- POR EL DR. JOSÉ DUARTE PENAYO
- Filósofo. Presidente de la ANEAES
La palabra aura, que hoy satura las redes sociales, tiene, como casi todas las cosas, una historia. Ella procede del latín “aura”, y este del griego “αὔρα”: brisa, soplo, aire ligero. Los romanos hablaban del “aura popularis”, el favor voluble de la multitud, viento que empuja y que abandona. Podemos notar sin mucha dificultad una continuidad entre la brisa física y la brisa metafórica, más precisamente a aquello que parece emanar de ciertas personas, lugares u objetos -presencia, misterio, santidad, prestigio, tópicos que el siglo XX heredó como una categoría estética.
Con el advenimiento de la modernidad, la realidad pareció volverse plenamente calculable y, por lo tanto, el misterio perdió terreno frente a una razón instrumental. Es el proceso que Max Weber denominó “desencantamiento del mundo”, es decir, un mundo desprovisto de entidades mágicas, vuelto plenamente calculable. Sin embargo, las personas cautivantes, que parecen tener cualidades “extra-ordinarias” siguieron existiendo. Weber reservó el concepto de carisma para designar ese “nosequé” que permite a ciertos individuos distinguirse de lo previsible, de la voz rutinaria.
Ese “algo” inexplicable que vuelve único e irrepetible a un líder, a un santo o a un héroe, era lo opuesto a lo fabricable, ya que el aura pertenece a lo singular, a aquello cuya presencia no podía trasladarse intacta a una copia. La sociedad de masas que emerge desde fines del siglo XIX y la denominada era de la reproducción técnica fue rompiendo esa distancia entre lo original y lo replicable. Tomando como ejemplos a la fotografía y al cine, en la primera mitad del siglo XX, Walter Benjamin describió, por eso, la decadencia del aura en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
Benjamin veía posibilidades revolucionarias en esa pérdida, porque la reproducción acercaba lo distante, ampliaba el acceso y permitía soñar con “la politización del arte” contra “la estetización de la política”.
Era la esperanza progresista en un mundo que podemos llamar post-áurico, menos original, menos misterioso, con más posibilidades de subversión del mito de la originalidad. El filósofo alemán pensaba en las potencialidades de la fotografía y del cine, en una época ajena al devenir contemporáneo de la técnica, del smartphone como prótesis adherida a nuestro propio cuerpo, sin mencionar todas las implicancias de la IA.
Y es precisamente en nuestro presente donde la palabra aura, cuya muerte se había anunciado, regresa no tanto como farsa, sino como síntoma quizás del vacío espiritual de la época, así como la verdadera expresión de los sueños del arte vanguardista del siglo pasado. “Farmear”, el término de moda, viene de los videojuegos, supone repetir acciones para acumular experiencia, recursos o puntos. El “aura farming” aplica esa lógica a una cualidad que, en su sentido clásico, era “infarmeable”, por su carácter único e irrepetible, su misterio y su fulgor sagrado.
Sin embargo, el aura en su nueva acepción reaparece como un activo virtual hecho calle, democratizada de forma herética y disponible para quien aprenda los códigos del gamer, del consumidor compulsivo de shorts, del “scrolleador” insaciable. El misterio se vuelve, entonces, objeto de entrenamiento y “farmear aura” consiste en producir, mediante la imitación, aquello cuyo encanto consistía en no poder replicarse. El mundo posáurico, postradicional, conserva la palabra “aura”, aunque en forma masificada, reproducible y sometida a una contabilidad cómica. Lejos de restaurar el aura antigua, la broma en realidad muestra qué queda de ella cuando la singularidad debe sobrevivir dentro de la era de la reproducción masiva de todo lo existente.
Entonces aparece el sentir nostálgico habitual: “nuestra infancia era auténtica”, “nuestros juegos eran mejores”, “nuestras payasadas eran sanas”. Son adultos que comparan sus mejores recuerdos con treinta segundos de diversión de una adolescencia cuyos códigos sociales desconocen. Nada como la gratificación moral de las generaciones pasadas y su lamentación por la decadencia, responsabilizando a las redes sociales por el “apocalipsis cultural”, como si la era de reproducción masiva y la imitación hubieran comenzado anteayer.
Hay además una ironía para cierta tradición artística del siglo XX, la que algunos de los indignados veneran como el tiempo en que el arte era arte de verdad. Las vanguardias soñaron con liberarlo del encierro en la obra: sacarlo del museo, mezclarlo con la vida, ocupar la calle, borrar la frontera entre artista y espectador, sustituir el objeto duradero por el happening, la intervención, la performance que se creía disruptiva.
Marcel Duchamp firmó un inodoro y lo llamó fuente, Piero Manzoni enlató su propio excremento y lo vendió al peso del oro. El “farmeo aurático” está en perfecta continuidad con esos sueños, es más, los realiza de forma aun más radical porque efectúa una manifestación efectiva de lo virtual en la realidad, en el espacio público, en una comunidad de amigos. Es, con la tecnología que le tocó, la vocación lisérgica de desacralizar las cosas, empezando por el arte y fundirlo con la vida, solo que sin el permiso de la galería y sus grandes corredores.