• Por Jorge Torres Romero

Hay una forma de hacer periodismo que parece haberse quedado atrapada en el resentimiento. Un periodismo que necesita que al Paraguay le vaya mal para justificar su propio discurso.

La semana pasada, un grupo de periodistas de un programa mañanero volvió a exhibir esa vieja receta: mirar siempre lo negro, buscar lo podrido, burlarse de nuestra idiosincrasia y convertir cualquier noticia en una oportunidad para transmitir frustración y negatividad.

Se presentan como patriotas, pero cuesta encontrar patriotismo en quienes parecen incapaces de reconocer una sola cosa positiva de su país.

Todo está mal. Todo es sospechoso. Todo es corrupción, fracaso o desastre. Y si aparece un dato positivo, simplemente no interesa.

Ese periodismo durante mucho tiempo pretendió instalar gobiernos, derribar figuras y hasta orientar el voto de la ciudadanía. Algunos medios y comunicadores hicieron campaña prácticamente abierta por determinados candidatos de la oposición.

¿Y qué ocurrió?

La gente votó exactamente al revés.

Los candidatos colorados siguieron ganando elecciones. Y eso debería obligarlos, por lo menos, a hacerse una pregunta incómoda: ¿cuánto poder de influencia conservan realmente?

Porque quizás el problema ya no sea el político al que critican. Quizás el problema sea que la sociedad se cansó del periodismo de la mala vibra.

El paraguayo quiere progresar. Quiere oportunidades. Quiere saber dónde estamos mejorando y dónde todavía debemos mejorar. Quiere información, por supuesto. Quiere denuncias cuando correspondan. Pero también quiere perspectivas, soluciones y esperanza.

Fiscalizar al poder es periodismo. Convertir el pesimismo en una línea editorial permanente es otra cosa.

Un ejemplo ocurrió hace exactamente una semana.

Realizamos una entrevista de una hora y media con el presidente Santiago Peña. Posteriormente, algunos de estos comunicadores cuestionaron que supuestamente el presidente “no dejó títulos”.

¿No dejó títulos?

Durante noventa minutos habló de pobreza, adultos mayores, economía, posicionamiento internacional del Paraguay, energía, IPS, déficit fiscal, inversiones y resultados de su administración. Expuso números, estadísticas y argumentos para defender su gestión.

Pero sostener que no hubo nada simplemente porque el presidente no protagonizó un escándalo, no insultó a nadie o no pronunció una frase destinada a convertirse en un reel de treinta segundos demuestra hasta qué punto cierta parte del periodismo confundió información con espectáculo.

Porque necesitan visualizaciones, repercusión, polémica y ruido para alimentar un ecosistema donde muchas veces el ego del periodista termina siendo más importante que la información.

Y cuando un presidente habla durante una hora y media de gestión, estadísticas y políticas públicas, algunos no saben qué hacer con eso.

Necesitan sangre. Necesitan pelea. Necesitan escándalo. Necesitan que todo esté mal. Eso no es periodismo crítico. Es periodismo mediocre.

Y quizás algunos todavía no entendieron el mensaje. La gente no está cansada del periodismo crítico. Está cansada del periodismo resentido.

Del comunicador que se levanta todos los días dispuesto a demostrar que Paraguay es un desastre. Del que se burla del paraguayo mientras dice defenderlo. Del que celebra una mala noticia y sospecha de una buena.

Ese periodismo no construye. No inspira.

Simplemente intoxica.

Y una sociedad que quiere avanzar tiene todo el derecho de cambiar de dial, apagar la televisión, dejar de seguirlos y condenarlos a lo que más teme cualquier periodista: la irrelevancia. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

Etiquetas: #El periodismo

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