- Emilio Agüero Esgaib
- Pastor
En Apocalipsis 3:14-23 encontramos una iglesia, de las siete a las que Jesús habla, con particularidades que nos llaman a reflexionar de manera personal como cristianos.
Jesús la reprende duramente por ser “tibia”. Su contexto histórico revela que esta actitud reflejaba la complacencia, el orgullo y la autosuficiencia económica de la ciudad.
La ciudad de Laodicea, a orillas del río Lico, era célebre en la antigüedad por tres factores económicos clave: ciudad muy próspera con una gran industria textil y contaba con una prestigiosa escuela de medicina y un famoso colirio para los ojos.
Jesús utiliza estas realidades geográficas para ilustrar el estado espiritual de la Iglesia: La Tibieza: A diferencia de las ciudades vecinas de Hierápolis (que tenía aguas termales curativas) y Colosas (que tenía aguas frías y puras), el agua que llegaba a Laodicea a través de un acueducto era tibia y nauseabunda.
Espiritualmente, representaba a creyentes que habían perdido su pasión y compromiso, volviéndose inútiles para el servicio de Dios. El Reproche de la Ceguera: La iglesia afirmaba no tener necesidad de nada, ignorando que espiritualmente estaba “desventurada, miserable, pobre, ciega y desnuda”.
El Remedio Simbólico: Cristo insta a los laodicenses a comprar de Él “oro refinado en fuego” (riqueza espiritual verdadera), “vestiduras blancas” (justicia) y “colirio” para sus ojos (discernimiento espiritual). Fue la única iglesia de las siete de Apocalipsis de la que Jesús no tenía nada bueno que decir.
Una de las cosas más difíciles para nosotros es vernos como realmente somos. Cuando no tenemos la capacidad de vernos a nosotros mismos nos volvemos rápidos para juzgar a otros y lentos para juzgarnos a nosotros mismos.
Somos puntuales y asertivos para juzgar los errores de otros y excusamos y argumentamos para nuestros propios errores. Jesús nos alertó de la tentación que tenemos de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro.
Somos tan profundos en nuestra excusa que un hombre como David, que Dios mismo dijo que era un hombre “conforme a su corazón”, tuvo que pedir a Dios que escudriñe su corazón para ver si en él había camino de iniquidad (Salmo 139:23-24). Lo que David quería es que Dios examine sus pensamientos y motivaciones para revelar cualquier intención incorrecta y guiarlo hacia una vida recta. Si David tuvo que apelar a eso, siendo un hombre de un corazón recto delante de Dios, ¿cuánto más nosotros que no somos como David?
El mismo profeta Jeremías advierte en Jeremías 17:9-10: Aun así nosotros, que ni siquiera conocemos nuestro propio corazón, creemos conocer el de los demás y somos livianos en juzgar. No que no se puede juzgar, si se puede y se debe, si no lo hacemos ¿cómo vamos a separar lo bueno de lo malo, el error del acierto y la verdad de la mentira? Lo que Jesús nos pide en Juan 7:24 es que “no juzguemos según las apariencias, sino juzguemos con justo juicio”.
Somos muy ciegos en ver nuestra propia condición espiritual. No solo no nos conocemos a nosotros mismos, sino que no estamos preparados para oír lo que Dios quiere decirnos y los demás quieren confortarnos.
El apóstol nos dice en el libro de 1 Ti. 3 que una de las características destacadas de las personas de los últimos tiempos es que serán “amadores de sí mismos”. Esto significa que serán personas que no quieren ser confrontadas ni que se les señale sus errores para salirse de ellas porque aman más su EGO que la verdad.
Los de Laodisea habían oído las predicaciones del apóstol Pablo y Timoteo, hombres llenos de santidad, pero aun así eran tibios. El peligro que enfrentamos los creyentes es que pueden haber muchos que llevan años en la Iglesia, escuchan mensajes claros, fuertes, confortativos, pero no terminan de entregarse totalmente al Señor.