• Por Aníbal Saucedo Rodas.
  • Periodista, docente y político

La historia del Partido Colorado, a partir de 1954, se escribió desde la apología o la denostación. Desde el fanatismo o los prejuicios. No hubo un término medio centrado en la autocrítica o la valoración serena del peso de los intelectuales republicanos en la construcción de la cultura nacional. Para los militantes de la primera posición, esta asociación política carecía de vicios y errores; para los de la segunda línea, no había virtudes que resaltar ni méritos a rescatar. El pasado no es un simple episodio residual, como pretenden algunos seudoaristócratas de la academia, sino el sustento vital para su constante reconstrucción en tiempos de manoseo ideológico y de desconocimiento doctrinario que conduce, irremediablemente, a su instrumentación programática. El llamado desviacionismo de su programa fundacional, lamentablemente, no concluyó con la caída del régimen autocrático en 1989, sino que se perfeccionó mimetizándose dentro del corpus de su ideario (documentos que son guías para el pensamiento y la acción) bajo el engañoso ropaje de la modernización y la modernidad relativista, donde cada sujeto es el dueño de su propia verdad y su propia moral, descartando evidencias con categoría de universales y normas de convivencia social.

El Partido Nacional Republicano siempre supo renovarse, pero no a costa de su identidad, sus principios y orientación ética. Durante el régimen de terror del general Alfredo Stroessner (1954-1989), aquellos colorados dignos y aquellos paraguayos íntegros conocieron el dolor del destierro, el padecimiento en las salas de torturas y hasta la muerte en las mazmorras de la dictadura. Ahí están las venas, la sangre, el corazón, los huesos y, paradójicamente, las cenizas que permitieron reconfigurar el cuerpo democrático de nuestro país. Si bien la libertad tuvo su entrada por la angosta puerta de un golpe de militar, que tampoco se abrió inmediatamente a la sociedad civil, esos aires de emancipación política no constituyeron un gesto de benevolencia de los poderes fácticos, sino que detrás vivía una historia que necesitaba ser contada para que las nuevas generaciones conozcan el frondoso árbol que dio frutos democráticos. Con sus nombres, testimonios de lucha e imborrables huellas de integridad pública. Pero se optó por la confusión y la desmemoria.

El último bastión de la pureza doctrinaria del coloradismo fue el doctor Luis María Argaña. A poco de su asesinato, durante el atentado del 23 de marzo de 1999, los conceptos programáticos de la Asociación Nacional Republicana fueron mezclados en una licuadora con otras justificaciones ideológicas antagónicas, donde “el Estado, como la objetivación más sublime de la solidaridad social” y el pilar esencial de la libertad, fue invadido por libertarios, neoliberales y hasta nostálgicos fascistas disfrazados de demócratas. Se rompieron los vínculos con el camino andado por los más sobresalientes hombres y mujeres del partido. No puede sostenerse vínculos con la memoria cuando se ignoran o se desconocen los cimientos del edificio doctrinario. Un edificio argamasado con ideas brillantes, anticipadoras de su tiempo y, por tanto, tan lúcidamente vigentes hasta el día de hoy.

El Partido Nacional Republicano no nació por azar, por generación espontánea o por el simple antojo de sus fundadores. Las últimas y desapasionadas internas para elegir candidatos que pugnarán en los comicios municipales del próximo 4 de octubre este año deben convocar a la reflexión. El simple discurso que pretende conmover ya no es suficiente. Fueron mensajes desabridos y sin contenido identitario. El momento exige retornar a la saludable práctica de “agitar ideas”, como reclamaba Ignacio A. Pane.

Tengo la esperanza de que, de tanto citar a Roberto L. Petit, alguien habrá de leerme alguna vez: “Hay que capacitar al pueblo y hacer que la política no solo se sienta, sino que, también, se piense racionalmente, de manera a elevarla a planos superiores, jerarquizarla y hacer de ella lo que necesariamente tendrá que ella ser: una actividad enderezada totalmente al bien público”. Sin memoria, ningún partido, aquí incluyo a todos, tendrá futuro. Buen provecho.

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