- Por Gabriela Teasdale
- Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
- prensa@liderazgo.com.py
El liderazgo, en su esencia más pura, es influencia, y no existe influencia real sin conexión humana. La base de un liderazgo efectivo –ya sea como empresarios, padres de familia o simplemente como seres humanos– radica en el poder de nuestras relaciones, en esa capacidad genuina de salir de nosotros mismos para mirar al otro a los ojos.
Conectar implica ir más allá de la superficie. Significa interesarse por la vida de la persona que tenés enfrente de forma auténtica; preguntar por su familia, por sus sueños y desafíos. Es escuchar desde el respeto y el amor, incluso cuando estamos en desacuerdo. Sin embargo, hoy el ruido de afuera empuja a las personas a competir, a comparar, a hablar solo de sus propios problemas o a mantenerse atrapadas en redes sociales viviendo en absoluta soledad. Es ahí donde el autoliderazgo marca la diferencia, eligiendo conectar desde la humanidad. Esta es la tarea intencional que los adultos debemos modelar y enseñar a los más jóvenes. Liderar con el ejemplo es mostrarles el camino para forjar vínculos significativos, porque a medida que pasa el tiempo, uno necesita de esos afectos reales que nos sostienen.
En el camino de la vida y del crecimiento personal, entendemos también que todo tiene su tiempo. No todo el mundo puede estar sentado a tu mesa. A medida que evolucionamos, elegimos quiénes nos hacen bien y quiénes no. Como dice un mentor mío, hay personas a las que toca querer, pero de lejos, y eso está bien.
Ahora bien, alejarte de alguien porque ya no comparten los mismos valores o ideales no te da el derecho a caer bajo, mostrando una mala actitud o falta de educación. Hoy vemos con preocupación cómo la envidia o la rivalidad lleva a las personas –especialmente entre la juventud, pero de forma alarmante también entre los adultos– a ignorar, voltear la cara o negar el saludo a quienes formaron parte de su entorno. Una cosa es comprender que una etapa se cerró, y otra muy distinta es ser grosero. Desde mi profesión, entiendo que este comportamiento destructivo suele ser alimentado por la falta de perdón y por el resentimiento que muchas veces se vive en el hogar.
Recuerdo una gran lección del señor Melvin, padre de mi socio John Maxwell. En una ocasión, un amigo se le acercó y le dijo: “¿Sabés lo que fulano anda diciendo de vos?”. Con una sabiduría admirable, él respondió: “No lo sé, pero yo creo que él es buena gente”. Con una sola frase cortó el chisme, la mala onda y el prejuicio. Eligió no vivir contaminado por la pobreza que otros llevan dentro.
Uno solo puede dar lo que tiene. Por eso, es fundamental soltar los rencores y hacer las paces con nosotros mismos. Si alguien te ignora, se porta mal o intenta hacerte sentir de menos, comprende que solo está reflejando lo contaminado que está por dentro. Envíale buena energía y, simplemente, querelo desde lejos.
En cambio, aquellas relaciones que construyen, que están presentes y llenas de valores, esas debes alimentarlas, cuidarlas y protegerlas. Somos el reflejo de nuestro entorno. Necesitamos que las personas correctas influyan en nuestras vidas y nosotros en las de ellas.
Cuida tu mesa, trae a los correctos. Aunque, pensando un poco, hasta Jesús –el líder más grande de la historia– tuvo a un traidor en su mesa. Nunca estaremos cien por ciento seguros de lo que hará el otro, pero el secreto está en perdonar y caminar en paz. Al final del día, cada uno rendirá cuentas por su propia vida, no por la de los demás. Quien vive dañando al resto, eventualmente tendrá su momento de juicio final.
Te animo a ser una persona que inspire e impacte desde tu don de gente y tus valores. Elegí bien a quiénes sentás en tu mesa, sana lo que tengas que sanar y camina con la frente en alto, dejando una huella de integridad en cada paso.
