• Por Mônica R. de Carvalho

Hace más de cien años, la econo­mista Katharine Coman publicó un artículo en la American Economic Review (1911), en el que abordaba la “tragedia de los comunes”, un concepto discutido repetidamente a lo largo de la historia desde Malthus. Transcu­rrido tanto tiempo, el pro­blema y la controversia planteados siguen siendo no solo actuales, sino cada vez más complejos. Cuando Coman escribió su artículo, reflexionaba aún sobre los problemas de irrigación de tierras y sobre cómo resol­ver la cuestión de los bie­nes “comunes”: aquellos cuyo uso por parte de una persona impide el uso por parte de otra (bienes riva­les), pero que, al mismo tiempo, son de acceso abierto y están disponi­bles para todos (bienes no excluyentes).

Incertidumbre, dispersión espacial y temporal, larga duración. ¿Cuántos proble­mas de la actualidad se pre­sentan de esta manera? En particular, podemos pensar en los problemas ambien­tales. Las cuestiones de acceso abierto están asocia­das a preocupaciones cre­cientes relacionadas con la calidad del aire y del agua, los residuos peligrosos, la extinción de especies, la preservación del ozono estratosférico y la estabili­dad del clima global frente a la acumulación constante de gases de efecto inverna­dero. Sin embargo, lo más interesante es que, a pesar de los grandes avances en los estudios económicos a lo largo del último siglo, los instrumentos para el desa­rrollo de políticas econó­micas destinadas a con­tribuir a la resolución de estos problemas son, en cierta medida, antiguos. Hablamos, por ejemplo, de impuestos sobre las emisio­nes de carbono o de merca­dos en los que se negocie el derecho a contaminar.

¿Pero realmente fun­cionan? Durante mucho tiempo, la respuesta fue más teórica que empírica. En 2024, un grupo lide­rado por Jan Minx publicó en Nature Communica­tions el artículo Systema­tic Review and Meta-Analy­sis of Ex-Post Evaluations on the Effectiveness of Car­bon Pricing, que analizó 483 estimaciones extraí­das de 80 evaluaciones realizadas sobre 21 siste­mas de fijación de precios del carbono en funciona­miento en distintas partes del mundo. El veredicto es alentador y modesto al mismo tiempo: en al menos 17 de estos casos, la intro­ducción de un precio al car­bono produjo reducciones inmediatas y significativas de las emisiones, de entre el 5 % y el 21 %, alrededor del 10 % en promedio, o cerca del 7 % cuando se corrige el sesgo de publicación típico de esta literatura. Y ello a pesar de que los precios aplicados son, casi siempre, demasiado bajos en com­paración con lo que reco­mienda la ciencia climá­tica. Es decir, la intuición centenaria de que es posi­ble disciplinar el uso de un bien común simplemente cobrando por él resiste la prueba de los hechos y de los datos. El problema no parece residir en el instru­mento, sino en la intensidad con que se aplica, así como en la reticencia política a hacerlo.

En el artículo Global Eco­nomic Exposure to Climate Change Amplified by Spa­tially Compounding Cli­mate Extremes (BIESS, B.; GUDMUNDSSON, L.; SENEVIRATNE, S. I., Nature Communications, marzo de 2026), investigadores del Instituto Federal de Tecnología de Zúrich muestran que el riesgo cli­mático ha dejado de ser un problema local. Cruzando proyecciones de modelos climáticos con datos del PIB distribuidos a escala global, miden no las pérdi­das ya contabilizadas, sino la riqueza expuesta a olas de calor, lluvias extremas, sequías y escasez de agua y, sobre todo, la probabili­dad de que varios lugares sean afectados simultánea­mente.

La conclusión es inquie­tante: las regiones de meno­res ingresos son precisa­mente las más propensas a enfrentar fenómenos extre­mos simultáneos junto con otras partes del mundo, lo que reduce las posibilidades de ayuda externa y ampli­fica la inestabilidad econó­mica. Se trata de la “trage­dia de los comunes” en su versión contemporánea: el gas emitido en un patio trasero presenta la factura en otro, y el seguro natu­ral contra las pérdidas, la diversificación geográfica del riesgo, se desvanece pre­cisamente cuando más se necesita. Después de más de cien años, las solucio­nes siguen siendo conoci­das: impuestos, mercados de cuotas y regulación. Lo que ha cambiado es el costo de seguir postergándolas. Bajo un cielo sin fronteras, el patio es de todos noso­tros.

Texto elaborado por Mônica R. de Carvalho, Core Faculty y profesora asociada de la Fundación Dom Cabral, donde actúa en las áreas de Finanzas y Gobierno Cor­porativo. Mônica es econo­mista y doctora en Estudios Globales por la Sophia Uni­versity (Japón).

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