -comentó- y explicó que la intención es profundizar el concepto de “bar” para que los clientes sientan que vienen a un espacio de bienestar, no a una silla de servicio.
En lo digital, reveló que están desarrollando herramientas para que reservar, consultar y mantenerse en contacto con su esteticista de confianza sea cada vez más fácil. “Pero por sobre todas las cosas, lo que viene es lo mismo que nos trajo hasta acá:amor por lo que hacemos, y el deseo profundo de que cada persona que entra a Bar de Cejas se vaya sintiéndose un poquito más linda y, sobre todo, más ella”, expresó.
Nunca nada fue estándar. “El rostro manda siempre, después la edad, luego la expresión. La personalidad y la moda es lo último”, indicó la emprendedora. Hoy día la tendencia migró hacia lo real, “la gente quiere cejas pobladas pero reales. La era de la ceja muy gráfica quedó atrás”, dijo.
También existe una línea ética innegociable. Sobre el microblading, fue clara: “Un profesional serio te tiene que decir cuándo sí y cuándo no, aunque eso signifique perder la venta”, reflexionó.
El crecimiento llegó sin negociar identidad. Hoy Bar de Cejas cuenta con 17 sucursales y casi un centenar de personas. “Hoy somos 17 sucursales, y cada una me sigue emocionando como la primera”, manifestó.
Para Fátima, el equipo es tan importante como la técnica: “Para mí, formar gente es tan importante como formar cejas. Estamos transformando vidas, también de quienes trabajan con nosotros”, reveló.
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El arte de hacer fuego
DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
Don Luis despierta antes del amanecer. Afuera, la ciudad todavía duerme, pero él ya huele la leña, el carbón y el humo que anuncia la vida de un fin de semana cualquiera.
Hoy hay pedidos: un almuerzo familiar, una cena de amigos, un cumpleaños que merece olor a carne asada. No es solo comida. Es trabajo, es arte, es oportunidad.
Según Enrique López, experto en empleos, en Paraguay se estima que 2.000 personas hacen asado como ingreso extra, y otras 500 viven únicamente de asar carne. Son los nuevos protagonistas de una economía que huele a humo, a madera quemada y a queso fundido. Porque los fines de semana se volvieron sagrados, y cada familia que se sienta a la mesa ya piensa: ¿quién va a hacer el asado hoy?
Don Luis calcula sus ingresos: un promedio de 1.000.000 de guaraníes extra por fin de semana. No es poco.
Niños, adultos, vecinos, todos disfrutan del ritual del fuego y la carne, y él, con cada corte, cada locote relleno con queso, cada sopa paraguaya y chipa guasú, construye su propio milagro cotidiano.
El fenómeno no es casualidad.
Entre 150.000 y 500.000 guaraníes se cobra por preparar el asado en eventos y la demanda sigue creciendo. Faltarían otros 2.000 parrilleros para cubrir la necesidad de familias y empresas, asegura Enrique López.
La oportunidad laboral es clara: quien sabe manejar fuego y carne, hoy tiene lugar en el mercado.
No es solo intuición. Hay cursos, talleres, capacitaciones que forman a los futuros maestros del asado. IGI Paraguay enseña parrillas y fuegos con prácticas y técnicas de corte; el SNPP ofrece formación a distancia junto a expertos como Asado Benítez; y la Escuela de Gastronomía O’Hara en Asunción abre sus puertas a quienes quieren perfeccionar cada detalle de la parrilla.
Los resultados hablan por sí solos: los asaderos paraguayos compiten y ganan frente a vecinos brasileños y argentinos.
Negro Riveros, campeón latinoamericano de asado, viaja hasta Teotihuacán, en México, para participar en el “Asado para los Dioses” y vuelve con la certeza de que en cada casa paraguaya hay una parrilla y, detrás de ella, un sueño que se prende como carbón encendido.
Hacer asado no es solo cocinar. Es tradición, oportunidad, identidad.
Es la mezcla de esfuerzo, sabor y orgullo que cada fin de semana transforma hogares en templos del humo y del calor. Para don Luis y tantos otros, cada corte de carne es un paso más hacia la independencia, hacia la vida que construyen con sus manos, su fuego y su pasión.
Y en Paraguay, donde en cada casa hay una parrilla, también hay historias de trabajo, de perseverancia y de un país que se encuentra alrededor de la mesa, hablando el mismo lenguaje: el del humo, la leña y la carne bien hecha.
Pero esa es otra historia.
OBS.: datos de Enrique López, especialista en empleo
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El arte en tiempos de San Valentín
Este domingo, Toni Roberto relata un episodio que guarda relación con una forma de amor mediante la cual una obra de arte deja por un instante de ser un simple objeto.
- Por Toni Roberto
- tonirobertogodoy@gmail.com
Estaba en una sala de la galería, la miré y al instante fue amor a primera vista. Así considero la relación con una obra deseada a la que uno puede decir “es para mí”.
Esa pieza gráfica en aquel antiguo cuarto convertido en sala de exposiciones, uno de los espacios de Exaedro sobre la calle Chaco Boreal, se comunicó conmigo.
Informaciones acumuladas por mi experiencia con el arte moderno paraguayo hablaron por sí solas; un austero grabado en madera que en primer lugar me llevó a recordar a la Cateura de los amores del autor, Jacinto. ¿La obra es solo lo que se lee literalmente? No, es antes que nada lo que traemos nosotros mismos en nuestra gastada maleta de las experiencias, no es solo lo que vemos y es lo que se puede convertir en las tantas formas de amor.
LA OBRA VERTICAL QUE ME LLEVA AL SUR DE ASUNCIÓN
El cuadro vertical, austero, como si tuviera tres planos, el agua, las canoas y las casas, la vieja costanera, los edificios del corazón de Asunción, el cielo; en medio de todo, una solitaria marchante que baja las escaleras, yendo a “no sé dónde”, que me recuerda a la memoria de infancia en Loma Tarumá del escritor Augusto Casola (1944-2020), que contaba cómo de mañana temprano por la calle Caballero venían bajando desde el sur vendedoras hasta el Mercado 1.
Además, mirando el cielo, en línea recta, el hogar del autor, figura principal de este domingo, al que podemos viajar imaginariamente en un dron, pasando por el centro, los barrios Gral. Díaz, Obrero, Roberto L. Petit y Republicano.
EL AMOR Y LA REPRODUCCIÓN
El grabado en el arte paraguayo trajo nuevas posibilidades desde mediados de los años 50. Si bien es cierto que ya se remonta a los del Cabichuí, a las experiencias de Wolf Bandurek, quien introdujo lo social en el arte del país, además del matrimonio Campos Cervera-Plá. La multiplicidad de copias permitió que más personas accedan a poseer una obra de arte. En ese camino se ubica la obra de Jacinto Rivero (1932-1997).
Así, que estos días de festejos de amores sirvan a esa otra manera de encuentro. ¿Puede una obra de arte dejar por un instante de ser un simple objeto? Sí, a través de esta sencilla obra en blanco y negro que se convierte en amor por un momento en estos tiempos de San Valentín.