• Jorge Torres Romero

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que esta imagen parecía imposible. Hace apenas cuatro años, pocos habrían imaginado a Horacio Cartes descendiendo de un avión en los Estados Unidos, caminando junto a su familia por la Quinta Avenida de Nueva York o recorriendo con absoluta normalidad una de las ciudades más emblemáticas del mundo.

Aquella escena parecía incompatible con el relato que durante años dominó buena parte del debate político paraguayo. Se anunciaba el final político de Cartes, su aislamiento internacional e incluso un desenlace judicial inevitable. Hubo editoriales, programas de televisión, columnas de opinión y análisis que daban por hecho que su futuro estaba sellado.

Algunos llegaron a presentar esas predicciones como certezas.

La realidad terminó escribiendo otro capítulo.

La presencia de Horacio Cartes en territorio estadounidense constituye, para sus seguidores, el cierre de una de las campañas de demolición política más agresivas de la era democrática paraguaya. Una ofensiva que atribuyen al gobierno de Mario Abdo Benítez, acompañada por sectores políticos, mediáticos y de opinión que hicieron de Cartes el eje de una confrontación permanente.

Durante esos años no solo se cuestionó al dirigente político. También quedaron bajo la lupa sus empresas, su entorno familiar y miles de trabajadores vinculados al grupo empresarial que lidera. La discusión dejó hace tiempo el terreno de las diferencias ideológicas para convertirse, según esa visión, en una batalla personal donde el objetivo era destruir a un adversario.

Hoy, sin embargo, quienes anunciaban un desenlace irreversible guardan silencio. Las profecías sobre un supuesto final sin retorno no se cumplieron. Los pronósticos categóricos quedaron desmentidos por los hechos.

Esa es quizás la principal enseñanza de este episodio: cuando el análisis político se reemplaza por el deseo, el resultado suele ser el error. Cuando la pasión, el resentimiento o el odio ocupan el lugar de la objetividad, las conclusiones terminan alejándose de la realidad.

La fotografía de Horacio Cartes caminando por Nueva York tiene, por eso, un valor que trasciende la anécdota. Para muchos representa una reivindicación política. Para otros, una invitación a revisar afirmaciones que durante años fueron presentadas como verdades absolutas.

El tiempo, una vez más, terminó siendo el juez más severo. Y en esta historia, la imagen que parecía imposible hace cuatro años terminó convirtiéndose en realidad: Horacio Cartes caminando por las calles de Nueva York, mientras muchos de quienes anunciaban su inevitable caída hoy tienen más preguntas que respuestas. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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