• Víctor Pavón (*)

¿Quién gobierna? La democracia es la respuesta. Y ¿cómo se gobierna? la respuesta está en la República. Recuerdo a los lectores que muchos países se dicen llamar democracia y República, pero no son ni lo uno ni lo otro. Así, el nombre oficial de Corea del Norte es República Popular Democrática de Corea (por cierto, tampoco es popular).

En la democracia, los electores eligen a sus candidatos. Habiendo logrado acceder al Estado, este provee a los “representantes del pueblo” de fuertes incentivos para seguir siendo parte del poder. Si el candidato solicitaba hasta con respeto el voto de sus electores durante la campaña electoral, llegado al poder prefiere imponer sus deseos para favorecer a los sectores que le dieron su voto; desde luego, el primer favorecido será él mismo.

En la democracia, el poder otorga privilegios y canonjías con el dinero de otros, situación de ventaja que no se tiene en el libre mercado donde se tiene que ganar todos los días la confianza de la gente. El electo democráticamente pronto aprende que no basta con haber accedido al poder, demuestra un creciente interés en conseguir lo que sabe no logrará si es exigido con los rigores de la preparación y la honestidad.

El nuevo “servidor público” está dispuesto a hacer lo que sea para seguir en el cargo. Y si por esas contingencias de la política no lo logra, ya de antemano habrá obtenido vertiginoso aumento en su patrimonio.

Para lograr este objetivo, el “representante del pueblo” sabe que sus deseos pueden ser logrados mediante el voto popular, el procedimiento “sagrado” de la democracia, aunque ello signifique sacar dinero y afectar las libertades de los votantes. Fue así que la democracia se convirtió en una forma de tiranía, la misma que elimina el disenso actuando por propia conveniencia.

En su comienzo, la República fue diferente. Esta forma de gobierno se fundamentó en una ley fundamental, la Constitución, cuyo supremo objetivo fue limitar el poder del Estado, de hacer del gobernante un empleado fiel de la ciudadanía garantizando la libertad y la propiedad, la igualdad ante la ley, desechando monopolios, aborreciendo y castigando la riqueza mal habida conseguida con el dinero de los contribuyentes.

Considero preferible la República a la democracia. Fue un notable intento de garantizar nuestra vida, libertad y propiedad; sin embargo, tiene un problema: se degenera en democracia.

(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Miembro del Consejo Internacional de la Fundación Faro. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”; “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la libertad y la República”.

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