- Por Juan Carlos Dos Santos G.
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En la arquitectura del relato político contemporáneo, la puesta en escena lo es todo. Durante el Mundial de Norteamérica, la clasificación de Egipto dejó una imagen que rápidamente se viralizó: el director técnico del seleccionado egipcio tomó una bandera palestina y la hizo flamear frente a las cámaras. La reacción fue previsible: un aplauso generalizado a la “solidaridad” árabe. Sin embargo, detrás de este gesto se esconde una deshonestidad intelectual profunda que merece ser explicada.
La primera capa de esta hipocresía es el silencio sobre la propia complicidad regional. Mientras el mundo celebraba el gesto del técnico egipcio, nadie dirigió la mirada hacia la frontera entre Gaza y el Sinaí. Allí, Egipto ha erigido un muro colosal, reforzado con estructuras que se entierran metros bajo tierra para impedir cualquier flujo de personas o mercancías. Ese muro no es un accidente; es una declaración política. Mientras el discurso oficial egipcio proclama una fraternidad eterna con los palestinos, su práctica administrativa los encierra tras un cordón sanitario hermético, tratándolos, en la práctica, como una amenaza intolerable a su propia seguridad nacional. Es la contradicción de quien abraza la causa frente a la cámara, pero levanta un muro de hormigón en la retaguardia.
Pero hay una hipocresía aún más oscura que la de las fronteras físicas: la de la complicidad ideológica. Cuando se habla de la “tragedia palestina”, se suele ignorar deliberadamente el consenso social interno que sostuvo la masacre del 7 de octubre de 2023. No estamos ante una población ajena al horror, sino ante una sociedad que, en su amplia mayoría, celebró el asesinato, la violación y el secuestro de ancianos, mujeres y niños. Casos emblemáticos como el de los hermanos Bibas –cautivos de una brutalidad inenarrable– fueron vitoreados como hitos de una mal llamada “resistencia”. Cuando el asesinato sistemático de civiles se presenta como una gesta heroica, la victimización pierde todo su valor moral.
La narrativa hipócrita es peligrosa porque distorsiona la realidad de la responsabilidad. ¿Por qué el vecino egipcio, que enarbola la bandera palestina, prefiere consolidar un bloqueo antes que asistir a la población que dice defender?
El gesto del director técnico egipcio no fue una muestra de solidaridad; fue un ejercicio de propaganda destinado a ocultar una verdad incómoda. La instrumentalización de la causa palestina no sirve para aliviar el sufrimiento de nadie; sirve para esconder la responsabilidad de sociedades que, lejos de ser víctimas pasivas, han abrazado una cultura de muerte y odio que justifica el horror.
Mientras la bandera flamea ante los ojos del mundo, el muro permanece en silencio, custodiando el secreto de una solidaridad que, en los hechos, solo es una herramienta política para evadir la responsabilidad propia y demonizar al único Estado que ha sostenido la provisión básica para sus enemigos. Es hora de dejar de aplaudir el teatro de la hipocresía y empezar a exigir cuentas a quienes, con sus banderas y sus muros, han convertido la tragedia en un negocio político.