Quedan apenas tres semanas. El 21 de junio, Colombia no solo elegirá un presidente: decidirá si continúa por el camino que ha llevado al país a la peligrosa órbita de las dictaduras del continente, o si elige un giro hacia la recuperación institucional y la reinserción en el mundo democrático. No es que haya salido del todo de ese mundo, pero la continuación del proyecto de Gustavo Petro marca a la larga ese sendero, similar al que comenzó a recorrer Venezuela en 1998.

La primera vuelta del 31 de mayo dejó dos caminos en el umbral. Uno, representado por Abelardo de la Espriella, ganador con más de diez millones de votos. El otro, encarnado por Iván Cepeda Castro, el candidato del Pacto Histórico, heredero directo del proyecto político de Gustavo Petro y fiel exponente de una izquierda que no oculta sus simpatías hacia los regímenes de La Habana y Caracas.

No es retórica. Cepeda ha sido, durante décadas, un admirador declarado del modelo cubano y un defensor consecuente de Nicolás Maduro, cuyo régimen ha hundido a Venezuela en la miseria, la represión y el éxodo masivo. Una victoria de Cepeda no sería simplemente la continuación del gobierno Petro: sería su profundización, con el agravante de que Colombia llegaría a ese punto con las reservas internacionales debilitadas, la inversión extranjera en fuga y la imagen del país ante el mundo gravemente deteriorada.

Bajo el gobierno Petro, Colombia rompió o enfrió relaciones con aliados estratégicos, tensó sus vínculos con Estados Unidos, y se acercó a un eje bolivariano que no produce riqueza sino escasez, no genera libertad sino control. Continuar ese rumbo con Cepeda sería, en el mejor de los casos, más de lo mismo. En el peor, el comienzo de un camino sin retorno.

Los colombianos que votaron por Paloma Valencia, por Sergio Fajardo, por cualquier candidato que no fuera el oficialismo, tienen ahora una sola papeleta con la que hablar. El voto no es un cheque en blanco a De la Espriella: es un freno a tiempo.

Colombia ha demostrado antes que sabe elegir. El 21 de junio es, de nuevo, esa oportunidad. Y esta vez, el costo de equivocarse podría ser demasiado alto para pagarlo en solo cuatro años. Sin embargo, las reglas de juego de la democracia no siempre viajan de la mano con el sentido común y la diferencia muy estrecha en primera vuelta, entre Abelardo y Cepeda, no garantiza nada. La moneda está en el aire, pero no es la suerte la que va a decidir qué lado caerá.

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