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El liderazgo del futuro será más humano… precisamente porque será más tecnológico
- Por la Dra. Lívia Mandelli
- Profesora de FDC, Brasil
Hace algunos años, cuando hablábamos sobre el futuro del liderazgo, casi siempre la conversación comenzaba por la tecnología. Inteligencia artificial, automatización, datos, plataformas digitales, nuevos modelos de trabajo. Todo ello sigue siendo esencial. Sin embargo, cuanto más observo las transformaciones en las organizaciones, más me convenzo de que la gran cuestión del liderazgo en los próximos años no será únicamente tecnológica. Será profundamente humana.
La tecnología está avanzando rápidamente. Tal vez más rápido de lo que muchas empresas son capaces de asimilar. La inteligencia artificial ya ha comenzado a transformar la forma en que reclutamos, desarrollamos personas, tomamos decisiones, analizamos el desempeño y diseñamos experiencias laborales. En poco tiempo, será difícil imaginar un área de gestión de personas que no utilice algún tipo de IA o análisis predictivo.
Pero hay una pregunta que, para mí, es central: ¿quién dará sentido a todo esto? Porque los datos ayudan. Los algoritmos aceleran. Las herramientas amplían nuestra capacidad de análisis. Pero ninguna tecnología sustituye la confianza, la escucha, el discernimiento y la valentía de liderar en contextos complejos. El liderazgo del futuro no será menos humano debido a la inteligencia artificial. Al contrario: cuanta más tecnología tengamos a nuestro alrededor, más necesitaremos líderes capaces de crear vínculos, sostener conversaciones difíciles, acoger vulnerabilidades y movilizar a las personas en torno a un propósito común.
Durante mucho tiempo, asociamos el liderazgo a la capacidad de controlar procesos, organizar tareas y garantizar resultados. Este modelo tuvo su valor. Pero ya no responde por sí solo al mundo en el que vivimos. Hoy, liderar es menos controlar y más influir, inspirar y desarrollar a las personas. Menos tener todas las respuestas y más crear las condiciones para que surjan buenas preguntas. Menos autoridad formal y más confianza construida en lo cotidiano.
Este cambio parece simple, pero no lo es. Exige que los líderes abandonen una postura excesivamente vertical y aprendan a trabajar de manera más distribuida, colaborativa y adaptativa. En entornos híbridos, multiculturales, digitales y sometidos a cambios constantes, nadie lidera bien únicamente por ocupar una posición de liderazgo. Se lidera por la capacidad de generar claridad, pertenencia y energía colectiva. Y aquí surge un punto que considero decisivo: la innovación no nace en ambientes de miedo.
Las organizaciones suelen afirmar que desean innovar. Buscan creatividad, nuevas ideas, agilidad, experimentación. Pero, con frecuencia, aún penalizan el error, silencian las discrepancias y valoran únicamente a quienes confirman el pensamiento dominante. La innovación necesita tecnología, sin duda. Pero también requiere seguridad psicológica. Necesita personas que se sientan autorizadas a expresarse, probar, disentir, aprender y volver a intentar.
Tal vez este sea uno de los mayores desafíos del liderazgo contemporáneo: crear entornos en los que las personas puedan ser competentes sin tener que aparentar invulnerabilidad en todo momento.
Esto también modifica la forma en que entendemos el compromiso organizacional. Durante años, muchas organizaciones trataron el compromiso como una métrica de clima o como resultado de acciones puntuales. Hoy, se vuelve cada vez más evidente que el compromiso es consecuencia de la experiencia diaria de trabajo. Las personas se comprometen cuando cuentan con autonomía, reconocimiento, desarrollo, buenos líderes y un sentido real de propósito. Permanecen donde sienten que pueden crecer, contribuir y ser vistas.
El salario y los beneficios siguen siendo importantes, por supuesto. Sería ingenuo afirmar lo contrario. Pero ya no son suficientes. Especialmente para las nuevas generaciones, el trabajo no es solo un contrato económico. Es también un espacio de identidad, aprendizaje, impacto y pertenencia. Esto no implica romantizar el trabajo, sino reconocer que las personas esperan una relación más madura con las organizaciones.
