Las estaciones no solo cambian en el calendario; también cambian den­tro de nosotros. Setiembre trae un estallido automático de alegría y colo­res, pero la realidad es que pasar del frío a la primavera lleva todo un proceso. En la naturaleza nada florece de la noche a la mañana. Lo que brota es el resultado directo de lo que la raíz aguantó en silen­cio bajo la tierra durante todo el invierno.

Cuando pasamos por un golpe duro, un duelo o un fracaso, la primera reacción es querer encerrarnos en nosotros mis­mos. Después del dolor o la pérdida resulta natural sentir miedo de volver a intentar o perder la esperanza. Es difícil avanzar cuesta arriba cuando la mochila pesa, y más aún cuando nuestros pensamientos y lo que sentimos nos llevan a revivir una y mil veces lo sucedido.

Pero tampoco podemos sentarnos a espe­rar que las ganas o la valentía caigan del cielo. El movimiento trae tracción. Avan­zar con dudas e incluso dolor es la única forma de dejar atrás el frío. Ningún invierno dura para siempre si te mante­nés en marcha.

La fe y el miedo funcionan de la misma manera, los dos nos piden que creamos en algo que todavía no vemos. El miedo usa la cabeza para mostrarte el peor final, la fe la usa para mostrarte lo que es posible. No se trata de obligarte a estar feliz ni de ignorar lo que duele, sino de elegir a qué le vas a prestar atención. Si le das de comer al miedo, te congelás. Si le das de comer a la fe, avanzás.

Creer no es una ilusión ingenua ni la ausencia de incertidumbre; es la decisión consciente de descansar en que hay un propósito más grande guiando tus pasos. Cuando abrís espacio a la fe, le abrís la puerta a Dios para que sostenga lo que tus propias fuerzas ya no pueden cargar. Dios no siempre cambia el clima de inme­diato, pero sí te da la templanza necesaria para atravesar la tormenta sin romperte. Confiar implica entender que aun en tus días más oscuros, no estás caminando a ciegas ni en soledad.

En la vida, como en la naturaleza, todo tiene su tiempo bajo el cielo, tiempo de plantar, tiempo de esperar y tiempo de cosechar. Para acompañar ese proceso y fortalecer tu fe, empezá cada mañana con un “gracias, Dios”. Que la gratitud sea lo primero que te ordene por dentro y te traiga paz en la espera.

La primavera no borra lo que dejaste en la helada, lo supera. Empezar una nueva etapa exige soltar y animarte a construir de nuevo. Si estás acá y res­pirás, tenés todo lo necesario para vol­ver a empezar.

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