• Por Aníbal Saucedo Rodas

Muy pocas personas –una inmensa minoría– son las que ejercitan el derecho a elegir. El resto ha renunciado a su propia libertad de conciencia para reducirse a la repetida y arraigada costumbre de votar simplemente. La gente, históricamente, sufraga por emociones. Por sentido de pertenencia al partido político de sus mayores, por resentimiento hacia el otro, por el enquistado vicio de enfocarse en intereses particulares o arrastrada por la envenenada corriente de negociar su voto a cambio de una moneda efímera, hipotecando su futuro. Hay que puntualizar en este apartado que el denominado electorado cautivo es cada vez más fluctuante.

Incluso algunos hasta llegaron a optar por candidatos de otras organizaciones políticas, motivados por emociones básicas o primarias, tales como la ira, la aversión o el repudio provocados por la soberbia, la prepotencia, la corrupción y hasta el hastío generado a partir de discursos gastados que, lejos de renovarse, insisten en la descalificación grosera y la infamia grotesca. Grosera y grotesca, porque ni siguiera se cuidan de utilizar el ropaje de la refinada elegancia para desacreditar al adversario. Sus propiciadores –que no son pocos– se escudan detrás un tono vulgar y un lenguaje ramplón y ordinario.

La política, en nuestro país, no avanzó hacia su modernización a casi cuatro décadas de incorporarnos al modelo democrático. A veces se estanca, a veces hasta retrocede. Porque el poder todavía guarda celosamente a sus resabios del autoritarismo. No se perciben pulcritud en la conducta y talento en la acción. Entonces, sin las expectativas de que la realidad puede ser positivamente transformada, la mayoría se limita a practicar su obligación cívica en un ambiente marcado por la indiferencia. Y un alto porcentaje del electorado hasta prefiere ignorar el llamado de las urnas.

No podemos romper ese asfixiante círculo nocivo para la salud democrática, porque la clase política menosprecia la autonomía decisoria de nuestro pueblo y, por otro lado, ese mismo pueblo se ha dejado manejar por la apatía que deviene de liderazgos que no motivan esperanzas en un destino de progreso colectivo y justicia social. Contrariamente al ideal común de contar con grandes estadistas, se multiplican liderazgos que carecen de la lucidez del pensamiento con sentido crítico, despojados de la visión y función humanista y solidaria del Estado, acartonados dentro de sus títulos académicos específicos –algunos de dudosa validez–, desde donde fabrican y expiden recetas según sus rígidos esquemas mentales, sin considerar las reales necesidades de nuestro país. Y, también, están los diletantes que replican frases ajenas, como si fueran verdades absolutas, y que se han cosificado como máquinas reproductoras de insultos.

El discurso fanfarrón y mediocre delata a quienes ambicionan aparentar ser lo que no son. Con arrogancia, histerias y agravios, creen que podrán maquillar sus vacíos intelectuales, sus huecos emocionales y sus incurables conflictos interiores que han marcado su existencia con síntomas que empeoran con el transcurrir de los años. Son simples gargantas con un cerebro que no ha conocido los destellos de la creatividad, porque su uso fue restringido a las actividades propias de una fría caja registradora. Son los solípedos de la soberbia que disparan la lengua con la rapidez de un pistolero del Viejo Oeste, pero desprovistos de una racionalidad reflexiva que les habilite a corregir sus posiciones y creencias ante evidencias que no pueden ser refutadas con criterios lógicos. Consecuentemente, los debates ideológicos y programáticos son un baldío desolado de ideas, donde solo se acumulan los desechos de un lenguaje tóxico y embrutecido.

El electorado, obligado a vivir –una y otra vez– esas mismas escenas que representan el lado más miserable de la condición humana, considera el acto de votar –repito– como un ritual donde la ofrenda a la democracia no tendrá frutos. No tiene la posibilidad de elegir a los mejores –intelectual, profesional y éticamente– porque, en este enorme teatro, los personajes continúan teniendo los mismos rostros, y los que van llegando siguen las instrucciones del viejo libreto. En ese contexto se desarrollarán este domingo las internas de los partidos políticos de cara a los municipales del próximo 4 de octubre. Con un agregado con tono de insistencia: cada elección es diferente. No se proyecta ni tiene incidencia en elecciones futuras. Los registros históricos nos demuestran que es así. Aunque suene a verdad perogrullesca, es verdad al fin. Buen provecho.

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