• Por Paulo César López

Cuentan que Eduardo Galeano tenía una costum­bre que muchos envidiamos. Cada vez que llegaba un Mun­dial colgaba un cartel en la puerta de su casa que decía: “Cerrado por fútbol”. Siempre me gustó esa historia porque, de alguna manera, yo también cierro mi rutina durante ese mes para vivir cada partido.

Hay un detalle que suele sor­prender: nunca vi un Mundial. Soy una persona ciega. Y, sin embargo, pocas veces sentí que me hubiera perdido algo.

Desde muy chico descubrí que el fútbol también puede escucharse. Los relatos, las estadísticas y las conversa­ciones fueron construyendo en mi imaginación una can­cha completa. Mientras otros coleccionaban figuritas, yo llenaba hojas en braille con resultados, goleadores, posi­ciones y datos de cada torneo. Así aprendí a seguir el juego.

Con los años entendí que una buena narración, la audiodes­cripción y la tecnología acce­sible hacen que el deporte sea realmente para todos. Pero también aprendí que el inge­nio nos ayuda a participar mientras seguimos recla­mando el derecho a una acce­sibilidad plena.

Cuando un relator acelera la voz o el estadio contiene la respiración, mi cabeza com­pleta la escena. El gol ocurre primero en mi imagina­ción y después en el grito que escucho.

Por eso creo que Galeano tenía razón. El fútbol no vive únicamente en las imágenes de una pantalla, sino en las emociones que despierta. Yo nunca vi levantar una Copa del Mundo, pero descubrí hace mucho que para emocio­narme con un Mundial nunca necesité de mis ojos.

Etiquetas: #El Mundial

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