• POR EMILIO AGÜERO ESGAIB
  • Pastor

Esta historia tan conocida aún por los que no están familiarizados con la Biblia es mucho más que solo una historia de caridad y empa­tía hacia el sufrimiento del prójimo. Esconde verdades mucho más profundas de las que podemos imaginar y la podemos encontrar en el libro de Lucas 10:25-37.

Lo que Jesús está haciendo acá no es enseñar sobre solidari­dad y empatía, sino sobre salva­ción. De hecho, todas las pará­bolas, como unas 40, hablan de alguna u otra manera de la salvación de nuestras almas.

La parábola nos habla de un experto en leyes que se acerca a Jesús para hacerle una pre­gunta capciosa. O sea, su motivo no era sincero, no que­ría aprender. Lo que quería era dejar a Jesús mal parado ante las autoridades y así poder condenarlo.

Este hombre quería encon­trar una sola palabra que sea suficiente para conde­nar a Jesús, no quería apren­der de él nada, solo buscar su muerte y le hace la pre­gunta más importante que se pueda. ¿Cómo heredaré la vida eterna? Si creemos en Dios, somos concientes del pecado y la condenación, esta es la pregunta más impor­tante que podemos hacernos. ¿Cómo obtendremos la vida eterna? Esta es una pregunta realmente importante, todas las demás preguntas quedan por debajo de esta. ¿Cómo ser feliz en este mundo?, ¿cómo ser próspero?, ¿cómo disfru­tar más de la vida?, ¿cómo ser sano? Todas estas preguntas no tienen sentido si no tene­mos la redención eterna. Jesús dijo “¿de qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”. Por lo tanto, esta pregunta es sumamente importante.

Podríamos parafrasear esta pregunta de la siguiente manera: ¿cuál es el camino hacia una relación correcta con Dios que garantice que viviré para siempre en su pre­sencia?

Esta fue la pregunta correcta a la persona correcta, pero en este caso con la actitud equi­vocada.

Jesús le pregunta: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lo lees?

Él le lleva a su terreno, él era intérprete de la ley, le lleva al Antiguo Testamento.

El abogado responde: “Ama­rás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente, y a tu pró­jimo como a ti mismo”. La pri­mera mitad de los 10 Manda­mientos trata de cómo amar a Dios y la segunda mitad de cómo amar a nuestro pró­jimo. Estos dos mandamien­tos resumen la ley moral de Dios. No se trata de amar a Dios a mi manera o como yo quiero, sino amándolo como él manda en su Palabra y amando a nuestro prójimo como él manda en su Palabra. No son cuestiones subjetivas, sino eternas y divinas.

Jesús le respondió: “Haz esto y vivirás, cumple la ley si pue­des y si lo haces serás salvo”. Pero sabemos que nadie se salva por obras. Entonces, ¿por qué Jesús no dice sen­cillamente “cree en mí y sígueme”?

Porque Jesús quería desnudar las intenciones de su corazón, quería mostrarle su pecado e hipocresía. De hecho, no hay buenas noticias si primero no aceptamos las malas. Recién una noticia es buena si somos concientes de que la noticia mala es verdad. Jesús quería mostrarle su corazón torcido. En efecto, eso nos dice el ver­sículo 29: “Pero, él (el intér­prete de la ley) queriendo justificarse a sí mismo”. Ahí está, él quería convencerse a sí mismo de que era buena persona, cumplidor de la ley, pero no era así, era un hipó­crita que se creía bueno y justo siendo malo.

A este intérprete de la ley no le interesaba en absoluto saber su verdadera condición ante Dios, pues ya daba por hecho que, en su propia opi­nión, él era bueno para con Dios. Pero nadie es bueno delante de Dios, todos nece­sitamos a Jesucristo. Cree­mos que nos merecemos la salvación, pero justamente eso es lo que nos condena, no depender de la gracia de Dios y el sacrificio de Cristo. Jesús murió por nuestros pecados y todo aquel que en él cree no se perderá, sino tendrá vida eterna (Juan 3:16-21).

Etiquetas: #buen samaritano

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