En este contexto, el bienestar deja de ser un beneficio periférico y pasa a ser una cuestión estratégica. La salud mental, el equilibrio, la seguridad psicológica y la calidad de las relaciones en el trabajo ya no pueden tratarse como temas secundarios. Impactan directamente en la productividad, la retención, la innovación y el desempeño.
Me gusta pensar que estamos entrando en una fase en la que los indicadores humanos adquirirán el mismo peso simbólico que los indicadores financieros. La tasa de burnout, el índice de bienestar, la experiencia del colaborador, la confianza en el liderazgo y la seguridad psicológica no son “temas blandos”. Son datos esenciales para comprender la capacidad de una organización de seguir siendo eficaz.
El trabajo híbrido refuerza aún más esta necesidad. No se trata de una moda pasajera. Es un cambio estructural en la forma en que percibimos nuestra relación con el trabajo y con la vida, y en cómo organizamos el tiempo, el espacio, la colaboración y la autonomía. Sin embargo, el modelo híbrido también exige un nuevo tipo de liderazgo. No basta con trasladar reuniones presenciales a pantallas. Es necesario aprender a comunicar mejor, alinear expectativas con mayor claridad, construir confianza a distancia y garantizar que los talentos no se vuelvan invisibles por estar menos presentes en la oficina.
El liderazgo actual exige intencionalidad. Exige presencia incluso cuando no hay proximidad física. Exige rituales, escucha, acuerdos y una atención especial a la cultura. Porque la cultura no es únicamente lo que está escrito en los valores institucionales. Cultura es lo que las personas viven cuando necesitan decidir, discrepar, priorizar, pedir ayuda o admitir que han cometido un error.
Otro tema que me parece ineludible es el aprendizaje continuo. No hay liderazgo preparado para el futuro sin curiosidad. La velocidad de los cambios ha vuelto imposible imaginar una carrera basada únicamente en el conocimiento adquirido en el pasado. El reskilling y el upskilling dejan de ser programas ocasionales para convertirse en parte central de la estrategia organizacional.
Esto aplica a todos, incluidos los líderes experimentados. Tal vez especialmente a ellos. La senioridad del futuro no consistirá únicamente en saber mucho, sino en aprender con rapidez, desaprender cuando sea necesario y mantenerse relevante sin aferrarse a modelos que ya no funcionan.
La inteligencia artificial, en este sentido, puede ser una gran aliada. Puede respaldar decisiones, personalizar trayectorias de aprendizaje, ampliar diagnósticos y ofrecer valiosos insights sobre personas y organizaciones. Sin embargo, existe un límite que no deberíamos cruzar sin reflexión: la gestión de personas no puede perder su dimensión ética.
Tomar decisiones sobre talento, carreras, desempeño y oportunidades exige algo más que eficiencia. Exige responsabilidad. La IA puede señalar patrones, pero corresponde a los líderes interpretar los contextos. La IA puede sugerir caminos, pero son los humanos quienes deben evaluar sus consecuencias. La IA puede acelerar procesos, pero no debe reducir a las personas a datos.
Por ello, considero que el área de Recursos Humanos en los próximos años tendrá un rol mucho más estratégico: será menos administradora de rutinas y más arquitecta de inteligencia organizacional. Una función capaz de integrar datos, cultura, tecnología, desarrollo humano y estrategia empresarial. Sin embargo, para lograrlo, deberá ocupar la agenda del liderazgo con valentía y profundidad.
En el fondo, la gran transformación que se vislumbra para el período 2026–2030 no se limita a nuevas herramientas. Se trata de una nueva conciencia de liderazgo.
Las organizaciones que se destacarán serán aquellas capaces de equilibrar tres dimensiones: tecnología, humanidad y adaptabilidad. Tecnología para ampliar capacidades. Humanidad para preservar sentido, confianza y bienestar. Adaptabilidad para aprender continuamente en un mundo en constante cambio.
