• Por Gabriela Teasdale
  • Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
  • prensa@liderazgo.com.py

El reciente partido de nuestra selección frente a Turquía nos emocionó hasta las lágrimas y nos dejó una lección que va mucho más allá del fútbol. Paraguay se plantó en la cancha, en un escenario donde la mayoría de los analistas daban el encuentro por perdido antes de empezar. Los pronósticos técnicos eran totalmente adversos, pero el pueblo paraguayo mantuvo viva la esperanza. El resultado nos demostró lo importante que es cerrar el oído a los comentarios de afuera y empezar a creer con el alma en lo que somos capaces de lograr. Cuando protegemos nuestra mente de las dudas de los demás, despertamos una fuerza interior que nadie más puede ver ni frenar.

Esta victoria me hace pensar en la historia de David y Goliat. Frente a un gigante que asustaba a todos, apareció un joven que no se midió por su tamaño ni por sus armas, sino por su fe y por la seguridad de saber que estaba listo. Goliat era la lógica del mundo, el problema que parecía invencible, mientras que David era la fuerza del propósito. Muchas veces en nuestras empresas, proyectos o familias nos encontramos con situaciones que parecen gigantescas y la tentación es tirar la toalla. Sentimos que no hay salida porque miramos el tamaño del obstáculo en lugar de medir el tamaño de nuestras ganas de superarlo.

Por eso, para sostener esa confianza cuando la presión aprieta se necesita un proceso. En la Biblia, el número cuarenta se repite como el tiempo elegido para prepararse y transformarse antes de algo importante. Fueron cuarenta días de diluvio para limpiar la tierra, cuarenta años en el desierto para moldear a un pueblo y cuarenta días de Jesús en silencio antes de salir al mundo. Esos días pueden parecer largos y difíciles de completar, pero es justo lo que se requiere para forjar el carácter y consolidar un verdadero compromiso. Los grandes logros no llegan por pura suerte, aparecen cuando transitamos con paciencia nuestra propia etapa de preparación.

El liderazgo con uno mismo se activa cuando entendemos que fallar no es el final del camino. Los tropiezos y los momentos difíciles no vienen a destruirnos, sino a enseñarnos. Nos bajan a la tierra, nos muestran en qué podemos mejorar y nos obligan a cambiar la estrategia para salir a la vida con más fuerza y sabiduría. La próxima vez que sientas que las cosas te superan, que el entorno te dice que es imposible o que tenés un gigante enfrente, acordate del número cuarenta. Abrazá tu proceso, renová las ganas de hacer eso que tanto amás y confiá en vos. No dejes que las opiniones ajenas te definan, porque al igual que nuestra selección, la mayor victoria empieza siempre en tu propia decisión de creer y salir a dar lo mejor. ¡Salud, Paraguay!

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