DESDE MI MUNDO

  • Por Mariano Nin

Me gusta contar historias. Creo que ellas nos ayudan a construir el país que soñamos…

La vi sentada en un pasillo. No recuerdo su nombre. Quizás porque en los hospitales los nombres suelen perderse entre fichas médicas, números de asegurado y expedientes que van de una oficina a otra. Pero sí recuerdo su mirada, esa mirada de resignación y tristeza.

Tenía una carpeta gastada por el uso. Adentro llevaba estudios, recetas, diagnósticos y una larga historia de consultas. Había llegado temprano, como tantas otras veces, con la esperanza de obtener una fecha para la cirugía que necesitaba. Una intervención que, según le habían dicho, no podía seguir demorándose. En IPS te lo suelen decir así. De golpe y sin anestesia.

Sin embargo, la respuesta fue la misma de siempre: hay que esperar. Como si el tiempo no fuera esa barrera que separa lo urgente de lo cotidiano. Esperar una llamada, un lugar, una cama. Esperar que algo se destrabara. Sabemos lo que se siente quienes perdimos a Braulio hace apenas unos meses.

Pero mientras ella aguardaba sentada en aquel pasillo, en otros espacios se hablaba de cifras millonarias, contratos, fideicomisos, resoluciones, auditorías e investigaciones. Dos realidades que parecían no encontrarse nunca. La de quienes necesitan atención médica. Y la de quienes administran los recursos destinados a garantizarla.

En estos días, el fideicomiso firmado entre el Instituto de Previsión Social y el banco Atlas volvió a instalarse en el centro del debate público. Un acuerdo suscrito en 2017 y proyectado por veinte años, que hoy se encuentra bajo la lupa de organismos de control y de la Justicia por presuntas irregularidades en el manejo de fondos previsionales destinados a infraestructura hospitalaria.

Los documentos hablan de montos importantes. Los informes analizan procedimientos, responsabilidades y decisiones administrativas. Todo eso es necesario. La transparencia en el manejo de los recursos públicos nunca debería ser negociable.

Pero detrás de cada cifra existe una realidad mucho más concreta: la del paciente que espera una cama, la de la madre que recorre consultorios buscando un turno para su hijo, la del jubilado que debe comprar medicamentos porque no los encuentra disponibles, la del trabajador que aporta durante años confiando en que, cuando llegue el momento de necesitar atención, el sistema responderá.

Porque los fondos del IPS no pertenecen a una administración ni a un gobierno de turno. Son el resultado del esfuerzo de generaciones enteras de trabajadores que depositaron parte de sus ingresos en una institución creada para brindar protección, atención y seguridad.

Por eso cada discusión sobre esos recursos trasciende lo financiero. Habla de confianza. Y la confianza es uno de los activos más valiosos que puede tener cualquier sistema de salud.

Cuando un paciente espera meses por un estudio, cuando una cirugía se posterga una y otra vez, cuando una infraestructura prometida no llega a materializarse, esa confianza comienza a erosionarse lentamente.

No se trata solamente de balances o de contratos. Se trata de personas. De historias que rara vez ocupan los titulares. De hombres y mujeres que siguen sentándose cada mañana en una sala de espera con la esperanza de ser atendidos.

El fideicomiso Atlas-IPS seguirá su camino institucional. Habrá investigaciones, descargos, auditorías y resoluciones. Será tarea de las autoridades determinar si existieron o no responsabilidades y cuáles fueron las consecuencias de las decisiones tomadas.

Pero mientras todo eso ocurre, los pacientes siguen esperando. Esperan quienes necesitan una consulta especializada, quienes aguardan una cirugía, quienes confían en que los recursos que aportaron durante toda una vida se traduzcan en hospitales más eficientes, equipamientos adecuados y una atención digna.

Porque detrás de cada expediente financiero hay un rostro humano. Y cuando los recursos destinados a la salud no llegan a tiempo donde más se necesitan, no se retrasan solamente obras o inversiones. Se retrasan tratamientos, se postergan diagnósticos, se acumulan dolores.

La salud no entiende de trámites, contratos ni disputas administrativas. La enfermedad tampoco. Mientras los organismos investigan y la Justicia busca respuestas, miles de asegurados continúan haciendo lo único que conocen desde hace demasiado tiempo: esperar.

Y en un sistema de salud, cuando la espera se vuelve costumbre, el costo siempre termina pagándolo el paciente. Como el que conocí en ese frío pasillo con una vieja carpeta bajo el brazo.

Pero esa… es otra historia.

Etiquetas: #El paciente#IPS

Dejanos tu comentario