El líder del futuro no será únicamente un gestor de procesos. Será un orquestador de talento, cultura, tecnología e innovación. Alguien capaz de observar los datos sin olvidar a las personas. De perseguir el desempeño sin normalizar el agotamiento. De utilizar la inteligencia artificial sin renunciar a la inteligencia emocional. De construir resultados sostenibles porque comprende que ninguna estrategia se materializa sin las personas.
Y quizás este sea el mensaje principal para nosotros, líderes, educadores y organizaciones: el futuro del trabajo no estará definido únicamente por lo que la tecnología sea capaz de hacer. Estará definido, sobre todo, por lo que nosotros seamos capaces de elegir hacer con ella.
Tengo la convicción de que estamos ante una oportunidad histórica. Por primera vez, contamos con tecnologías capaces de ampliar exponencialmente nuestra inteligencia, productividad y capacidad de innovación. Pero el verdadero diferencial seguirá siendo humano. Residirá en la forma en que cuidamos a las personas, construimos confianza, promovemos el aprendizaje y damos sentido al trabajo.
En última instancia, las organizaciones más admiradas no serán necesariamente aquellas con los algoritmos más sofisticados, sino aquellas que consigan utilizar la tecnología para potenciar el talento, fortalecer las relaciones y generar un impacto positivo. Porque el futuro no será construido únicamente por máquinas inteligentes. Será construido por personas suficientemente conscientes como para utilizar esa inteligencia al servicio de algo mayor.
Y es precisamente por eso que creo que el liderazgo del futuro será más humano. Justamente porque será más tecnológico.
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La fuerza de lo invisible
- Por Gabriela Teasdale
- Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
- prensa@liderazgo.com.py
El reciente partido de nuestra selección frente a Turquía nos emocionó hasta las lágrimas y nos dejó una lección que va mucho más allá del fútbol. Paraguay se plantó en la cancha, en un escenario donde la mayoría de los analistas daban el encuentro por perdido antes de empezar. Los pronósticos técnicos eran totalmente adversos, pero el pueblo paraguayo mantuvo viva la esperanza. El resultado nos demostró lo importante que es cerrar el oído a los comentarios de afuera y empezar a creer con el alma en lo que somos capaces de lograr. Cuando protegemos nuestra mente de las dudas de los demás, despertamos una fuerza interior que nadie más puede ver ni frenar.
Esta victoria me hace pensar en la historia de David y Goliat. Frente a un gigante que asustaba a todos, apareció un joven que no se midió por su tamaño ni por sus armas, sino por su fe y por la seguridad de saber que estaba listo. Goliat era la lógica del mundo, el problema que parecía invencible, mientras que David era la fuerza del propósito. Muchas veces en nuestras empresas, proyectos o familias nos encontramos con situaciones que parecen gigantescas y la tentación es tirar la toalla. Sentimos que no hay salida porque miramos el tamaño del obstáculo en lugar de medir el tamaño de nuestras ganas de superarlo.
Por eso, para sostener esa confianza cuando la presión aprieta se necesita un proceso. En la Biblia, el número cuarenta se repite como el tiempo elegido para prepararse y transformarse antes de algo importante. Fueron cuarenta días de diluvio para limpiar la tierra, cuarenta años en el desierto para moldear a un pueblo y cuarenta días de Jesús en silencio antes de salir al mundo. Esos días pueden parecer largos y difíciles de completar, pero es justo lo que se requiere para forjar el carácter y consolidar un verdadero compromiso. Los grandes logros no llegan por pura suerte, aparecen cuando transitamos con paciencia nuestra propia etapa de preparación.
