- Por Aníbal Saucedo Rodas
La cultura, parafraseando al poeta español Gabriel Celaya, es un arma cargada de futuro. En tiempos de dictadura es de resistencia al autoritarismo. En tiempos democráticos es el cimiento insustituible para la construcción de una sociedad libre y unida en su pluralidad. En tiempos de una atosigante tecnología es el territorio irreductible de humanismo. Su núcleo vital es el pueblo. O, al menos, una parte importante de él que se niega a someterse a la degradación intelectual y moral que ha deteriorado los liderazgos de los diferentes sectores de nuestro país, incluyendo a los medios de comunicación, que han priorizado los mensajes mercadería por encima de los contenidos culturales, obstaculizando la incesante búsqueda de una ciudadanía digna y consciente de su responsabilidad histórica en el presente.
No nos estamos refiriendo a los reducidos espacios que los medios le reservan a la cultura. Hacemos alusión al enfoque en general, desde la crítica que educa, las opiniones que clarifican y las informaciones analizadas desde sus respectivos contextos, sin los sesgos que deforman la realidad. Y en medio de ese panorama, que muchos definirían como condenado por el determinismo fatalista, los militantes de la memoria, la identidad y las utopías arden en rebelión para configurar un escenario de esperanza y redención. Un puñado de hombres y mujeres puede convertirse en la postergada levadura para impulsar esta transformación radical y profunda que reclama el Paraguay.
Lo que vivimos el martes 12 de mayo es de una relevancia insospechada. Media hora antes del concierto, a las 19:30, el Teatro Municipal presentaba lleno completo. Veinte minutos después ya estaba abarrotado, incluso, con gente parada en los pasillos. Afuera, más de cien personas expresaban una comprensible molestia por quedarse fuera del recinto. Bajo la magistral batuta del maestro Diego Sánchez Haase, la Orquesta Sinfónica del Congreso de la Nación (OSIC) hizo vibrar el Ignacio A. Pane, con una ovación final, de pie, que fue tan emotiva como interminable, superando largamente los cinco minutos. Era el corolario de un proyecto que nació a inspiración del músico y gestor cultural Fernando Robles y el antropólogo Cristóbal Ortiz, ya fallecido: “La Novena Sinfonía de Beethoven en Guaraní”, con la “Oda a la Alegría” cantada íntegramente en guaraní indígena y coloquial. La adaptación a la partitura vocal quedó a cargo del talentoso y joven maestro Nicolás Ramírez Salaberry.
El impresionante coro estuvo representado por integrantes de cuatro instituciones: la Escuela de Canto “Sofía Mendoza”, del Instituto Municipal de Arte (IMA); el Instituto Superior de Bellas Artes (ISBA), la Carrera de Licenciatura en Música, de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Arte (FADA), de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), y la Escuela de Música “Maestro Herminio Giménez”, de la ciudad de Itá. Fueron solistas la soprano compatriota Alejandra Meza, la mezzosoprano argentina Constanza Soledad Cepedano, el tenor paraguayo Reinaldo Samaniego (del Teatro Colón, de Buenos Aires) y el barítono Aldo Regier, también paraguayo. Vivimos, puedo decirlo, un momento mágico, único y, probablemente, irrepetible.
Fernando Robles, un viejo compañero y protagonista del Nuevo Cancionero Paraguayo, se acercó aproximadamente hace un poco más de un año al Centro Cultural de la República El Cabildo con este sueño tan ambicioso como caro. Había que movilizar a centenares de personas. En sus ojos brillantes de entusiasmo se percibía que, en su mente, a cada momento, visualizaba ese imaginado concierto. Y como buen Quijote cabalgó detrás de su sueño. Nuestro escaso presupuesto nos impedía asumir tal compromiso. Nos animamos mutuamente a golpear otras puertas. La nota que enviamos a una binacional jamás tuvo respuesta. Pero Fernando decidió no entregarse a la adversidad. Así que siguió insistiendo. Consiguió apoyo del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes (Fondec), de la embajadora de la Unión Europea en nuestro país, Katja Afheldt; además de algunas empresas privadas. Para entonces, el maestro Sánchez Haase ya estaba totalmente inmerso por el proyecto. Y así empezaron los ensayos.
Lo del martes 12 de mayo de 2026 fue –como ya escribieron otros– una ovación histórica a la cultura. De una cultura que resistió al autoritarismo y aún resiste a la deshumanización de la sociedad y la indiferencia de quienes no logran entender que, sin ella, ninguna democracia sustantiva, con políticas de Estado, será posible. Por eso seguimos a los tumbos cada cinco años. Los protagonistas de esta resistencia, muchas veces, no tienen un rostro visible. Como Fernando Robles, quien, en momentos en que el Teatro Municipal “Ignacio A. Pane” se estremecía de aplausos, prefirió permanecer alejado de las luces, mezclado con el público. Misión cumplida.