• Por Aníbal Saucedo Rodas

Recordar a Roa siempre será una ceremonia de reconciliación. De reconciliación con la memoria, con la literatura que sonó con voz universal y con el coraje de un hombre que enfrentó a una despiadada dictadura con su arma más poderosa y letal: la pluma. Contrariamente a lo que planearon los esbirros del régimen, desde la arrogancia de un poder omnímodo, con la segunda expulsión del escritor, el 30 de abril de 1982, nuestro país ganó a un abanderado de la libertad ante las naciones democráticas del mundo.

Ese hecho impensado ubicó en el mapa a esta isla rodeada de tierra, acentuándose las presiones internacionales para debilitar al gobierno autocrático más antiguo de la región. Los intelectuales, que padecían décadas del igualmente doloroso exilio interior, condenaron la arbitraria e inapelable orden superior para un nuevo exilio de don Augusto. ¿Su pecado? Haber despertado un inusitado fervor entre los estudiantes, de la secundaria y universitarios, que desbordaban los escenarios para escuchar al escritor compatriota. Y la etiqueta de siempre como justificación: “comunista bolchevique” que vino “a contaminar el espíritu de la juventud”.

La presentación de la obra “Libros perdidos de Augusto Roa Bastos: tesoro recuperado”, que tuvo lugar el martes 8 de setiembre en la Universidad Iberoamericana, fue un pretexto para rememorar anécdotas de quienes conocieron al autor de “Yo el Supremo”. La parte oficial estuvo a cargo de Ana Martini, Mirta Roa, Daniel Balderston y Sanie Romero, rectora de la institución. Inesperadamente, me pidieron que diga algunas palabras. Por supuesto, hice mención a aquel encuentro frustrado en la redacción en el diario en el cual trabajaba entonces, porque, horas antes, los cancerberos de la dictadura lo habían secuestrado para tirarlo, literalmente, a Clorinda. La minuciosa colección –a partir de ese hecho– de escritos sobre y de Roa en revistas, semanarios y diarios de todo el mundo, posteriormente, pasó a formar parte de un libro de mi autoría: “Autoritarismo, cultura y democracia”. Al finalizar, algunos de los asistentes me reclamaron la omisión –involuntaria, por cierto– del recuerdo que constituye, hasta hoy, la parte más importante y emotiva de mi vida periodística.

Aquel 16 de noviembre de 1989 era un día normal en la comarca. Los colorados se sacaban las entrañas en la Comisión de Paz –menos mal– instalada en la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana, buscando una conciliación entre “ortodoxos” y “democráticos”. Campesinos eran reprimidos y desalojados por fuerzas militares. El Equipo Económico dictamina un rotundo “no” al reajuste salarial de los obreros. Desde Brasil informan que el izquierdista Leonel Brizola y Luiz Inácio “Lula”daSilva, del Partido de los Trabajadores, disputan voto a voto para enfrentar en una segunda vuelta al conservador Fernando Collor de Mello. Última Hora, en aquel tiempo, era vespertino. El “cierre” estaba fijado para el mediodía, con la intención de llegar más temprano a la mayor cantidad posible de lectores antes de que caiga la noche. Las máquinas debían arrancar a las trece, como máximo. Ese día y a esa esa hora no había novedad en el frente.

En aquella época “no existían ni Facebook, ni Twitter ni hashtag” ni todo lo demás que dice Sabina. En la Sección Cables, equipos de tres agencias diferentes de noticias, en rítmico repiqueteo, escupían diariamente kilómetros de hojas continuas con los hechos más relevantes del momento. César Ynsfrán era el encargado de cortar y seleccionar las informaciones internacionales. Aproximadamente, a las 13:30, más pálido que nunca –era de una tez muy clara que le valió su marcante o apodo– sale de la pequeña pieza que le servía de oficina para gritarle a Tony Carmona, jefe de Artes y Espectáculos: “Roa ganó el Cervantes”. En mi condición de jefe de Noticias, equivalente a jefe de Redacción, me quedaba hasta tarde. Por entonces, se aplicaba el mecanismo del “alcance”. Se iniciaba el lento proceso de reemplazar la página (redacción, composición, corrección, armado y chapa) y, una vez concluido, se procedía al cambio. A veces, para los últimos 1.000 ejemplares. Pero ese día fue diferente. Merecía ser diferente.

La impresora había empezado a sacudirse a horario en la planta baja. El ruido llegaba hasta la Sala de Redacción. Mientras Tony buscaba en archivos una foto de Roa y armaba el escrito, yo ya sabía lo que tenía que hacer. En esos interminables segundos, me sentí imponente. Como un Moisés separando las aguas del Mar Rojo. Estaba a punto de pronunciar las palabras más trascedentes de mi vida periodística. Si los escritores aspiran al Nobel, los músicos al Grammy, los actores al Óscar… los hombres de prensa tenemos un sueño. Y ese día el mío se cumplió, cuando grité urbi et orbi: “Paren las máquinas”. Y las rotativas se detuvieron.

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