El liderazgo con uno mismo se activa cuando entendemos que fallar no es el final del camino. Los tropiezos y los momentos difíciles no vienen a destruirnos, sino a enseñarnos. Nos bajan a la tierra, nos muestran en qué podemos mejorar y nos obligan a cambiar la estrategia para salir a la vida con más fuerza y sabiduría. La próxima vez que sientas que las cosas te superan, que el entorno te dice que es imposible o que tenés un gigante enfrente, acordate del número cuarenta. Abrazá tu proceso, renová las ganas de hacer eso que tanto amás y confiá en vos. No dejes que las opiniones ajenas te definan, porque al igual que nuestra selección, la mayor victoria empieza siempre en tu propia decisión de creer y salir a dar lo mejor. ¡Salud, Paraguay!
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De la jerarquía al S.E.N.T.I.D.O.: el liderazgo con alma como nuevo paradigma organizacional
- Por Livia Mandelli
- Profesora de FDC, Brasil
Durante gran parte del siglo XX, las organizaciones se estructuraron a partir de supuestos que respondían plenamente al contexto de la época: previsibilidad, estabilidad y concentración de la toma de decisiones. En ese escenario, el modelo de mando y control no solo funcionaba, sino que organizaba el mundo del trabajo con eficiencia y claridad. Sin embargo, lo que comienza a imponerse hoy no es la invalidación de este modelo, sino algo más sutil y quizá más incómodo de reconocer: su creciente insuficiencia frente a una realidad que ha dejado de responder a las mismas lógicas.
La sensación de desalineación que experimentan muchas organizaciones, frecuentemente atribuida a la falta de compromiso o a las dificultades de las nuevas generaciones, puede estar menos relacionada con las personas y más con la forma en que el trabajo sigue siendo estructurado. A medida que las actividades dejan de ser predominantemente ejecutivas y pasan a requerir interpretación, juicio y toma de decisiones en entornos ambiguos, el énfasis excesivo en el control, las metas y los indicadores genera un desplazamiento casi imperceptible, pero profundamente relevante. El trabajo deja, de manera gradual, de entenderse como una contribución a un impacto más amplio y pasa a vivirse como el cumplimiento de expectativas. Y cuando esto ocurre, algo esencial comienza a perderse, no de forma abrupta sino progresiva: el sentido de pertenencia.
Tal vez aquí resida uno de los paradojos más interesantes del liderazgo contemporáneo. En el intento de reducir la incertidumbre mediante una mayor supervisión, las organizaciones acaban volviéndose altamente competentes en la ejecución de aquello que ya conocen, pero menos dispuestas a enfrentarse a lo que aún no saben. Los entornos fuertemente orientados al control tienden a producir menos errores, lo cual, a primera vista, puede parecer deseable. Sin embargo, también generan menos cuestionamiento, menos experimentación y, con el tiempo, menos aprendizaje. La innovación no desaparece de forma dramática; va siendo sustituida por decisiones más seguras, más previsibles y más alineadas con lo ya validado. Y, de manera silenciosa, el sistema va perdiendo su capacidad de adaptación.
En este contexto, la figura del líder que centraliza decisiones y respuestas continúa siendo, en muchos entornos, una referencia aparentemente natural. Existe cierta comodidad en este modelo, ya que organiza responsabilidades y ofrece una sensación de dirección. No obstante, en sistemas más complejos, esta centralización tiende a generar un efecto secundario relevante: reduce la autonomía colectiva y limita la construcción de inteligencia distribuida. Gradualmente, el liderazgo deja de ampliar la capacidad del sistema y pasa, aunque de forma involuntaria, a restringirla.
Es precisamente en este punto donde comienza a delinearse un cambio más estructural. Liderar deja de ser, predominantemente, un ejercicio de control y pasa a convertirse en una responsabilidad más amplia: la de sostener la coherencia en medio de la complejidad. Coherencia entre lo que se declara y lo que se decide, entre lo que se valora y lo que se recompensa, entre lo que se proyecta y lo que se practica en el día a día. No como un ideal abstracto, sino como una condición concreta para que el sistema funcione de manera consistente a lo largo del tiempo.
