• POR ANÍBAL SAUCEDO RODAS

El presidente de la República ha uti­lizado constantemente el fútbol –como figura de comparación o metá­fora– para evaluar su gestión. Hablaba –y habla– con insistencia sobre el “segundo tiempo” de su gobierno, argumentando que se trata de un periodo que exige “cuali­dades y actitudes diferentes”. Fue después de la renuncia del ministro de Economía y Finanzas, Carlos Fernández Valdovinos. La cualidad define a las personas con indi­cadores como la honestidad y la empatía; la actitud es una disposición mental, pero que no siempre se traduce en acción. Por eso es diferente a la aptitud que podemos definir sencillamente como el saber hacer. Para ser más claro aún: debe ser competente para ejercer un cargo. Si el jefe de Estado utilizó esos términos en aquel momento es porque –al menos así pensó la mayoría de la socie­dad– iba a convocar a otros jugadores para el periodo complementario. Jugadores que marcaran esa diferencia. En algunos casos, en el ámbito del balompié, las sustitucio­nes se realizan por cansancio. El vicepresi­dente de la República, en esa misma fecha, 6 de abril de este año, afirmó: “Yo le di cua­tro nombres (al mandatario) que (a su crite­rio) tenían que irse”. Mucho antes, el 18 de febrero, el señor Pedro Alliana declaró que, si él tuviera la lapicera, “la mitad del Gabinete estaría afuera”. Sin embargo, finalmente, los cambios no se dieron. Me niego a pensar que el presidente y el vicepresidente estaban representando el papel del policía bueno y el policía malo.

Incursionando en el terreno del fútbol, el partido dura 90 minutos. En nuestro país, el periodo constitucional de gobierno es de cinco años. Aplicando las reglas de la divi­sión, cada año equivale a dieciocho minu­tos. Por lógica consecuencia, a los tres años estamos en el minuto 54. Es decir, ya pasa­ron nueve minutos del segundo tiempo y el gabinete del presidente parece inamovible. La opinión ciudadana –la que se construye en las calles, no la que se pretende impo­ner desde los medios de comunicación– ha dado baja calificación a muchos jugadores y jugadoras. Es la percepción que se trans­forma en reclamos en el simple contacto con la gente. Son lagunas muy ostensibles, que se verifican con la simple observación, y las que, incluso, fueron criticadas por el mayor soporte que tiene Peña: el actual presidente de la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana, Horacio Cartes. Y, como en todas las administraciones ante­riores, la actual no es la excepción, tiene una delantera con pata de palo: la estrate­gia comunicacional de Gobierno.

Recuerdo durante la última década de la dic­tadura de Alfredo Stroessner, cada 15 agosto parte de la opinión mediática y un amplio sec­tor de la sociedad se ilusionaban con el cam­bio de los ministros más resistidos y hasta odiados, pensando que podrían ser reempla­zados por personas que pudieran “suavizar” ese régimen de represiones. Pero el déspota se divertía manteniéndolos en sus cargos. Algunos eran intelectuales que habían subas­tado su conciencia a cambio de privilegios y otros eran absolutamente incompetentes para desempeñar sus funciones en minis­terios clave. Y estaban los manifiestamente brutos cuyos actos eran el reflejo de su per­sonalidad: aplicaban la violencia sin un ápice de remordimiento. Hasta que se cumplió la profecía de un diputado ferviente militante del régimen: “A balazos subimos al poder y solamente a balazos bajaremos”. En una democracia deberían primar la idoneidad, el sentido común y la autocrítica.

Quienes entienden de economía aseguran que los números macro son óptimos. Hace días, el Ministerio de Economía y Finan­zas aseguró que el crecimiento de nuestro país al cierre del año 2026 estará entre 4,2 % y 4,5 %. Sin embargo, esos indicadores no tienen fuerza real a la hora de adquirir los productos de la canasta familiar coti­diana. La realidad se vive en el mercado. Y al Gobierno ya solo le quedan 36 minutos del segundo tiempo. El próximo mandata­rio debería aplicar la “metáfora del árbol” de la presidenta mexicana, Claudia Shein­baum. Sin ignorar a sus agresivos detracto­res, su gestión tiene un alto índice de apro­bación ciudadana. No cree en la teoría del derrame económico, del goteo desde arriba hacia los sectores más vulnerables, los his­tóricamente postergados. Con un princi­pio sostenido sobre “primero, los pobres”, razona que para que el árbol crezca fuerte debe regarse desde la raíz y no desde las hojas. Transferir experiencias positivas que beneficien a la población sin recursos nunca será vergonzoso. Peores son las recetas de los organismos internacionales de marcada tendencia neoliberal. Buen provecho.

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