- POR ANÍBAL SAUCEDO RODAS
Una de las características más notorias del arribismo político es el cambio constante del discurso, acomodándolo a las coyunturas del poder y elogiando a sus administradores que están de turno, para congraciarse con ellos y continuar viviendo al calor generoso del Estado. Y ese cambio radical de opiniones conlleva, al mismo tiempo, la permanente traición a sus antiguos aliados, quienes son abandonados en la primera derrota electoral. Y para reforzar su posición dentro del nuevo círculo en el cual se mueve, critica y descalifica ácidamente a quienes ayer nomás eran sus compañeros de ruta. De este modo, donde antes era un jardín de virtudes, ahora aparecen malezas de defectos, y donde antes había vituperables defectos, ahora se derrochan virtudes, con la abundancia de las flores silvestres al borde de los caminos. No es que los otros hayan modificado su conducta o comportamientos. El sujeto de la metamorfosis es quien, repentinamente, modifica su mirada –su percepción de la realidad– y descubre la luz que limpia sus ojos legañosos que antes le impedían juzgar con claridad a los actores y procesos políticos.
Pero esa mutación de piel ya forma parte de su ADN y se repite con la misma dinámica de las rotaciones en el gobierno. Nunca encuentra el coraje para criticar desde afuera, aunque, a veces, lo hace aspirando un cargo de relevancia en la estructura del poder. Algunos, igualmente pusilánimes, prefieren comprar su silencio. De esta manera, los supuestos liderazgos van perdiendo credibilidad. Porque no generan confianza. ¿Quién puede confiar en alguien que no guarda sus propias convicciones y principios? Las más infamantes injurias, que desbordaban la decencia y el buen gusto por la palabra, se transforman en lengüetazos salivosos para lubricar el paso de la adulación sin pudor ni disimulo alguno.
Así, ya en plural, los declarados enemigos de la moral y de la propia democracia –porque su afán por el latrocinio no conoce de límites ni medidas– vuelven a flotar con la liviandad del alcornoque y sus derivados en ese mar de abyecciones e indignidades. Son los bárbaros y cavernícolas que están arrastrando a la buena política al borde de la extinción. Este fenómeno contagioso y destructivo se expande hacia otros sectores de la sociedad y contamina los medios de comunicación que son blandos con los amigos y brutalmente despiadados con los enemigos, quienes, muchas veces, no gozan ni del derecho a la legítima defensa. Un periodismo que no reconoce sus errores “en honor a la verdad”. Cada uno va reclamando en el discurso lo que es incompetente de dar en la acción. Y esa contradicción es tan fácilmente verificable con el simple cotejo de las posturas asumidas en el correr de los tiempos. La incoherencia pertinaz es la regla.
Hace años, en un programa de televisión (“Duro de domar”), Cristina Fernández de Kirchner, citando a un exgobernador de la provincia de Santa Cruz, afirmaba que “los agravios prescriben a los seis meses”, aludiendo a la necesidad de avanzar en un proyecto político por encima de las disputas ocasionales. Su precisión es a propósito: avanzar en un proyecto, lo que invalida el arribismo que solo persigue favores y beneficios particulares, especialmente aquellos que renuncian a cualquier atisbo de decoro y respetabilidad en su ansiedad de continuar empalagándose con las mieles del poder.
Aquí es importante realizar algunas consideraciones aclaratorias: los agravios nunca prescriben sin previo arrepentimiento y pedido de públicas disculpas. Solo se busca el provecho para sí mismo, cuando únicamente se pretende enterrar los abusos verbales, destemplados y ordinarios. Entonces, no existe sinceridad. Y tampoco habrá lealtad a una causa. El puñal artero estará acechando a su próxima víctima. Es decir, sus aliados de hoy. Ese –y no otro– es el modus operandi de los arribistas políticos. En ese contexto, los agravios no prescriben a los seis meses, sino que se abdica de la dignidad, de la conciencia y de los valores más elementales de la condición humana. Buen provecho.