• Víctor Pavón (*)

El artículo 112 de la Constitución Nacional estableció que el Estado tiene el dominio de los hidrocarburos, minerales sólidos, líquidos y gaseosos (que sirven para generar energía) que se encuentran en el subsuelo en estado natural.

El Estado es el dueño absoluto de los recursos naturales. Es el que otorga permisos temporales para la exploración y explotación a empresas y particulares.

La interpretación gramatical es suficiente para concluir que la propiedad privada y los mercados libres no existen en los dominios del subsuelo. Se requiere de la autorización del Estado, el mismo que regía desde la conquista y la colonia con las Bulas Alejandrinas de 1493 y el Tratado de Tordesillas en 1494 manifestados, paradójicamente en el presente, en las ideas y prácticas de los que dicen ser partidarios de la soberanía nacional.

Entonces, ¿qué es la soberanía nacional del Estado cuando se expresa como una entidad colectiva? La utilización de la sinécdoque y de la entelequia como figuras retóricas han creado una notable confusión en las ideas, entre el todo y la parte. La soberanía nacional –y la historia prueba– no hace más que desechar a la persona para convertirla en un engranaje de la maquinaria estatal por el cual unos cuantos deciden sobre otros sin ser consultados.

Son muchos los ejemplos de este error intelectual llamado soberanía nacional. Los recursos naturales son uno de ellos. Tenemos zonas geográficas donde no se puede tocar un centímetro de tierra sin permiso del Estado bajo el influjo de sus mejores aliados, las organizaciones ambientalistas.

Aun cuando se llegó a producir gas en el Chaco debido a la iniciativa empresarial, poco tiempo después la inversión privada fue aniquilada, destruida por el Estado.

En varios países sucede igual. Ghana es el mayor productor de oro de África. Angola es el segundo productor de petróleo y el cuarto de diamantes. Nigeria, primer productor de petróleo. Todos con notables “coincidencias”. Tienen inmensos recursos naturales, pero no riqueza. Sus poblaciones son pobres, hartas de sus Estados.

Cuando el individuo se encuentra supeditado a obtener “permisos” del Estado para generar energía, combustible, movilidad y alimentos, entonces la libertad, la propiedad y la cooperación no logran sus beneficiosos frutos, motivo por el cual la crisis energética sin precedentes que se viene en el país tiene una causa que aquí señalo con todas las letras: la falsa soberanía nacional.

(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Miembro del Consejo Internacional de la Fundación Faro. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”: “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.

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