• POR JAIME ZÚÑIGA,
  • Socio del Club de Ejecutivos.

En los últimos meses, hay una frase que se repite con insistencia en reuniones con empresarios: “tenemos que implementar inteligencia artificial”. La intención es comprensible.

Nadie quiere quedar fuera de una tendencia que promete transformar la forma en que operan los negocios. Sin embargo, cuando la conver­sación avanza y se profundiza en la realidad de esas mis­mas empresas, aparece un contraste difícil de ignorar: organizaciones sin procesos definidos, sin indicadores confiables, sin estructuras claras de responsabilidad y, en muchos casos, sin presu­puestos formales. Empresas que aún operan de manera empírica, pero que buscan dar un salto tecnológico.

Aquí es donde surge una pregunta incómoda, pero nece­saria: ¿sobre qué base se pre­tende construir inteligencia artificial? El problema no es tecnológico, es de gestión. La inteligencia artificial no ordena empresas, no corrige la improvisación ni reem­plaza la falta de dirección. Por el contrario, hace algo mucho más simple, y a la vez más ries­goso, porque amplifica lo que ya existe.

Cuando una organización tiene procesos sólidos, datos confiables y disciplina en la toma de decisiones, la tec­nología potencia su desem­peño. Pero cuando esas bases son débiles o inexistentes, el resultado no es innovación, sino desorden a mayor velo­cidad. El error conceptual es claro. Muchas empresas están interpretando la inteligencia artificial como un punto de partida, cuando en realidad es un punto de llegada. Sin datos no hay inteligencia artificial, pero sin procesos tampoco hay datos, y sin disciplina de gestión no hay procesos que se sostengan en el tiempo. Lo verdaderamente preocupante no es que la implementación falle, sino que funcione sobre una base equivocada.

En ese escenario, las decisiones erróneas se toman más rápido, las ineficiencias se automati­zan y se instala una peligrosa ilusión de modernización.

En contextos como el nues­tro, donde muchas empresas aún no han resuelto aspec­tos básicos de su gestión, este fenómeno marca una diferen­cia crítica. Aquellas organi­zaciones que asuman el tra­bajo incómodo de ordenarse, medir, asignar responsabi­lidades y profesionalizar su dirección estarán en condi­ciones reales de incorporar tecnología con impacto. Las demás corren el riesgo de con­fundir adopción tecnológica con progreso.

Antes de preguntarse qué herramienta de inteligencia artificial implementar, las empresas deberían pregun­tarse si sus procesos están claros, si miden lo que hacen, si existe responsabilidad defi­nida por resultados y si las decisiones se toman sobre datos o sobre intuición.

Si tienen instalada una buena gobernanza que decante en una gestión de calidad. La transformación real no comienza con tecnología, comienza con gestión. Y en ese orden, no hay atajos.

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