La reciente crisis en el enclave español de Ceuta –con más de 60.000 personas cruzando en apenas 24 horas a nado o sorteando los perímetros fronterizos– puso de manifiesto un grave desafío de seguridad, soberanía y gestión en la frontera sur de la Unión Europea. Sin embargo, lo más llamativo no fue solo la magnitud del hecho, sino la velocidad con la que un sector determinado activó un mecanismo previsible de distorsión discursiva. En cuestión de horas, activistas, políticos y comentaristas –amplificados por bots y cuentas automatizadas– instalaron una narrativa tan forzada como absurda: responsabilizar de lo ocurrido en el norte de África a Estados Unidos y a Israel, llegando incluso a mezclar el conflicto de Medio Oriente con una crisis migratoria bilateral entre España y Marruecos. Algunos actores políticos y mediáticos llegaron incluso al ridículo al mencionar al mandatario argentino, Javier Milei, y al presidente del partido español, VOX, que aunque rivaliza con Pedro Sánchez, es la cabeza visible de una línea antimigratoria en su país.

Este ejercicio de contorsionismo argumental no es un fenómeno aislado, sino la repetición de un patrón operativo ya conocido. Es el mismo reflejo automático que presenciamos tras los atroces ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023: ante una masacre fundamentalista, la urgencia de estas terminales intelectuales nunca fue la condena inequívoca de la barbarie, sino la búsqueda de coartadas para diluir culpas y señalar a Occidente como el mal absoluto. Para este relato de trinchera ideológica, cualquier acontecimiento global –por local, técnico o migratorio que sea– sirve para reciclar una misma narrativa, usada hasta el desgaste.

Lo verdaderamente cínico de esta estructura de pensamiento es su contradicción estructural. Quienes agitan consignas en defensa de los derechos humanos en las plazas, calles y tribunas mediáticas en Europa son, muchas veces, los mismos que blanquean o minimizan el accionar de un régimen teocrático como el de Irán, principal exportador de terrorismo y opresión en Medio Oriente.

Cuando las tragedias humanas en las fronteras son secuestradas por el info-activismo digital para transformarlas en memes contra Washington o Jerusalén –mientras se silencia el rol de las mafias y de los gobiernos que instrumentalizan la migración como presión diplomática–, el periodismo independiente tiene la obligación de desnudar estas imposturas. Desarmar el relato falso no es solo rigor analítico: es un imperativo democrático frente al ruido de la propaganda.

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