• Por Aníbal Saucedo Rodas.

Investigar y desnudar públicamente las debilidades y vicios del adversario es una práctica tan vieja como la política misma. Pero, del escenario reducido a unos cientos de parroquianos, se pasó a una audiencia global mediante la televisión, que se había convertido en el tótem al que las familias rendían sus tributos de horas. Hasta se llegó a la conclusión de que un debate podía definir elecciones desde aquel lejano 26 de setiembre de 1960, en que se enfrentaron John F. Kennedy y Richard Nixon, con una audiencia estimada entre 66 y 77 millones de espectadores. Hubo otros antecedentes, pero sin la presencia de los candidatos a la Casa Blanca, sino sus representantes.

Los estudiosos del comportamiento humano ante un cruce dialéctico descubrieron que –más allá de los argumentos– también importaban la presencia física, los gestos, la seguridad y el control emocional. Los golpes, aunque no sean tan bajos, siempre procuraron desarticular la imagen del otro, enfocándose en un pasado desprolijo y poco claro. Con los años, los ataques agresivos –además de las respuestas a preguntas específicas– se filtraban con intensidad, al punto tal que los temas trascendentales perdieron fuerza ante la avalancha de descalificaciones que trataban de sumergirse en la conciencia del electorado, induciendo o modificando su decisión inicial.

En nuestra incipiente democracia, a la que nos cuesta acomodarnos en la plenitud que reclama su vigencia sin restricciones, los debates fueron una novedad después de la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner. La primera que recuerdo fue entre Luis María Argaña y Juan Carlos Wasmosy, dentro de las internas de la Asociación Nacional Republicana. Me refiero a protagonistas que aspiraban a la jefatura del Estado. Hubo artillería pesada que tuvo un final que marcó todo el encuentro, con una conocida sentencia de fábula: “Quien no te conozca que te compre”, de Argaña a Wasmosy. Es lo único que la gente recuerda hasta hoy. Después, lo que debería constituir un intercambio de oratoria de alto nivel intelectual y una exposición lúcida de propuestas y plataforma de gobierno se degradó a un pugilato verbal de mala calidad y pobreza conceptual.

Los medios de comunicación no permanecieron inmunes a este virus que infectó gravemente nuestra democracia. Tienen derecho a tomar partido y, de hecho, así lo hacen las grandes cadenas de los Estados Unidos de América. Sin embargo, lo cuestionable es que contaminan la información con opiniones sin una línea rectora que identifique la diferencia. La pérdida del norte ético se fue pervirtiendo aun más cuando, desde una óptica maniqueísta, se repartieron infamias e injurias, por un lado, y se distribuyeron indulgencias, por el otro. Así empezaron las campañas sucias en el periodismo. Las pruebas de cuanto decimos son fácilmente verificables en los archivos de los diarios. O, mismo, revisando las grabaciones de aquella época en las plataformas digitales.

Las campañas sucias son repudiables, tanto las promovidas desde los gobiernos como desde los medios de comunicación privados. Las críticas no pueden ladearse hacia un solo sector. Las que son orquestadas desde el Estado merecen una condena más severa porque se supone que son financiadas con dinero público. Pero no dejan de ser igualmente censurables las noticias fabricadas con insumos falsos para desprestigiar al enemigo. Quienes sacrifican la verdad por intereses subalternos a la ética periodística –lo sigo diciendo desde hace tiempo– mienten sabiendo que mienten. Ambas situaciones son absolutamente indefendibles.

Soy partidario de los ejemplos para una mejor comprensión lectora. Después del atentado en que murió el doctor Luis María Argaña, entonces vicepresidente de la República, una corporación mediática, en su afán de restar toda responsabilidad a Lino César Oviedo, desplegó una de las campañas más sucias y miserables en la historia del periodismo nacional: atacó con extrema saña la memoria del asesinado, llegando, incluso, a la temeraria afirmación de que Argaña ya estaba muerto cuando se produjo el ataque. Es decir, que alzaron un cadáver en la camioneta para simular un asalto comando, en complicidad con sus familiares y entorno político. El gobierno de entonces también cayó en reprobables procedimientos, sobre todo, en la fabricación de testigos falsos. La confesión de uno de los sicarios, coincidiendo lugares y fechas, fue deliberadamente sepultada por estos medios de comunicación.

En las campañas sucias, gobiernos y medios, por igual, pierden su mejor capital: respeto y credibilidad. Buen provecho.

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