- Por Aníbal Saucedo Rodas
A las caracterizaciones que hemos venido realizando en las últimas semanas del animal político que integra nuestra fauna criolla, esta vez les toca a los roedores. No solo medran a costa del Estado, sino que son los primeros en saltar del barco ante el primer anuncio de una ventisca. Ni hablemos de una furiosa tormenta. Previamente, asumiendo su naturaleza, liquidaron todos los bastimentos de las bodegas, abandonando a su suerte a la nave y a sus antiguos compañeros de viaje. No tienen las agallas para desafiar el viento en contra. Desprecian la ética y la moral. Consideran que son incompatibles con la política, porque hay que permanecer en el poder de manera continua, sin importar los costos. Así que, rápidamente se convierten en navegantes de otros bergantines, y sus otrora enemigos son los merecedores de los más edulcorados panegíricos. Lo que cuenta es seguir disfrutando del confort de los cargos, aunque más no sea como repasador de cubiertas. Son encandilados por el brillo de los lujos y seducidos por las riquezas provenientes del erario.
De la pobreza más rancia dan un salto en garrocha olímpica hacia una fortuna que nunca hubieran alcanzado por el camino del trabajo honesto y lícito. Sin méritos, ni carácter, ni virtud, al decir del insigne doctor Juan León Mallorquín, no son más que políticos de cartón que provocan náuseas a los hombres de bien. Perdido el norte de la decencia, si alguna vez la tuvieron, se transforman en trashumantes que solo buscan carpas para guarecerse al abrigo de algún gobernante incauto. Las autoridades pasan, los roedores se quedan. La lealtad se subordina al interés. Los principios carecen de sentido, las convicciones duran el tiempo en que ocupan un cargo. A lo largo de su vida han cambiado constantemente de amo, pero no de collar. Son energúmenos y pusilánimes para sostener ideas y posiciones por largo tiempo. Huyen de la adversidad. Abandonan las trincheras de combate por los ideales, sin entender –ni les interesa– que en la vida lo único que es permanente es la lucha, porque, parafraseando a Kipling, el éxito y el fracaso son dos impostores.
De la derrota se puede volver, de la traición y del oportunismo, nunca. Y saltan del barco porque, a diferencia de Ulises, son incapaces de atarse al palo mayor para resistir el canto de las sirenas. Y así van estrellándose contra el honor hasta pulverizar su dignidad. Pierden credibilidad y respeto, porque las marionetas son seres inanimados manejados por el titiritero de ocasión. Son humillados por sus ridiculeces, pero ellos están felices, porque lo único que tienen a la vista es aumentar sus malhabidas posesiones. Son personas sin coraje para desafiar tormentas, porque están desnudas de valores. A Tomás Eloy Martínez, periodista y escritor argentino, le debemos esa afirmación de oro: “Para tener valor hace falta tener valores. Sin valores es mejor callar”. Hemos de lamentar que este consejo de acero es obviado por los roedores de la política. Con infamias, agresiones y gestos histéricos pretenden cubrir sus huecos intelectuales, su personalidad disociada y su perversa exaltación del realismo político. Son los integrantes rapaces de ese personalismo inculto y bárbaro, como tan atinadamente los definiera el eminente doctor Pedro Pablo Peña. Y concluía: “La aspereza, la malevolencia, la audacia atropelladora e irresponsable chocan y fastidian a los espíritus verdaderamente cultos y sanos”.
La actitud tembleque, zigzagueante y dislocada de quienes se autodefinen “líderes” y profesionales de la política genera repugnancia “a cualquier ciudadano decente y digno” (Pedro P. Peña). Han claudicado en sus conductas y caducado en sus discursos. Nada han aportado, ni material ni intelectualmente, al país que reclama una ruptura radical con los vicios que fueron el puente para el enriquecimiento deshonesto de unos cuantos privilegiados. Que no pueden vivir sin el poder. Y que no descansarán hasta exprimir la última gota de sangre al Estado. Con los mismos roedores de siempre en los partidos, el futuro terminará despedazándose contra el muro de la desesperanza. Tanta pasividad terminará por hundir el barco en el que todos estamos. Buen provecho.