- Por Juan Carlos Dos Santos G.
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América Latina completa un nuevo giro hacia la derecha. Desde el ascenso de Bukele en 2019 hasta las victorias de Kast en Chile, Paz en Bolivia, Asfura en Honduras y, más recientemente, Abelardo de la Espriella en Colombia, la derecha ya se impuso en doce de las últimas quince elecciones presidenciales de la región. El fenómeno no responde a una moda ideológica pasajera, sino a un voto de castigo consolidado contra oficialismos –mayoritariamente progresistas– que no lograron resultados en las tres áreas que más pesan en la vida cotidiana: economía, seguridad y política exterior.
En lo económico, buena parte de los gobiernos de izquierda de la última década apostó por un Estado expansivo, subsidios crecientes y controles de precios y cambiarios que terminaron erosionando la inversión y disparando la inflación. Argentina bajo el kirchnerismo, Ecuador con Correa o la Bolivia del MAS son ejemplos de administraciones que dejaron economías más frágiles que las que recibieron. El caso contrario, el ajuste liberal de Milei, que logró contener del todo a la inflación, ha sido leído por buena parte del electorado regional como prueba de que la ortodoxia fiscal, pese a su costo social inicial, ofrece resultados más sostenibles que el populismo distribucionista.
En seguridad, el fracaso es todavía más visible. Colombia bajo Gustavo Petro y México con la herencia de la “abrazos no balazos” de López Obrador muestran cómo la reticencia a la mano dura frente al crimen organizado alimentó la desconfianza ciudadana. El contraste con El Salvador, donde el modelo de Bukele redujo drásticamente los homicidios, se convirtió en referencia para electorados hastiados de la inseguridad, incluso a costa de debates sobre derechos humanos y concentración de poder.
El tercer frente es el vínculo con Washington. Gobiernos como el de Petro en Colombia o el chavismo en Venezuela optaron por una confrontación retórica con Estados Unidos –acusaciones cruzadas sobre narcotráfico incluidas– que aisló a sus países en momentos donde la cooperación comercial y de seguridad resultaba decisiva. La administración Trump, además, ha dejado claro su interés en que la región no quede en manos de gobiernos afines al chavismo o al petrismo, lo que añadió presión externa a la ya existente fatiga interna.
Quedan, sin embargo, izquierdas democráticas que resisten el ciclo: Lula en Brasil, Sheinbaum en México y Orsi en Uruguay, con matices y críticas, sostienen marcos institucionales abiertos. Brasil, con elecciones en octubre, será la gran prueba: si Lula logra la reelección, la narrativa de un giro derechista uniforme podría perder fuerza. Lo que sí parece claro es que el elector latinoamericano ya no vota tanto por identidad ideológica como por gestión: castiga a quien no ordena la economía, no controla la violencia y no sabe dialogar con Washington, venga de donde venga.