• Jorge Torres Romero

Hay una especie de comunicador que ha convertido la negatividad en profesión. No informa para ayudar a comprender la realidad: necesita que todo esté mal. Necesita el escándalo, la indignación permanente y la desgracia cotidiana porque de eso vive.

Son los profetas del odio. Los carroñeros con micrófono.

Cada mañana buscan un cadáver político que picotear, un fracaso que celebrar, una polémica que inflar. Si algo funciona, lo minimizan. Si alguien progresa, sospechan. Si aparece una buena noticia, encuentran rápidamente la manera de transformarla en algo malo.

Pareciera que el éxito ajeno les resulta insoportable.

Hay mucho resentimiento disfrazado de periodismo. Una frustración permanente proyectada sobre los demás. Como no pudieron construir aquello que critican, encontraron una profesión más cómoda: destruir desde un micrófono lo que otros intentan construir.

Y después aparece el argumento supuestamente irrefutable: “Tenemos rating”.

¿Y qué?

El rating mide cuánta gente escucha o mira un programa. No mide credibilidad. Mucho menos liderazgo.

Uno puede conseguir audiencia con un choque en la ruta, una pelea callejera o un escándalo. Eso no convierte al accidente, a la pelea ni al escándalo en referentes de la sociedad.

Estos comunicadores llevan años intentando instalar candidatos, destruir adversarios, fabricar indignaciones y direccionar el humor social. Se convencieron de que porque hablan durante horas frente a un micrófono también pueden decirle a la gente qué pensar y, finalmente, cómo votar.

Pero una y otra vez chocan contra la misma pared: la realidad. La gente escucha, compara y después decide.

Pueden repetir cien veces que todo está destruido. Pueden convertir cualquier problema en una catástrofe nacional. Pueden burlarse del país, ridiculizar al paraguayo y pronosticar el apocalipsis de lunes a viernes.

Pero llega el día de las elecciones y el ciudadano entra solo al cuarto oscuro.

Ahí no entra el conductor de radio. No entra el editorialista. No entra el dueño del medio. Entra el ciudadano con su propia experiencia.

Durante demasiado tiempo una parte del periodismo creyó que tener un micrófono equivalía a tener poder político. Confundieron audiencia con obediencia, popularidad con credibilidad y exposición con liderazgo.

Las redes sociales rompieron el monopolio de la interpretación. El ciudadano tiene muchas más fuentes, escucha versiones diferentes y, sobre todo, contrasta el relato periodístico con su propia vida.

Por eso pueden tener rating y, al mismo tiempo, no imponer agenda. Pueden ser escuchados y no ser creídos. Pueden hacer ruido y no generar votos.

Ese debe ser uno de los golpes más difíciles para quienes durante años se sintieron grandes electores de la República: descubrir que el pueblo al que pretendían conducir ya no pide permiso para pensar. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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