- José Duarte Penayo
- Filósofo
- Presidente de ANEAES
“Puede surgir un sistema educativo desprovisto de amor por la verdad, en el que el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación y la reflexión profunda”.
Con esta severa fórmula analítica, el documento papal Magnifica Humanitas diagnostica el estado de nuestras instituciones académicas frente a la irrupción de la inteligencia artificial.
El texto ubica a la educación en el centro del debate tecnológico al describir una época donde el pensamiento crítico y la capacidad argumentativa enfrentan un asedio constante. Al debilitarse estas facultades intelectuales esenciales, la propia condición humana queda en suspenso.
Entre el consenso pedagógico hegemónico de las últimas décadas y la subjetividad que la IA reclama existe una “afinidad electiva”, vínculo nombrado inicialmente por Johann Wolfgang von Goethe para describir fuerzas convergentes, retomado por Max Weber magistralmente al analizar la conexión estructural entre el espíritu del capitalismo y la ética protestante.
El sociólogo alemán utilizó esta noción para ilustrar cómo dos formaciones culturales logran reconocerse y reforzarse mutuamente al exhibir analogías profundas generadoras de una atracción recíproca.
Desde este punto de vista, la inteligencia artificial potencia condiciones ya presentes en la escuela, en el marco de una afinidad entre dos lógicas que se reconocen. La racionalidad de la IA, orientada a la descomposición, el cálculo, la predicción y la optimización, y una lógica escolar que desde hace tiempo tiende a reducir la educación a un pedagogismo carente de densidad conceptual.
La nueva herramienta tecnológica logra amplificar una forma de asimilar el conocimiento previamente naturalizada por las instituciones educativas al proveer una simulación de innovación perfecta para encubrir el vaciamiento del contenido sustantivo.
Frente a esto, considero que la educación tiene que ser conservadora en un sentido preciso, tal como lo desarrolló Hannah Arendt en La crisis de la educación. Conservadora del mundo que se transmite a la nueva generación, en el sentido de resguardar un acervo cultural común con el fin de garantizar una base firme donde la novedad inherente a cada niño logre florecer plenamente.
La escuela asume así la doble función de proteger la infancia frente a un entorno avasallante y propiciar simultáneamente la renovación de la sociedad. La paradoja arendtiana resulta absolutamente decisiva al establecer que únicamente quienes heredan un mundo están en condiciones de transformarlo.
La deriva pedagógica del último cuarto de siglo operó en sentido contrario. En sus vertientes degradadas y popularizadas, abandonó la búsqueda de la verdad y se rindió, con sus gurúes y chamanes, a inculcar la mediocridad bajo el ropaje de una experimentación formalista del aprendizaje.
Esta crítica apunta a la deformación procedimental a la que fue reducido el constructivismo de Piaget, Vygotsky y Bruner, que terminó convertido en una consigna vacía, donde el mantra del “aprender a aprender” justifica la omisión del aprendizaje de contenidos concretos. Asimismo, de forma consecuente, la autoridad docente se degradó al rol de ser “facilitador” de un aprendizaje que ha perdido toda fuerza iluminadora, sumida en una pedagogía enfocada en cultivar la cultura del narcisismo contemporáneo.
De esta manera, el combate contemporáneo contra el contenido sustantivo y su consiguiente reemplazo por pseudometodologías pedagógicas halla en la inteligencia artificial su complemento más inquietante al consolidar un sistema capaz de entregar respuestas prefabricadas a sujetos progresivamente desentrenados para la producción intelectual.
La sustitución de los saberes heredados, de las grandes obras y de la transmisión cultural por la pura experiencia personal encuentra allí un aliado perfecto, porque la IA ofrece referencias rápidas y ordenadas a quien ya no ha sido formado para distinguir lo central de lo accesorio. El relegamiento de la memoria a favor del presente continuo alcanza también su consumación definitiva como fruto de la descalificación del esfuerzo mnemotécnico promovida por el pedagogismo reinante.
Así, liberado de la exigencia de recordar, el alumno termina delegando esa facultad en un sistema generativo que no conserva una tradición ni sedimenta una experiencia humana, sino que organiza información mediante cálculo estadístico.
Esta discusión gana terreno a nivel global. Maryanne Wolf, en Reader, Come Home, documentó el deterioro de los circuitos de la lectura profunda en la era del scroll y reclamó recuperar la lectura sostenida en el aula. Jonathan Haidt, en La generación ansiosa, expuso el daño del smartphone sobre la atención adolescente, motivando a diversas naciones europeas a legislar firmemente para restringir su presencia escolar.
El movimiento de la ciencia de la lectura devolvió la enseñanza fonética sistemática a sistemas enteros, con resultados positivos medibles como en Misisipi (EE. UU.). La universidad medieval, con su lectio y su disputatio, el comentario paciente del texto canónico bajo la dirección del maestro, regresa hoy como modelo de pedagogía exigente. Lo que el progresismo pedagógico declaró obsoleto vuelve avalado por la evidencia empírica contemporánea.
La encíclica reclama con firmeza una respuesta a esta realidad. Pide una verdadera higiene de la atención, con ritmos escolares que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura y análisis ponderado. Formula cuatro ejes de la alianza educativa renovada: sobriedad y sentido de los límites; reconocimiento del derecho del otro; libertad y responsabilidad; sentido de la trascendencia y del bien común (§147).
Este llamado interpela a la sociedad paraguaya con absoluta urgencia. Nuestras discusiones educativas están atrapadas en disputas de coyuntura, peleas presupuestarias, debates corporativos y reformas que repiten fórmulas internacionales sin examinar su sustancia. Pocas veces se discute la realidad concreta del presente para cuestionar el sujeto que se forma cuando la lectura larga cede ante el scroll infinito, o cuando la memoria se descarta como si fuera un obstáculo.
Es imperativo reflexionar sobre un aula reducida a procedimientos mecánicos donde el docente abandona su autoridad para convertirse en un mero facilitador de fórmulas vacías. Abandonar esta inercia exige iniciar dicha discusión estructural de manera inmediata.