- POR CARLOS MARIANO NIN
- Columnista
- marianonin@gmail.com
Mamá siempre me decía que cada época tiene los personajes que merece, y estamos en una época en la que aceleramos la involución.
Estos días vi un video que me dejó una extraña mezcla de vergüenza ajena y tristeza. Un joven, con cientos de miles de seguidores, decidió convertir el velorio de su abuela en un escenario.
Hubo lágrimas. Pero también una cámara, poses, música, primeros planos y publicaciones en tiempo real. Entonces el dolor dejó de ser íntimo para convertirse en contenido.
Miles de personas reaccionaron, comentaron, compartieron. Luego, el algoritmo hizo el resto.
Me pregunté si era él el problema. Lo más rápido que se me ocurrió era que sí.
Quizás no.
A lo mejor el verdadero problema somos nosotros.
Si lo pensás bien, a fondo, nadie se vuelve famoso hablando solo. Detrás de cada personaje viral hay millones de personas dispuestas a regalarle unos segundos de atención. El influencer no inventa el fenómeno; simplemente descubre qué es lo que más consumimos. Y allí dispara. Vivimos en una época donde la notoriedad vale más que el mérito. Donde importa más ser visto que tener algo que decir. Donde una frase ingeniosa dura menos que un baile absurdo y una investigación periodística compite, en igualdad de condiciones, con alguien que decidió filmarse dando un discurso vacío frente el cajón de su abuela.
Las redes sociales democratizaron la posibilidad de comunicar. Eso es extraordinario. Hoy cualquiera puede contar una historia, enseñar un oficio, denunciar una injusticia o compartir conocimiento.
Pero también democratizaron la superficialidad.
El algoritmo no premia la inteligencia. Premia la reacción. No distingue entre lo valioso y lo escandaloso. Solo mide cuánto tiempo logran retener nuestros ojos. Y nosotros aprendimos rápidamente las reglas del juego.
Cada vez cuesta más detenerse a leer un artículo de cinco minutos, pero podemos pasar una hora deslizando el dedo por videos de quince segundos sin recordar ninguno. No todos los influencers son iguales. Hay quienes enseñan, divulgan ciencia, cultura, historia, cocina o educación financiera. Hay personas que utilizan las plataformas para mejorar la vida de otros.
Pero esos, curiosamente, rara vez son los que dominan las tendencias.
Hoy el escándalo corre más rápido que el talento. Y esa es la parte que más me preocupa.
Estamos criando generaciones que ya no preguntan “¿qué quiero ser cuando sea grande?”, sino “¿cómo hago para hacerme viral?”.
El éxito dejó de medirse por lo que uno construye y empezó a medirse por la cantidad de seguidores que aparecen debajo de una foto.
Quizás por eso ya no sorprende que alguien transforme el último adiós a una abuela en un show para TikTok. Cuando durante años aprendimos que todo debía convertirse en contenido, era cuestión de tiempo para que también la muerte perdiera el derecho a la intimidad. No culpo únicamente a quienes encienden la cámara. También somos responsables quienes miramos la filmación.
Cada reproducción es un voto. Cada comentario, un aplauso. Cada vez que compartimos lo absurdo porque “da risa”, ayudamos a que vuelva a aparecer una y otra vez.
Las redes sociales no inventaron la frivolidad, simplemente le dieron un megáfono.
Y mientras discutimos, pasan casi desapercibidos los científicos, los docentes, los médicos, los bomberos, los investigadores, los artistas y tantos paraguayos anónimos que hacen cosas extraordinarias sin necesidad de transmitirlas en vivo.
Quizás el algoritmo tenga sus reglas.
Pero nosotros todavía tenemos una libertad que ninguna plataforma puede quitarnos: la libertad de elegir a quién mirar.
Las redes no solo muestran quiénes son ellos, también muestran quiénes somos nosotros.
Pero sí, esa es… otra historia