DESDE MI MUNDO
- Por Mariano Nin
- Columnista
- marianonin@gmail.com
Una tarde cualquiera esperaba mi turno en una farmacia cuando vi a una niña de unos ocho o nueve años sentada junto a su madre. No lloraba, no se quejaba, no hacía berrinches. Miraba el suelo.
La mujer hablaba con otra persona y, en un momento, le preguntó algo a la niña. No obtuvo respuesta.
“¿Mba’e ojehu ndéve?”, insistió.
La pequeña levantó la vista apenas unos segundos. Sus ojos parecían estar lejos, muy lejos de aquel lugar. Después volvió a mirar el piso.
La escena duró apenas unos instantes. Nada extraordinario. Seguramente nadie más la recordó al salir de allí.
Yo sí.
Porque entendí que a veces el dolor no grita, aunque quizás mi percepción haya sido equivocada.
Pero en el fondo pensé que a veces el dolor no deja moretones visibles ni aparece en las conversaciones cotidianas.
A veces simplemente se sienta en una silla… y mira el piso.
Esta semana el Observatorio del Ministerio Público presentó cifras que deberían estremecernos como sociedad. Entre 2022 y abril de 2026 se registraron más de 15.000 denuncias por abuso sexual en niños. Casi 10.000 por violación del deber de cuidado o educación. Cerca de 7.000 por maltrato de niños y adolescentes bajo tutela.
Pero detrás de cada expediente siempre hay una historia.
Un niño que perdió la confianza en los adultos.
Una niña obligada a crecer antes de tiempo.
Un adolescente que aprendió demasiado temprano que el mundo puede ser un lugar inseguro y cruel.
A veces hablamos de estos temas como si fueran problemas lejanos. Como si ocurrieran en otra casa, en otro barrio, en otra ciudad.
Pero las estadísticas muestran algo diferente.
Los departamentos con mayor incidencia son justamente los más poblados: Asunción, Central, Alto Paraná, Caaguazú y San Pedro.
No estamos hablando de casos aislados.
Estamos hablando de una realidad que convive con nosotros.
Y quizás lo más doloroso es que muchos de estos hechos ocurren donde los niños deberían sentirse más protegidos: dentro de sus propios entornos de confianza.
El abuso sexual no siempre llega desde un extraño y no siempre deja heridas visibles.
A veces se manifiesta en silencios.
En ausencias.
En indiferencias.
En adultos que miran hacia otro lado.
Las cifras también revelan otra realidad preocupante: quienes deben investigar y asistir a las víctimas reconocen que faltan recursos humanos, psicólogos y trabajadores sociales para brindar una atención integral.
Entonces me detengo y pienso: ¿qué estamos haciendo para proteger a nuestros niños antes de que se conviertan en una estadística?
Al final, la infancia no debería ser una etapa de supervivencia. Debería ser el territorio donde uno aprende a confiar. A jugar. A sentirse seguro. A soñar.
Cuando un niño pierde eso, pierde mucho más que una parte de su niñez.
Pierde algo que puede acompañarlo toda la vida.
Aquella niña de la farmacia probablemente nunca sepa que todavía la recuerdo.
Tal vez estaba cansada.
Quizás estaba distraída.
O tal vez cargaba una tristeza que nadie alrededor alcanzaba a ver.
Nunca lo sabré.
Muchas de las heridas más profundas llegan envueltas en silencio.
Pero cada vez que aparecen cifras como estas vuelvo a pensar en ella y me pregunto cuántos niños, en este mismo momento, están intentando pedir ayuda sin pronunciar una sola palabra.
Entonces cierro los ojos y la recuerdo mirando al piso…
Pero esa... es otra historia.