- Por Aníbal Saucedo Rodas
De los liderazgos que llamamos fuertes, porque movilizan a la gente y ganan elecciones, hasta ahora, solo tres pudieron sostenerse sin el espejismo del poder. Digo espejismo porque algunas jefaturas políticas solo duraban el tiempo que estuvieron en algún cargo de jerarquía. Una vez perdida su condición de gobernantes, también, desaparecieron su falso prestigio y la ilusión de su popularidad. Se engañaron con una lealtad hipócrita que únicamente estaba sujeta a los cargos. Dos de aquellos hombres ni siquiera llegaron a la primera magistratura de la Nación: Luis María Argaña y Lino César Oviedo. En cuanto al primero, el Movimiento de Reconciliación Colorada fue un referente ideológico y ético dentro de la Asociación Nacional Republicana (ANR). Después de una larga agonía de continuas usurpaciones, rescató de entre arrinconados y amarillentos papeles los cimientos doctrinarios del coloradismo, principalmente, en lo económico y social. Argaña recorrió nuevamente la vieja línea de los intelectuales que construyeron los lineamientos esenciales del Programa/Manifiesto del 11 de setiembre de 1887. El tercero de la lista es, indudablemente, Horacio Cartes. Es una realidad irrefutable por los números y resultados, más allá de los repetidos cuestionamientos de sus críticos.
Argaña reivindicó el concepto de la justicia social y ubicó al partido en el centro de la izquierda. De ahí nace la frase vital que devuelve a esa asociación política el eje de su acción: “La redención política no tiene relevancia si no se emancipa al hombre de la miseria”. Es el rayo que destruye el enmohecido trajinar del centenario partido para reencontrarse con los ideales de su fundador, el general Bernardino Caballero, héroe sobreviviente de la Guerra Grande: “La libertad no fructifica en medio de la miseria y del atraso”. El Estado aparece nuevamente como la herramienta insustituible para “allanar el camino y hacer más fácil la evolución” (Blas Garay). Pensamiento que es perfeccionado por J. Natalicio González: “La objetivación más trascendente y elevada de la solidaridad social es el Estado, creado por la voluntad del pueblo, a fin de aplicar un sistema de normas coactivas contra toda índole de opresiones, y crear el ambiente adecuado para el desenvolvimiento de los valores ideales de la cultura” (El Estado servidor del hombre libre, México, 14 de mayo de 1960). En el Argaña del proceso democrático se reencarna la razón vital que dio nacimiento al Partido Nacional Republicano. Una razón que fue reemplazada por el personalismo arrogante y mediocre que representó la dictadura del general Alfredo Stroessner durante 35 años.
En el otro extremo, con un discurso de barricada, con cierto aire populista, se ubicaba Lino César Oviedo, un exmilitar autoritario que gana las internas de la Asociación Nacional Republicana en setiembre de 1997 (precisamente a Luis María Argaña), quien luego es condenado por la Justicia por el intento de golpe en abril de 1996. Posteriormente, en marzo de 2002 funda la Unión Nacional de Ciudadanos Éticos (Unace), escindiéndose definitivamente del Partido Colorado.
Y, por último, el que logró sostener un equipo político y su poderío electoral fuera de la estructura del Estado es el actual presidente de la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana, Horacio Cartes, quien, al mismo tiempo, lidera el Movimiento Honor Colorado, fundado en noviembre de 2010. Mantiene una vigencia inalterable de dieciséis años. Cierto es que en diciembre de 2017 su candidato, Santiago Peña, perdió las internas frente a Mario Abdo Benítez, quien, a la postre, sería el sucesor de Cartes en el Palacio de López. Cinco años después, insiste con Peña y lo convierte en mandatario, cuyo periodo concluirá el 15 de agosto de 2028. Muchos de sus enemigos dieron por acabada la vida política de Cartes cuando dejó el Poder Ejecutivo. Hasta le recomendaron que vuelva a la dirigencia deportiva. Sin embargo, desde el llano siguió cosechando grandes victorias electorales. Y, ahora, está ahí, con otro postulante para el 2028: el actual vicepresidente de la República, Pedro Alliana. Y con mayoría de candidatos suyos dentro del coloradismo para las municipales del próximo 4 de octubre. Otros expresidentes –hay que decirlo– intentaron construir su propio movimiento estando en el gobierno. Lo hizo Juan Carlos Wasmosy, lo hizo Nicanor Duarte Frutos, pero rápidamente desaparecieron de la escena popular sin la cobija del poder. Y no fue, aclaremos, por falta de recursos. Wasmosy accedió al poder ya millonario y con Duarte Frutos ocurrió al revés. Hoy, a duras penas, Mario Abdo Benítez trata de remendar su muy disminuida fuerza electoral.
Ahora hay que incorporar la otra faceta de estos liderazgos: todos están ligados a proyectos partidarios. Esa presencia física es determinante para su sostenibilidad en el tiempo. Pasó con Reconciliación Colorada y, también, con Unace. Y, estoy convencido, Honor Colorado tendrá ese mismo destino cuando su actual cabeza decida retirarse del escenario político. Por de pronto, la influencia de Cartes dentro del Partido Colorado es indiscutible. La mejor muestra es que hizo triunfar a un candidato prácticamente desconocido en las bases, como Camilo Pérez, para pugnar por la Intendencia de la Ciudad de Asunción. Es un hecho irrefutable que debe incluirse cuando se teje el análisis sobre su liderazgo. No hay que olvidar que sus propios detractores habían afirmado que para ganar elecciones solo el dinero no es suficiente. Buen provecho.