- Por Aníbal Saucedo Rodas
- Periodista, docente y político
La política tiene que devolvernos la certeza de lo previsible. Recuperar su capacidad anticipadora a los hechos de cumplimiento obligatorio con inteligencia, imaginación y honestidad creadora. Y la habilidad para gestionar soluciones rápidas y eficientes a los problemas de aparición inesperada. No se puede, o no se debe, llegar al poder para empezar a analizar los conflictos y deudas sociales y plantear respuestas que tardan en llegar.
Todos los candidatos, más allá del escrutinio final de las elecciones, están moralmente comprometidos a presentarse ante el público con una plataforma programática seria, creíble y realista, que, además, se corresponda con el lema de campaña. Porque, en los últimos años, estos lemas –que pretendían ser efectistas– suplantaron a la rigurosidad de las propuestas. Entonces, ocurre lo que comúnmente se conoce como el tiempo perdido.
Así, el tiempo que estaba destinado a la acción se gasta en planificar estrategias. Y, muchas veces, sin los ingredientes de la idoneidad, se gobierna a las atropelladas. Administrar el Estado es un trabajo en equipo, bajo un liderazgo centrado en principios, en carácter y en virtud. Un liderazgo sobre el cual las críticas, como único eje de la oposición, en forma de obstáculos y trancas, se deslizan sin hacerle el menor daño.
Porque habrá forjado una trayectoria de credibilidad que le permita ganarse la confianza de la gente. Cuando la ciudadanía se siente parte fundamental de un proyecto, porque sus demandas son escuchadas y satisfechas, se convierte en el brazo popular de cualquier gobierno.
Es la mejor garantía de que las políticas públicas con propósito de Estado, aquellas que superan el tiempo y trascienden a las personas, no detendrán su marcha por el egoísmo de los mediocres y la soberbia tribal de quienes creen que antes de ellos nada se hizo bien.
Ese caudillismo retrógrado que concibe al Estado como un patrimonio personal o de círculos y que tanto daño ya ocasionó a nuestro país. Y no estamos hablando de una dolencia generacional, sino mental, de conductas y actitudes que se contradicen frontalmente con el fin último de la política, la paz social, y su imperativo, el bien común.
Cuando el poder se divorcia de la madurez y la templanza suele ser fuente de la arrogancia que menosprecia la crítica fundada en el recto juicio, despojada de intereses sectarios o crematísticos. Y desde la oposición, repito, tanto los de adentro como los de afuera, se recurre a la polarización, la lucha de los extremos, con la intención de generar adhesiones exclusivamente por medio de un radical “anti”, convirtiendo la diferencia en irreconciliable enemistad. La primitiva propuesta es explícitamente clara: conseguir sentido de pertenencia avivando sentimientos de aversión, odio y resentimiento.
En ese contexto, gobernar es un arte para malabaristas, que exige equilibrio, sensatez, inteligencia y, principalmente, una máxima concentración en los asuntos prioritarios que están enfocados en combatir la pobreza, la exclusión social, el desempleo y un sistema educativo que no logra despegar hacia su destino de excelencia, estancándose en un modelo que multiplica la medianía sin las herramientas para la reflexión y el discernimiento. Una situación que beneficia a las estructuras políticas y económicas que se aprovechan de la ausencia de una conciencia solidaria para derrotar las injusticias que postergan la redención social de nuestro pueblo.
De ahí la urgencia de impulsar una revolución cultural que surja de la sociedad misma, aunque suene a una paradoja, considerando el nivel de los egresados de los ciclos secundario y universitario. La fórmula para superar esta contradicción es simple: hay que recuperar el saludable hábito de la lectura, para que la ciudadanía posea cualidades intelectuales que le permitan elegir, participar activamente, exigir y enjuiciar a las autoridades de los poderes del Estado.
Solo es cuestión de entrenamiento para introducirnos en el provechoso ejercicio de abandonar la pantalla improductiva, al menos, una hora al día. Y, también, solo cuando la ciudadanía sea un elemento de presión, lo predecible en política podrá resolverse de acuerdo con sus propios códigos de anticipación, rapidez y efectividad, mediante la imprescindible combinación de capacidad y honestidad. Buen provecho.