El Modelo S.E.N.T.I.D.O. surge como un intento de organizar esta comprensión de forma integrada. Al articular dimensiones como el Sentido ético, que orienta las decisiones en contextos ambiguos; la Energía humana, que se expresa en la disposición voluntaria para contribuir; el Norte de propósito, que aporta dirección y significado; el Talento técnico, indispensable para una ejecución cualificada; la Integración sistémica, que amplía la comprensión de las interdependencias; el Desarrollo continuo, como base del aprendizaje; y la Organización viva, entendida como un sistema capaz de adaptarse sin perder consistencia, el modelo propone menos una lista de competencias y más una arquitectura de equilibrio.
Tal vez el aspecto más relevante sea que estas dimensiones no operan de forma aislada. Cuando hay claridad de propósito, las decisiones tienden a ganar consistencia. Cuando las decisiones son coherentes, la energía colectiva se sostiene con menor desgaste. Cuando hay energía, el desarrollo deja de ser episódico y pasa a ser continuo. Y, de manera gradual, se configura un sistema que no depende exclusivamente del control para funcionar, sino del alineamiento.
La cuestión que se plantea, especialmente para la alta dirección, quizás ya no sea si los modelos actuales siguen generando resultados, sino a qué costo y durante cuánto tiempo pueden sostenerlos. En entornos de mayor complejidad, la ventaja competitiva tiende a desplazarse de la capacidad de controlar variables hacia la capacidad de mantener la coherencia incluso cuando estas escapan al control. Y esto exige un tipo de liderazgo que no se apoya únicamente en la autoridad formal, sino en la consistencia de las decisiones que se toman, especialmente cuando no existen respuestas evidentes.
En última instancia, liderar deja de ser tanto garantizar la ejecución y pasa a ser, sobre todo, sostener el sentido. No como discurso, sino como práctica. Y quizás sea precisamente ahí donde se define lo que perdura y lo que, de manera silenciosa, comienza a agotarse.
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Entre carisma y ceguera: los límites del liderazgo
- Por Bruno Felix
- Profesor de FDC
El liderazgo no trata solo de quien ocupa la cima, sino de los espejos que la organización ofrece a quien está allí. En tiempos de transformaciones aceleradas y presiones constantes por rendimiento, tal vez el mayor desafío sea precisamente este: aprender a diferenciar confianza de ceguera, audacia de imprudencia y protagonismo de narcisismo.
Cuando Marcelo asumió la presidencia de la empresa, nadie dudó de que algo cambiaría. Llegó con energía, con un discurso afilado y con una convicción casi magnética de que sabía exactamente hacia dónde llevar la organización. En las primeras semanas, las reuniones largas dieron lugar a decisiones rápidas. Proyectos olvidados fueron retomados. La imagen externa mejoró. Internamente, sin embargo, algunas señales comenzaron a inquietar. Los cuestionamientos pasaron a ser vistos como resistencia. Las alertas sobre riesgos se interpretaron como falta de ambición. Poco a poco, la sensación de que todo giraba en torno a una única figura se volvió imposible de ignorar.
La historia de Marcelo no es excepcional. Se repite, con variaciones, en consejos de administración, empresas familiares, multinacionales e incluso en organizaciones públicas. En un contexto en el que liderar se confunde frecuentemente con aparecer, decidir rápido y sostener una narrativa de autoconfianza permanente, ciertos rasgos de personalidad dejan de percibirse como un riesgo y pasan a ser celebrados como virtudes. El problema es que esa línea es más tenue de lo que suele admitirse.
Investigaciones recientes en comportamiento organizacional ayudan a iluminar este fenómeno. Muestran que no basta con observar lo que un líder hace. Es necesario entender quién es, cómo construyó su identidad y en qué contexto social e histórico dicha identidad fue moldeada. Ciertos perfiles tienden a ocupar el centro del escenario con mayor facilidad, a asociar éxito personal con éxito organizacional y a tratar el reconocimiento como un combustible esencial para la toma de decisiones. Cuando ese patrón se combina con posiciones de poder, los efectos trascienden el estilo individual y pasan a afectar el riesgo asumido por la empresa y los límites éticos que orientan sus elecciones.
