• Dr. José Duarte Penayo
  • Filósofo
  • Presidente de la Aneaes

“Dios no existe, pero puede existir un día”, solía decir Quentin Meillassoux en sus clases de filosofía en la Sorbona. Esto, que puede parecer una broma, toca el corazón de una de sus tesis: nada garantiza que algo exista, aunque tampoco hay nada que impida su advenimiento, incluida la divinidad.

En nuestra época, la frase adquiere una resonancia inesperada. Ya no nos limitaríamos a esperar una inteligencia superior, sino que como sostiene de manera provocadora “El nuevo Dios.

La inteligencia artificial y la búsqueda humana del sentido”, de la filósofa y teóloga Claudia Paganini, el ser humano habría creado un dios al atribuir a la inteligencia artificial poderes que durante siglos reservó a la divinidad.

Paganini afirma que nos comportamos como si la IA pudiera saberlo todo, resolver cualquier problema y estar presente en todas partes. Le confiamos trabajos, decisiones privadas, dudas sobre nuestra salud y hasta preguntas sobre el sentido de la vida.

Es en este marco que la autora analiza cómo históricamente actuamos, percibimos y nos relacionamos con lo divino. Si los dioses antiguos podían callar, la máquina, en cambio, debe estar disponible a toda hora y adaptarse a cada usuario.

Es el Dios imaginado por una generación que vive la espera como una falla del servicio y convierte sus deseos en expectativas de cumplimiento inmediato.

La inversión en el orden de las causas tiene una larga historia. La tradición judía imaginó en el “golem” un cuerpo modelado por manos humanas y animado por el Nombre, carente de palabra propia, que termina desbordando a su hacedor. Mary Shelley reescribió esa figura en Frankenstein o el moderno Prometeo.

Feuerbach pensó la proyección de cualidades humanas ante las cuales luego nos inclinamos, y Marx trasladó esa estructura al trabajo alienado, donde el producto se independiza y somete a su productor. La novedad de la IA, su eficacia como objeto de profunda idolatría, reside en que el ídolo ahora conversa y adapta su respuesta a quien lo interroga.

Una respuesta humanista y cristiana necesita reconocer estas relaciones para mostrar con más eficacia el límite del enfoque de Paganini.

En contra del Dios a medida de los nuevos tiempos, la fe auténtica no es un método para obtener prestaciones, sino “la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve”, como dice el libro de Hebreos.

Es habitual que la oración incluya pedidos, pero también gratitud, arrepentimiento, espera y silencio. Sin embargo, la relación con la IA funciona en la dirección contraria, porque el sistema aprende a adaptarse al usuario y a ofrecerle una respuesta cada vez más ajustada a sus preferencias, en el tiempo de la instantaneidad.

El creyente no pierde la fe ante el misterio de Dios, el usuario de la IA espera una respuesta que lo satisfaga aquí y ahora. Por eso, incluso desde el punto de vista práctico elegido por Paganini, la analogía de la IA con Dios no resulta del todo persuasiva.

En un nivel más fundamental, para el cristianismo y gran parte de las tradiciones monoteístas, Dios no es un “ente entre los entes”, no es tampoco una inteligencia hiperpoderosa que pueda ser comparada a otras inteligencias de igual o menor grado.

Dios se sitúa en otro plano, el de la auténtica trascendencia, porque es la misma posibilidad de que exista un mundo donde tenga sentido hablar de entes inteligentes. La IA, por su parte, pertenece enteramente al mundo de lo creado, depende de electricidad, minerales, capital, datos y trabajo humano, todos elementos de la finitud. Por eso, no posee una promesa propia de redención: produce respuestas mediante cálculos de probabilidad sobre lo ya dicho por la humanidad, mientras que el perdón y la reconciliación no se deducen del pasado, sino que advienen como acontecimientos de la gracia divina.

En este sentido, la asignación de un atributo de divinidad solo puede significar una regresión pagana anterior incluso a los momentos más altos de la filosofía antigua, como el las “Enéadas” de Plotino que tanto fascinó a San Agustín. Se concebía ahí a lo trascendente como el Uno más allá del ser, más allá del mundo.

La mayor virtud del libro de Claudia Paganini reside en la lucidez con que examina una tentación característica de nuestro tiempo, la de concebir lo divino a la medida de las necesidades, expectativas y preferencias de cada individuo.

Justamente por ello, su lectura puede interpelar también a quienes comprendemos la trascendencia desde un horizonte radicalmente distinto, pues nos exige hacer explícita la posición desde la cual pensamos aquello que rebasa al sujeto y resiste toda reducción a sus deseos. Toda auténtica experiencia de lo trascendente remite a una tradición recibida, a una comunidad que la custodia y a vínculos que nos preceden y nos constituyen.

Allí donde la cultura posmoderna impulsa la fragmentación de toda pertenencia y la construcción de un “Dios customizado” para cada conciencia aislada, la tradición recuerda que nadie accede por sí solo a la verdad. La trascendencia quiebra el repliegue del individuo sobre sí mismo y lo convoca a participar en una comunión que lo precede y lo desborda.

En esa apertura se revela que el lazo que nos une no es un límite para la libertad, sino la condición misma que hace posible una vida plenamente humana.

Etiquetas: #Dios#IA

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