• Emilio Agüero Esgaib
  • Pastor

La fe empieza como un grano de mostaza, pero debe de ir creciendo hasta ser una fe profunda, que eche raíces profundas. Ese tipo de fe que sostenemos en los momentos más difíciles de nuestras vidas cuando no tenemos nada que que agarrarnos para sustentar esa fe más que en las promesas de Dios.

Es un tipo de fe que se sostiene cuando todo está en contra de ella; las circunstancias, la soledad, la total falta de evidencia para seguir creyendo, la decepción hacia otros e incluso hacia nosotros mismos, cuando terminamos en un lugar que jamás creíamos que íbamos a terminar e incluso no lo buscamos y pensamos que no lo merecemos (esas circunstancias). Cuando hicimos todo bien y nos salió todo mal, cuando creíamos con todo nuestro ser pero aún así no se dieron las cosas como creíamos que se iban a dar. Cuando estamos en una soledad tal que nadie nos podrá entender.

Llega un momento en que tenemos que subir solos al monte a buscar la provisión de Dios. Como Abraham que cuando tenía que subir al monte Moriah a sacrificar a su hijo, al hijo de la promesa, en quien tendría herencia, en quien estaba su esperanza y legado, del cual saldría una nación escogida, Dios le ordenó ir a sacrificarlo (Genesis 22:1-19).

Es inimaginable sentir lo que pudo hacer sentido Abraham desde que Dios le dio la orden hasta que le proveyó el carnero que sustituya a su hijo tres días después.

Preparo su asno, mando llamar a dos sirvientes, junto provista para tres días y alzo a su hijo sobre el asno.

¿Qué conflictos más profundos habrá tenido esos días en su mente? ¿Como administró tanta tensión y confusión? Su mismo Dios que aborrecía el sacrificio humano pidió que lo haga, ¿cómo puede ser eso? ¿Se contradice?, ¿no es un Dios coherente?, ¿qué dirá Sara (madre de Isaac y esposa de Abraham) después que mate a su hijo? ¿Qué clase de padre mata a su amado hijo y qué clase de Dios pide que se haga tal cosa?

De seguro oraba, de seguro preguntaba a Dios que estaba pasando pero Dios no hablaba, la última orden fue días atrás: “Sacrifícame a tu hijo”. Podemos imaginarnos muchas cosas, lo que pensó, lo que hablo con su hijo, o los criados que no tenían ni idea de lo que iba a acontecer, lo que oraba, cómo se despidió de Sara (su mujer), las palabras que le dijo. De seguro Sara le encomendó a un cuidado especial del joven Isaac: “Abraham, cuida como a tu vida a nuestro hijo, sabes que es la promesa de Dios, sabes que en él está nuestra esperanza. Cuídale. Te amo”. ¿Como habrá tomado esas palabras? No solo mataría a su hijo, acarrearía un dolor insoportable a su esposa, su reputación se destruiría, todo por una voz que oyó, una fe. Él estaba absolutamente solo, solo con su fe.

Cuando llegan al pie del monte le dice a sus criados que esperen ahí, él subiría solo con el muchacho y dijo: “Iremos, adoraremos y volveremos”. ¿Volveremos? ¿Por qué dijo eso? ¿Mintió o fue una declaración de fe? Sí, fue una declaración de fe porque en medio de su confusión, dolor y angustia él siguió creyendo a Dios.

La historia termina cuando Dios impide a Abraham concretar la orden (es importante aclarar que nunca fue la intención de Dios que el lo haga), solo lo estaba probando y lo halló aprobado. Dios le dio una salida y un destino glorioso a un hombre de fe que confió en Dios mas allá de su lógica.

Así también podríamos pasar pruebas muy difíciles y pensar que Dios nos abandono o incluso no existe pero si perseveramos un poco mas de seguro ahí cerca, frente a nuestros ojos veremos la salida y su bendición.

Etiquetas: #fe#falta

Dejanos tu comentario