En un lenguaje menos académico, se trata de liderazgos que confunden visión con certeza absoluta y valentía con desprecio por los límites. Son personas capaces de inspirar, movilizar y comunicar, pero que también tienen dificultad para escuchar, reconocer errores y aceptar frenos institucionales. El rasgo central no es solo la vanidad: es la necesidad constante de validación y la tendencia a colocar el propio juicio por encima de sistemas, procesos y alertas colectivas.
Un elemento menos discutido en este debate es el papel de la generación a la que pertenecen estos líderes. No en el sentido de edad biológica, sino de experiencias formativas. Líderes que construyeron sus carreras en contextos de inestabilidad, competencia intensa y debilitamiento de las instituciones tienden a valorar la autonomía, la velocidad y la afirmación individual. Crecieron aprendiendo que cada uno cuida de sí mismo y que el reconocimiento es escaso. Cuando alcanzan la cima, llevan consigo esa lógica. El resultado puede ser un liderazgo más audaz, pero también más propenso a asumir riesgos elevados y a relativizar fronteras éticas en nombre de los resultados y la visibilidad.
Esto ayuda a explicar por qué organizaciones dirigidas por líderes con este perfil suelen vivir ciclos intensos. Momentos de rápida expansión alternan con crisis reputacionales, conflictos internos y decisiones difíciles de sostener a largo plazo. El problema no es la ambición en sí, ni la disposición a asumir riesgos. Es la combinación entre poder concentrado, baja apertura al contradictorio y un contexto organizacional que premia los resultados inmediatos y silencia las incomodidades.
Aunque muchos estudios se centran en grandes empresas y cargos como el de CEO, esta dinámica es fácilmente reconocible en otros niveles. Gestores de unidades, líderes de proyectos estratégicos e incluso fundadores de startups enfrentan dilemas similares. Siempre que la identidad del líder se confunde excesivamente con la identidad de la organización, surge un terreno fértil para decisiones que priorizan la afirmación personal en detrimento de la sostenibilidad colectiva.
Lo que está en juego no es solo el desempeño financiero o la conformidad con reglas. Son dimensiones más sutiles, como la confianza, el sentido de pertenencia y la legitimidad. Equipos liderados por perfiles altamente autocentrados tienden a callarse más, a evitar malas noticias y a desarrollar estrategias defensivas. La organización puede parecer fuerte por fuera, pero se vuelve frágil por dentro. Cuando algo sale mal, el costo humano y simbólico suele ser alto.
Ante esto, la pregunta no debería ser cómo eliminar este tipo de liderazgo, sino cómo comprenderlo mejor. Rasgos asociados a la autoconfianza, al carisma y a la audacia también pueden ser fuentes de innovación y transformación. El desafío consiste en crear contextos que no amplifiquen sus excesos. Esto tiene menos que ver con manuales de buenas prácticas y más con un cambio de lente. En lugar de preguntar solo si el líder entrega resultados, tal vez sea momento de preguntar cómo reacciona ante el límite, el error y la crítica.
También es necesario reconocer que liderar es un fenómeno relacional. Ciertos estilos prosperan porque encuentran entornos que los refuerzan. Consejos complacientes, sistemas de incentivos desequilibrados y culturas que glorifican al héroe solitario contribuyen a transformar rasgos individuales en riesgos organizacionales. Cuestionar estos engranajes es una responsabilidad colectiva, no solo una tarea de desarrollo individual.
Al final, la historia de Marcelo podría haber seguido otro rumbo si el contexto hubiera favorecido más la escucha que el aplauso inmediato, más la pluralidad que la centralización. El liderazgo no trata solo de quien ocupa la cima, sino de los espejos que la organización ofrece a quien está allí. En tiempos de transformaciones aceleradas y presiones constantes por rendimiento, tal vez el mayor desafío sea precisamente este: aprender a diferenciar confianza de ceguera, audacia de imprudencia y protagonismo de narcisismo. No como un ejercicio moralizante, sino como condición para construir organizaciones más responsables, sostenibles y humanas.